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Siete Dioptrías: el Epílogo

Julio 29th, 2005
¿Sigue usted preocupado por saber qué ocurrió con los muchos cabos sueltos después de los tres capítulos anteriores (el 1, el 2 y el 3)? Bien. El breif:

- Después de llorar profusamente, rodeado de estatuas sanguinolientas que conmemoran tortuosamente el albur histórico del racismo, caminé a tientas por las calles de Berlín, hasta llegar a Glasses. Me dieron mis gafas, y noté que no veía bien, situación que no mejoró en absoluto por el resto del viaje. Quizá mi disminuida visión fue la culpable de mi irracional odio hacia �msterdam. Después de una semana logré adaptarme a las gafas, y París, si bien helado, no me sorprendió tentando sus chapopotescas carnes.

- No compré un candado, ni volví a hospedarme en hostales de más de cuatro habitaciones. Por ello, terminé durmiendo una noche en el metró de París.

- Chilenísimo Nacho® y yo nos despedimos sobre un tren que tomamos una helada madrugada en Östbahnhoff; él viajaba a Rótterdam a visitar a un amigo de la infancia; yo, a �msterdam a desencantarme de las fijaciones hippitecas de mis compañeritos universitarios. Por el accidente de un destino que ya no soportaba nuestra convivencia (o por maquiavélica planeación del sudamericano, después de haber visto como el frío me orilló a envolverme con mi robada manta de Iberia, al tiempo de estar rodeado de alemanes de clase trabajadora), nuestros boletos nos escupieron hasta vagones completamente distintos y tanto más lejanos. Ninguno de los dos hizo el menor esfuerzo por cambiar lugar con alguien: nos limitamos a asumir que el otro tendría la delicadeza de despedirse antes de bajar del tren. Él se acercó primero, me estrechó la mano, y auguró acaso un encuentro casual en París o Brujas. Esto nunca sucedió. Y a pesar de que le he escrito un par de correos (sin muchos bríos o insistencia), no he vuelto a saber de él.

- Al enterarse de la controversia del nombre del vegetal picante (ají vs chile), algunos amigos comenzaron a planear una invasión á la Villa, sólo que con miras en Santiago de Chile. Lo más cerca que han estado de lograr su empresa fue cuando se pusieron la peda de su vida en Santiago de Querétaro. A final de cuentas, después de que un detractor del nombre original del vegetal argumentó que los chilenos ganan por tener mayúscula al principio del nombre, decidimos remitir el caso a un juez, que, con risa fingida, nos mandó al carajo después de decretar que el chileno ya es otro idioma, por lo cual “ají� corresponde a las correcciones de la traducción.

- Yo nunca pude ver bien con las gafas de Glasses; sin embargo, la pésima economía que sucedió la odisea de Europa, me impidió remediar la situación durante un buen rato… dos años, para ser precisos. Hasta hace unas pocas semanas pude sustituir esos espantosos armazones despintados por estos flamantes quevedos de geeky pasta.

- Y desde ese viaje, cada vez que escucho a alguien con acento chileno, siento una burda mezcla de asco y nostalgia. Algo así como comer hígado encebollado.

Less is an option

Julio 27th, 2005
Últimamente se ha desatado una polémica que, hasta donde alcanzan mis pocos recuerdos electorales, no tiene precedentes. Los tres grandes presidenciables para el 2006 apestan con todos sus humos. Esto no sería tan grave si los presidenciables junior no estuvieran tan mal; la realidad es que su debilidad ni siquiera les otorga un puesto digno entre la terna por la Silla™. Los pobrecitos traman sus TUCOMs, o de plano apelan a una nostalgia política (¿cómo podría ser nostalgia el rancio comunismo idealizado o la derecha aristócrata?) que no halla entre los votantes el menor dejo de empatía. En otras palabras: los mexicanos no encontramos entre las opciones políticas una sola que parezca responder medianamente a las necesidades que con tanto sopor soportamos.

Cuelgan posters por doquier y se cuelgan como no queriendo efigies de superhéroes (no puedo evitar pensar en Madrazo como ése Superman del 94 que renacía después de la muerte de Doomsday). Detrás de la papelería, sin embargo, nadie ha visto una sola propuesta. Se habla mucho de conexiones, favoritismos y errores. Pero nadie ha dicho qué piensa hacer para solucionar el problema de la energía, o para generar fuentes de empleo, o para disminuir la inseguridad, o para brindar oportunidades a los indígenas (y que no vengan con eso de reformar la ley, porque son mamadas). No hay uno solo que haya presentado un plan de gobierno; en este sentido, los ideales de nación publicados por muchos de ellos no son más que covers del Mein Kampf, o, cuando mucho, herramientas de propaganda un poco más sofisticadas.

