Me gusta decir que no creo en los clichés. Haciendo un concienzudo auto-análisis, creo que en el fondo sà creo: mi formación orientada a los números duros y a la filosofÃa (que no por ser más humanista deja de buscar categorÃas), junto con mi propensión por la comedia y el análisis dramatúrgico de la sociedad (la constante búsqueda de roles y articulaciones sociales) me impiden, de alguna forma, escapar de una cierta manÃa por la categorización. De chavito, me encantaba identificar el rol de cada personaje en mis caricaturas y series favoritas, asà como encontrar reglas comunes entre los personajes que compartÃan el rol: el Ñoño®, por ejemplo, se caracterizaba siempre por un enorme talento aderezado con cáusticos problemas de pertenencia de grupo; el Lidercito® no era más que la combinación maniática de una terrible inteligencia social con un tremendo pánico a la autoridad, y una pizca de estupidez. En lo personal, el rol que siempre me ha parecido más interesante es el del Outsider®: en el fondo es el más capaz de todos los personajes; es su carga emocional y su descreencia en el mundo lo que lo hacÃa exiliarse del compendio social y aparecer sólo cuando la situación lo urgÃa. Normalmente tenÃa una historia macabra tras sus procederes, lo cual lo convertÃa en una forzada encarnación zen de Jesuschrist o Mersault; en el
Camino del Héroe, es lo que se conoce como Incidental: normalmente, era un personaje que no compartÃa con el grupo metas ni ilusiones, pero cuya participación en la historia se volvÃa definitiva por lo intenso, ya fuera para bien o para mal. El Outsider® puede ser Aragorn, Han Solo, Iki de Fénix, Chris Cornell, Jay de la Cueva o Porfirio Muñoz Ledo. Es decir: un mercenario a sueldo de su propia cavilación emocional; un bizarro entre Papasfritas® y Poeta Maldito®.
Desde que tengo memoria soy un Outsider®. Me disgusta sentirme parte de una categorÃa cuando no comparto con dicho estereotipo ciertos aspectos básicos, cuando menos. Para quienes no tengan el placer de respirar diario gases raros del reino de Chilangia, sepan que acá en el terruño hay, cuando menos, dos categorÃas definibles, que a su vez pretenden poner lÃmite a los extremos permisibles dentro del jet set: los Fresas® y los Pandros® (aunque estos últimos pueden recibir muchos nombres, y son más bien un movimiento nomádico –valga la redundancia- que se hace de ideologÃas/moods/sÃmbolos sólo en la medida de que éstos escapen de los que pertenecen a los Fresas®). Me gustarÃa poder dar definiciones precisas de ambas categorÃas para dejar clara la diferencia; la realidad es que no sé hacerlo. Sé que los conceptos tienen que ver con costumbres de entretenimiento, metas profesionales, vocabulario, vestimenta, forma de pensar y calidad de prejuicios. Pero también sé que las categorÃas son difusas como lo más. Hay fresas que no creen serlo, hay pandros que creen que son fresas, hay auténticos fresas auténticamente pandros y viceversa. Digamos que el cliché que yo he aprendido es que los Fresas®, por definición, deben tener cuando menos cuatro rasgos: propensión al capitalismo, cierto conservadurismo, fashion de marca, y una cucharada de vacuidad social. El que he aprendido de los Pandros®, a su vez, contiene: cierta rebeldÃa, necesidad de escape, un trauma social (por lo menos), pose de valemadrismo, y la noción de que el dinero que han ganado sus padres no es más que para pagar su plenitud pseudos-hippie (dato de trivia: ¿sabian que la palabra “pandroâ€? proviene del griego y significa “lleno de rocÃoâ€??). Repito: estos son los clichés negativos que yo he aprendido; en realidad, al releerlos no sé qué tan atinados sean. No he conocido hasta hoy el cliché del fresa ni del pandro: más bien, el enorme universo social del DF escapa en muchos casos de estas definiciones, además de que todo mundo tiene algunos rasgos de ambas partes. Por otro lado, el cliché Fresa® está tomando algunos rasgos del Pandro® (generación Moderatto-RBD), lo cual hace difÃcil decir que “los fresas están vacÃosâ€? o que “los pandros no lo estánâ€?. Es complejo, y yo no soy quién para cerrar los clichés ni la discusión: si alguien conoce una mejor definición para cualquiera de los dos términos, no dude en esclarecer mis dudas.
A pesar de la inexactitud de las definiciones, casi todo mundo termina por tomar una bandera. La autenticidad que todos tenemos (porque todos la tenemos), trata de escapar de los dejos de normalidad tomando una postura a la hora de socializar. El peor pecado/dolor es sentirse normal: preferible ser fresa entre los fresas o entre los pandros que sentirse perfectamente adaptado a un medio.
En lo personal, repito, nunca me ha gustado considerarme dentro de una categorÃa, aunque siempre he sentido la necesidad de ubicarme en una. Mi historia (y mi fisonomÃa y mi ideologÃa y mi bolsillo y mis gustos musicales) me ha expulsado del mundo fresa. Por otro lado, el pandrismo de alcurnia no lo entiendo. Mi personalidad no me ha permitido más que ubicarme, cuando es necesario, en un divertido limbo intelecto-geek. Un maestro decÃa que se llamaba Clase Media Intelectual Esforzada; yo no sé de economÃa. Prefiero pensar que soy un auténtico Outsider®, y he resuelto dedicar mi formación social a ser tan auténtico y cÃnico como pueda, para reforzar esa tesis y para calmar mis ansias. Hay quien atribuye a Julio César la frase que avala mi activismo relacional: “uno no puede evitar ser lo que ha hecho creer que esâ€?.
Bien. Yo era un feliz Outsider® hasta que Pinky Floyd (y, al parecer, todo un mundo a mi alrededor) decidió que no, que soy Fresa®; moderado, pero Fresa®. A pesar de que ya con la cabeza frÃa puedo decir que me da un poco lo mismo, he de admitir que en su momento me hizo encabronar tal sentencia. Lo que más me dolió fue el hecho de que lo que me hace fresa es mi forma de pensar; lo primero que pensé fue “claro que no; yo sà sé pensar, sà me preocupo por mi entorno y no quiero ser un corbatudo asalariado por una gran transnacionalâ€?. Inmediatamente callé mi boca mental: no todos los fresas eran asÃ, ¿o sÃ?
Por el momento, prefiero creer que yo soy quien soy y no me parezco a naiden, y que nunca entraré cabalmente en una categorÃa. Aunque he de admitir que hay dÃas en los que me encantarÃa lograr entender las diversiones ajenas, las canciones que ponen en los antros, o, en su defecto, la adicción a la marihuana y la aversión al baño diario. Pero no. No lo entiendo. Y por eso, digan lo que digan, soy, he sido, y siempre seré un Outsider®, tan papasfritas como suena.
¿O alguien opina lo contrario?