Siete DioptrÃas 3: the Jewish Job
(En el capÃtulo anterior, Rod y su cara de imbécil descubrÃan que sus gafas robadas habÃan estado cerca de no serlo)
Asà que ahà iba yo: con mi cara de chamaco mal nutrido, una directriz un tanto vaga para llegar a una óptica rápida y barata, una profunda ceguera, y un lazarillo inteligiblemente chileno. Bajamos del S-Bahn en una estación cuyo nombre y especificaciones fÃsicas no recuerdo; como referencia, baste saber que cada vez que pienso en ella, me remito inevitablemente al Metro Hidalgoâ„¢ y los tacos de muerte lenta. Bien. El chileno habÃa encontrado esta óptica después de varios ligues fugaces en un centro comercial cercano al hostal. Lo más placentero no fue conseguir el tip, sino ver cómo una chica lo abofeteó sin reservas justo cuando él, seguramente, le trató de insinuar cosas con su espantoso acento (no dudarÃa que la chica fuera una prostituta; sencillamente, cualquier cosa mascullada en chileno puede sonar como el imperdonable insulto de alguna lengua muerta). El proverbial nombre de la óptica: Glasses.
Amén de admirar a los teutones dueños del local por haber dedicado tanto tiempo y esfuerzo en conseguir un nombre tan creativo como ése, me maravillé por el precio y el cálido recibimiento que nos dieron sus vendedoras. Al enterarse de mi desgracia, ambas me abrazaron como quien abraza un cachorro de panda recién nacido. Me graduaron los ojos y me escogieron un armazón que se viera bien con mi cara. Además de te(u)tonas y (o)culistas, las chicas eran estetas. Si les digo que por algo Alemania está como está. Salimos del establecimiento con mi notita que garantizaba que las gafas estarÃan listas antes de las siete de la noche. Eran algo asà como las dos de la tarde, asà que habÃa que tenerle paciencia a los manchones y buena fe al resto de mis sentidos para tratar de hacer de ese tiempo algo medianamente memorable.
La realidad es que yo no tenÃa más remedio que seguir a ChilenÃsimo Nacho® en sus perversiones. Me llevó a comer McDonald’s, y luego me trajo dando vueltas hasta que encontró un Intelné café (*ejem*… café Internet…). Desde ahà escribà la historia de mis desgracias a los amigos que buenamente me seguÃan la pista desde el terruño. A pesar de la tragedia que es esta historia, de la angustia, el sopor y las penurias, los más consideraron que mi historia era tan cómica como la más burda comedia de pastelazo. Lo que sà fue cómico fue la manera como escribà el correo: mi cara no habrá estado a más de diez centÃmetros de distancia de la pantalla del ordenador, al cual llegué después de muchos tropezones con muchas cosas/personas que mentaban madres en alemán. Pagué tres euros por escribir un mail que se titulaba “La suma de todos los miedosâ€?. ¿Fue eso una estafa o qué?
Al correr de la tarde, entré en un estado de contemplación sin precedentes: hagan de cuenta Neo cuando comienza a verlo todo en código binario; pues asÃ, pero sin numeritos verdes. El ruido de la ciudad se convirtió en un mantra lejano, y en algún momento dejé de pensar. Sé que estuve por muchos lugares con historia, pero sencillamente no los recuerdo. Mi sentido auditivo se agudizó tanto, que hasta logré entender el acento de ChilenÃsimo Nacho® cuando me dijo “hueón, vamos al museo judáicoâ€?. Bien, pensé yo. Al llegar al museo (que dicen que está en un edificio re bonito), pasamos a caja. Él pagó cinco euros y esperó a que yo hiciera lo propio. Yo me quedé parado frente al mostrador.
- ¿Qué no vai a pagar, hueón?
- Pues no.
- ¿Cómo no vai a pagar? Si no pagai, no entrai.
- ¿Que Hawai Bombay qué?
- No, hueón, que tenei que pagar para entrar al museo.
- No
- ¿No?
- Pagar serÃa estúpido…
- Hueón, con suerte no habei tenido que pagar por traer puesto ese gorro…
Cabe mencionar que tuve a bien llevar a Europa un gorro que tenÃa bordada una cruz bastante parecida a la cruz del ejército alemán de la primera guerra mundial; en medio del barrio judÃo berlinés, yo era poco menos que un trompo de kebab*; si me descubrÃan, hasta me podÃan ver cara de kosher por aquello de la palidez que trae consigo el pavor. Y entonces sÃ, shalom.
- Pagar cinco euros por entrar a un museo en el que no voy a poder ver nada es estúpido… más estúpido que una canción de La Ley.