Hay otras opciones, que soberbiamente se han llamado independientes, y que, en el fondo, nos llevarían por los mismos derroteros de antaño. La pregunta siempre queda en el aire: en esta terrible situación de desnutrición política, ¿quién podrá ayudarnos?

Vestido con su batita blanca, y acompañado del poder de un reggaetón de 250 decibeles que hace contonear sin elegancia las turgentes caderas de desproporcionadas muchachotas, este otro botargón chaval se nos presenta como una opción. ¿Por qué? Porque ante los efervecentes cuestionamientos de acomplejados líderes afroamericanos, siempre habría una pieza de charanga que arreglara la jornada; porque la solución para el problema de la energía sería usar energía similar; porque habla nuestra lengua y se le revela a su hermano y pone en el metro afiches inspirados en el Hombre Biónico.

Porque de entre todas las botargas políticas que ofrecen exactamente lo mismo que él (baile en cada dependencia de gobierno, un circo que no llevará a nada), es el único que tiene el cinismo para admitir que no es más que un hombre demasiado identificado con un peluche gigantesco.

Por eso y sus milagros farmacéuticos, por eso y sus bracitos contoneándose al aire, por eso, y porque, al parecer, nada mejor nos queda, el Dr. Simi es mi gallo. ¿Para qué continuar con mis contubernios si ya hay una canción que describe mejor que yo lo que puedo sentir por él?

Changuitosâ„¢

Julio 26th, 2005
Háganlos…

E.N.O.U.G.H. episodio 2

Julio 25th, 2005
Aproximadamente una vez al año tengo un encuentro cercano de octavo tipo con una Insoportable Muestra de Estupidez®. El año pasado, por ejemplo, tuvimos esta ávida muestra de Wannabesmo® mezclado con delirios de grandeza. En fin.

Este año ya pensaba yo que me libraba, pero no. No es secreto para nadie que mi trabajo en Pfizer no me satisface en lo más mínimo. Sin embargo, y muy a pesar de mi odio por los medicamentos químicos, hay cosas que sí puedo apreciar, como la total accesibilidad a la red, las cocas gratis y el humor sarcástico de mi jefa. Una de las cosas que más disfruto es hacerla de “corrector de estilo” para la revista interna. Lo pongo así, entre comillas, porque la revista per se carece de estilo: es apenas un triste aborto del ideal corporativo de crear un enredado mundo de comunicación constante y perfecta. Y esta parte del trabajo me gusta, entre otras cosas, porque me permite desarrollar las capacidades que sí tengo: el orden, la crítica constructiva, y otras, todavía más anales.

El trabajo de corrector de estilo, sin embargo, lo enfrenta a uno con insoportables personalidades desbordadas de ego y pretensiones, que creen que se las saben. Hoy tuve un desagradable episodio al respecto.

La semana pasada pasé cerca de tres horas corrigiendo la ilegible redacción de una mujer que trabaja en la mercadotecnia de uno de los medicamentos. Después de pelearme con el sinsentido de su texto y con las inútiles especificaciones médicas, por fin logré un frankenstein por lo menos respetable. Educadamente, mandé el artículo para su corrección, creyendo que le daría un vistazo y me lo regresaría a la brevedad. Pero su ego no lo permitió. Así que me respondió esto:

Hola Jose, (sí, JOSÉ)
Te pido por favor que dejen el articulo tal y como estaba anteriormente ya que al modificarlo afectaron términos médicos, el articulo ya estaba firmado por el médico de producto . se sometió a proceso de autorización, el texto no se debe cambiar y médicamente no se puede alterar, con los cambios que ustedes hicieron el articulo tiene información errada.

Y yo no tuve más remedio que pensar algunas cosas:

1. El espacio entre palabras nunca va doble.
2. Notarán que los cambios hechos al texto son sólo de redacción. No hay cambio en el sentido.
3. ¿Cómo decía la Miss Roxana? “Después del puntote, una letra grandota”. Hay que aprender a usar mayúsculas.
4. Un texto no se puede alterar médicamente. Es tanto como decir que vas a hacer una operación ortográfica sobre un ser humano; lo cual no sólo es aberrante, sino bastante cómico.

La señorita argumenta que el infortunio del texto responde a necesidades de diseño; la realidad es que no hay diseño que soporte sus incoherencias. Después de un par de horas debatiendo con ella, no tuve más remedio que responderle lo siguiente:

Hola, Paty,

Te ofrezco una sincera disculpa por atreverme a tocar tu Pulitzer siquiera con el pensamiento. La verdad es que mis conocimientos en redacción, gramática y pragmática estilística no abarcan todavía las novedades literarias que tu texto introduce con tanta fortuna: el desatino, la incoherencia, la arbitrariedad, el divertido lenguaje visual y las aburridísimas especificaciones técnicas repetidas hasta la náusea. Hay que decirlo: tu talento se ha materializado a través de un texto que sirve de metáfora perfecta para la posmodernidad (sic), conjugando, además, un ingenioso y práctico compendio de la literatura dadaísta y ultraísta. Way to go.

Entiendo que los genios suelen ser extraños en países extraños, y que la mezcla de sus acentos con los hedores de la población en la cual se insertan, suelen dar por resultado un enorme borbotón de mesianismo artístico. Así le sucedió con Borges, Cortázar, Monterroso y Ricky Martin. Me alegro de ver que tu caso no es la excepción. Pero tu caso, además, es, por mucho, más loable todavía: tu evidente habilidad para transitar sin mérito intelectual alguno por años de educación media, media superior y superior en instituciones cualesquiera, deja claro que la genialidad no lee; la genialidad se basta consigo misma.

En fin, Paty. Con esto sólo quiero decir que yo sólo soy un pobre comunicólogo que poco sabe de la vida y sus placeres; que, honestamente, creo que escribes peor que la pezuña de un ñandú; y que, para cuando quieras, mi pluma está a la disposición de tu enorme e inflado hocicote.

Saludos cordiales.

R.

Hacía mucho tiempo que no sentía tan extraña sensación a la hora de mandar un mail. Cuando di “send”, sin embargo, sentí una enorme paz interior: la certeza de que no me queda más de una semana en este trabajo, pero de que salgo por la grande, con el cinismo en alto.

Porque hay dos cosas que no soporto: la marginación verbal y la estupidez mal disfrazada de genialidad. *puaj*

Clichés

Julio 25th, 2005
Me gusta decir que no creo en los clichés. Haciendo un concienzudo auto-análisis, creo que en el fondo sí creo: mi formación orientada a los números duros y a la filosofía (que no por ser más humanista deja de buscar categorías), junto con mi propensión por la comedia y el análisis dramatúrgico de la sociedad (la constante búsqueda de roles y articulaciones sociales) me impiden, de alguna forma, escapar de una cierta manía por la categorización. De chavito, me encantaba identificar el rol de cada personaje en mis caricaturas y series favoritas, así como encontrar reglas comunes entre los personajes que compartían el rol: el Ñoño®, por ejemplo, se caracterizaba siempre por un enorme talento aderezado con cáusticos problemas de pertenencia de grupo; el Lidercito® no era más que la combinación maniática de una terrible inteligencia social con un tremendo pánico a la autoridad, y una pizca de estupidez. En lo personal, el rol que siempre me ha parecido más interesante es el del Outsider®: en el fondo es el más capaz de todos los personajes; es su carga emocional y su descreencia en el mundo lo que lo hacía exiliarse del compendio social y aparecer sólo cuando la situación lo urgía. Normalmente tenía una historia macabra tras sus procederes, lo cual lo convertía en una forzada encarnación zen de Jesuschrist o Mersault; en el Camino del Héroe, es lo que se conoce como Incidental: normalmente, era un personaje que no compartía con el grupo metas ni ilusiones, pero cuya participación en la historia se volvía definitiva por lo intenso, ya fuera para bien o para mal. El Outsider® puede ser Aragorn, Han Solo, Iki de Fénix, Chris Cornell, Jay de la Cueva o Porfirio Muñoz Ledo. Es decir: un mercenario a sueldo de su propia cavilación emocional; un bizarro entre Papasfritas® y Poeta Maldito®.