- Vueno, hueón… pues yo sà voi a entrá. Si quierei podei esperarme afuera para ir a buscar tus anteojos, o podei ir a buscarlo’ solo…
Y ChilenÃsimo Nacho® se metió en una sala con piso de duela. En ese momento no debà haber confiado tanto de mi buena memoria territorial, ni de la mala memoria histórica de los judÃos. Decidà caminar por las calles cercanas al museo. Pensé que seguro lograrÃa recordar la ruta, o los colores, o los nombres de las calles. Veinte minutos después, estaba completamente perdido en la trastienda de BerlÃn; diez minutos más tarde, podÃa sentir las miradas inculpatorias de algunos; cinco después, decidà quitarme el gorro; al doblar la siguiente esquina, un par de jóvenes de unos quince años me propinaban enérgicas frases en iddish. No pude ver nada; sólo sentà una turba iracunda que me rodeaba, y un frÃo otoñal por el dorso, acompañado de una tarde que parecÃa anunciar lluvia.
Abrà los ojos. Una voz preguntaba con mal inglés si estaba yo bien. Me toqué todo el cuerpo: sÃ, estaba completo, y mi gorro y la nota de Glasses seguÃan en mi mochila. Un montón de gente se apelotaba a mi alrededor: al parecer, los chicos habÃan notado, después de verme pasar diez veces por el mismo lugar, que estaba perdido, y habÃan tratado de preguntarme qué lugar buscaba. Se los digo yo: el alemán (y sus derivados) sà suena fuerte. Dijeron que me habÃa desmayado del susto, y que fue entonces que habÃan decidido buscar a alguien que hablara inglés. Eso fue fácil: lo tedioso fue hacerme volver en razón, ya que cada que me lograban hacer volver en mÃ, caÃa desmayado otra vez. El hombre que habló conmigo me llevó hasta la puerta del museo, que estaba a un par de cuadras. Mientras caminábamos, me tomaba del brazo; con seguridad pensó que estaba yo loco o verdaderamente drogado. Me dejó sentado en un jardÃn frente a la puerta del museo, me preguntó si buscaba a alguien en especial, y, después de escuchar que sÃ, que a un chileno, se despidió. Dijo algo al oficial que cuidaba la puerta y se fue.
Yo me quedé en medio de ese “jardÃnâ€?: un terreno relativamente grande cubierto de piedras de rÃo, con estatuas en vez de árboles, y unas cuantas bardas de arbusto para cortar el viento. Mi mente se fue a blancos, y no recuerdo nada desde ese momento hasta que salió ChilenÃsimo Nacho® más espantado que yo a ver si estaba bien. Dije que sÃ, pero que habÃa pasado demasiado tiempo sin pensar en nada, y que se estaba haciendo tarde para recoger las gafas; él respondió que aún tenÃa mucho que recorrer del museo. Me dio un mapa y me indicó cómo llegar a Glasses; curiosamente, el lugar estaba tan cerca, que podÃa caminarlo sin problemas en menos de diez minutos.
Volvió a entrar al museo, y yo me quedé sentado en esa banquita de madera. En ese momento recordé, por alguna razón que no entiendo, que hacÃa más de cinco años que no lloraba a placer. Inexplicablemente comencé a llorar profusamente, sin pena ni sollozos, sólo llorar. En ese momento atribuà el espasmo a la tensión; hoy sé que ese dÃa, de alguna forma, dejé de depender tanto de mis gafas, y que me liberé de algo que, aún hoy, no sé bien a bien que es.
*Kebab: versión árabeuropea del taco al pastor.

Julio 21st, 2005 at 10:14 am
Esto me recuerda ciertas series de TV… conocemos el final, donde el Chaparrito® sobrevivió. Pero ¿cuántas aventuras y penurias más habrá pasado? Si todavÃa tienes ese correo que enviaste, please reenvialo para verlo!
Saludos
Julio 21st, 2005 at 10:37 am
Me perdi como 20 veces en tu relato, lo peor es que ni una sola vez me encontré :S
Será que estoy muy wey
Salu2
Herr Kanon
www.frialdad.com/wp
Julio 21st, 2005 at 1:04 pm
ya van tres veces que leo este post y al fin entiendo que se trata de tu viaje a Europa.
¿te tiraste a alguien sà o no?
Julio 21st, 2005 at 1:46 pm
Queridos compatriotas blogueros:
Han de saber que escribir los posts que ustedes con tal algarabÃa se devoran cada que se dan una vuelta por acá no es tarea sencilla: regularmente tardo algo asà como dos horas tan sólo en escribir; entre dos minutos y una hora para subir la información como tal (hay veces que la cantidad de links/fotos se lleva muchÃsimo tiempo).
Si me esmero tanto en que cada post tenga los links necesarios, es precisamente porque sé que soy incapaz de dar todo el contexto que quisiera. Es por eso que al mero principio de este post hay un paréntesis con los links a los dos capÃtulos anteriores. Por supuesto que será imposible entender cualquier cosa si no están familiarizados con la trama.
Los links que pongo en mi blog son muestras de cariño; úsenlas.
No, Wallace, no me tiré a nadie. (ojo, tampoco digo que todo lo que está dicho en este post sea cierto…)