Desde que tengo memoria soy un Outsider®. Me disgusta sentirme parte de una categoría cuando no comparto con dicho estereotipo ciertos aspectos básicos, cuando menos. Para quienes no tengan el placer de respirar diario gases raros del reino de Chilangia, sepan que acá en el terruño hay, cuando menos, dos categorías definibles, que a su vez pretenden poner límite a los extremos permisibles dentro del jet set: los Fresas® y los Pandros® (aunque estos últimos pueden recibir muchos nombres, y son más bien un movimiento nomádico –valga la redundancia- que se hace de ideologías/moods/símbolos sólo en la medida de que éstos escapen de los que pertenecen a los Fresas®). Me gustaría poder dar definiciones precisas de ambas categorías para dejar clara la diferencia; la realidad es que no sé hacerlo. Sé que los conceptos tienen que ver con costumbres de entretenimiento, metas profesionales, vocabulario, vestimenta, forma de pensar y calidad de prejuicios. Pero también sé que las categorías son difusas como lo más. Hay fresas que no creen serlo, hay pandros que creen que son fresas, hay auténticos fresas auténticamente pandros y viceversa. Digamos que el cliché que yo he aprendido es que los Fresas®, por definición, deben tener cuando menos cuatro rasgos: propensión al capitalismo, cierto conservadurismo, fashion de marca, y una cucharada de vacuidad social. El que he aprendido de los Pandros®, a su vez, contiene: cierta rebeldía, necesidad de escape, un trauma social (por lo menos), pose de valemadrismo, y la noción de que el dinero que han ganado sus padres no es más que para pagar su plenitud pseudos-hippie (dato de trivia: ¿sabian que la palabra “pandro� proviene del griego y significa “lleno de rocío�?). Repito: estos son los clichés negativos que yo he aprendido; en realidad, al releerlos no sé qué tan atinados sean. No he conocido hasta hoy el cliché del fresa ni del pandro: más bien, el enorme universo social del DF escapa en muchos casos de estas definiciones, además de que todo mundo tiene algunos rasgos de ambas partes. Por otro lado, el cliché Fresa® está tomando algunos rasgos del Pandro® (generación Moderatto-RBD), lo cual hace difícil decir que “los fresas están vacíos� o que “los pandros no lo están�. Es complejo, y yo no soy quién para cerrar los clichés ni la discusión: si alguien conoce una mejor definición para cualquiera de los dos términos, no dude en esclarecer mis dudas.

A pesar de la inexactitud de las definiciones, casi todo mundo termina por tomar una bandera. La autenticidad que todos tenemos (porque todos la tenemos), trata de escapar de los dejos de normalidad tomando una postura a la hora de socializar. El peor pecado/dolor es sentirse normal: preferible ser fresa entre los fresas o entre los pandros que sentirse perfectamente adaptado a un medio.

En lo personal, repito, nunca me ha gustado considerarme dentro de una categoría, aunque siempre he sentido la necesidad de ubicarme en una. Mi historia (y mi fisonomía y mi ideología y mi bolsillo y mis gustos musicales) me ha expulsado del mundo fresa. Por otro lado, el pandrismo de alcurnia no lo entiendo. Mi personalidad no me ha permitido más que ubicarme, cuando es necesario, en un divertido limbo intelecto-geek. Un maestro decía que se llamaba Clase Media Intelectual Esforzada; yo no sé de economía. Prefiero pensar que soy un auténtico Outsider®, y he resuelto dedicar mi formación social a ser tan auténtico y cínico como pueda, para reforzar esa tesis y para calmar mis ansias. Hay quien atribuye a Julio César la frase que avala mi activismo relacional: “uno no puede evitar ser lo que ha hecho creer que es�.

Bien. Yo era un feliz Outsider® hasta que Pinky Floyd (y, al parecer, todo un mundo a mi alrededor) decidió que no, que soy Fresa®; moderado, pero Fresa®. A pesar de que ya con la cabeza fría puedo decir que me da un poco lo mismo, he de admitir que en su momento me hizo encabronar tal sentencia. Lo que más me dolió fue el hecho de que lo que me hace fresa es mi forma de pensar; lo primero que pensé fue “claro que no; yo sí sé pensar, sí me preocupo por mi entorno y no quiero ser un corbatudo asalariado por una gran transnacional�. Inmediatamente callé mi boca mental: no todos los fresas eran así, ¿o sí?

Por el momento, prefiero creer que yo soy quien soy y no me parezco a naiden, y que nunca entraré cabalmente en una categoría. Aunque he de admitir que hay días en los que me encantaría lograr entender las diversiones ajenas, las canciones que ponen en los antros, o, en su defecto, la adicción a la marihuana y la aversión al baño diario. Pero no. No lo entiendo. Y por eso, digan lo que digan, soy, he sido, y siempre seré un Outsider®, tan papasfritas como suena.

¿O alguien opina lo contrario?