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Ruy Febenâ„¢

Septiembre 26th, 2005
La primera cara de duda la ponen cuando les dicto mi mail y notan que lo que les deletreé no tiene nada que ver con mi nombre real. Los más curiosos preguntan, pero únicamente cuando les llega un cuento escrito o una canción interpretada por un tal Ruy Feben™. Y preguntan porque ese nombre extraño nada tiene que ver con cualquier cosa previamente conocida acerca de mí.
Todo empezó cuando la primera maestra de preprimaria (la que meses después me correría de la escuela por las vandálicas intenciones que me orillaron a romper una banca a mis tiernos cinco años), emocionada por la celeridad que mi nombre implicaba, exclamó justo después de pasarme lista:
- ¡¿Rodrigo Díaz?! ¡Como el Cid Campeador!
En lo sucesivo, mis compañeritos, ignorantes como buenos escuincles, me apodaron Cid hasta que esa banca rota me hizo buscar otros derroteros académicos. La historia no se quedó en esa primera escuela, sino que me siguió hasta el fin de los tiempos. Fueron muchos (y cada vez más baratos) los que hacían alarde de falsa intelectualidad: escuchaban mi nombre, y al instante apretaban más la mano que me saludaba, para redondear su gesto de infinita solemnidad con un “¡Ah! Rodrigo Díaz (y engrosando la voz), como el Cid Campeador”.
Y no tenía por qué haber un problema. El niño pudo haber vivido con la carga de un célebre nombre, llamar “Tizona” su palo de hockey (y quizá algún otro palo…), “Bab” y “Eca” a sus patines, y dejar la cuestión zanjada. Pero no: resulta que el niño quería fama y otra insignificancia llamada Identidad Propiaâ„¢. Así que llegó la adolescencia y el niño empezó a buscar pseudónimos bajo el pretexto de que quería-ser-escritor (sic).
Comenzó la búsqueda. Algunos nombres provisionales fueron bastante idiotas y bochornosos. En algún momento, el niño aplicó la de El Artista antes conocido como Rodrigo Díaz. Pero nada funcionaba. Hasta que un día, leyendo en el baño (por alguna extraña razón uno piensa mejor en el baño), encontró un artículo especial sobre los mayas, en el cual figuraban glifos, entre los cuales uno brillaba con especial fulgor: Ben, el signo mayadel Caminante del Cielo Rojo, mensajero de los dioses, y portador de la mística luna número 13. Algo hizo click: al día siguiente, el niño encontró en un libro de historia universal a Febo, dios del sol. Y recordó que su padre siempre lo llamó “Ruy”, como si todavía estuviera en España, el pobre. Así, de la combinación aleatoria de varias mitologías, intenciones y embustes, nació el aspirante a leyenda, Ruy Febenâ„¢.
Y desde entonces las caras de huevo revuelto cuando dicto mi dirección-e a los compas. Y desde entonces las negativas para publicar cualquier cosa bajo ese nombre. Y desde entonces las ocasionales confusiones de suecos que me quieren ligar porque resulta que en su patria “Feben” es nombre de mujer, y de mujer normalmente bue-ní-si-ma.
Pero también las intromisiones: no pocos han intenado plagiar la grandiosa idea. Ridículas combinaciones como “Herbeluc” o “Huitzitriskel” han sido, francamente, poco exitosas. Nada como el rimbombante Ruy Febenâ„¢ y la original creación literaria que le sigue. Porque Ruy Feben no es estático: escribe, y lo hace bien. Porque solamente sabe escribir, nada más.
En tales elucubraciones me encontraba hoy cuando me di de tope con varias evidencias de que plagiarios hay, y los hay por montones. ¿Recuerda usted este post, donde anunciaba con pompa el regreso de mi antiguo blog? Pues bien: un tipo llamado yakko1 lo plagió casi por completo acá, en un foro de Ensenada. Recordé en ese momento un post de Lord Orange donde se quejaba amargamente porque alguien le había hecho exactamente lo mismo. Y creo que lloré.
Pero lo más doloroso no fue eso. Lo peor fue encontrar que en México hay alguien que está utilizando el buen nombre de Febenâ„¢ para acceder a páginas pornográficas, manchando así el no-tan-rancio abolengo de mi estirpe unitaria. Si alguien se encuentra por ahí un “feben” que entra a bajar videos de las gemelas Olsen, no soy yo: es alguien que, haciendo alarde de toda falta de creatividad posible, me ha plagiado. Eso, o alguien que se llama Federico Benítez. Quién sabe. De cualquier forma, está feo: feo que se use mi nombre (que tanto trabajo y rictus contradictorios me ha orillado a enfrentar), y feo que baje pornografía que yo ni de lejos llegaré a disfrutar. *puaj*
Preocupado por su clientela, el Claxon® le conmina a buscar la garantía de autenticidad para los contenidos claxoniles que encuentre en la web. Como se aprecia en la parte superior derecha de este espacio, el holograma muestra la cara de Ruy Feben® como certificación de calidad Claxon®. No se deje engañar. Ante cualquier duda o aclaración, comuníquese a la PROFECO o al departamento legal de Claxon®.

Feben Renacentista

Septiembre 26th, 2005
Lista del súper del Sr. Feben:

1. Escribir post acerca de la aparente ola de autodestrucción bloguera.*
2. Conversar con la señorita Yosola acerca de blogs.
3. Comentar en los blogs de los amiguis.
4. Escribir texto para Nuestro Mundo acerca de las Batallas de ELK.
5. Escribir texto crítico-analítico sobre otro texto crítico-analítico sobre la novela histórica.
6. Promocionar el primer intento del Sr. Feben por incursionar de manera formal en el mundo del arte.
7. Hacer un par de cosillas para un proyectín.
8. Viajar a Acapulco de chamba.
9. Escribir texto reflexivo acerca de las políticas multiculturales.
10. Recaudar una buena cantidad de información acerca de la situación cultural del país.
11. Trabajar en el proyecto de titulación.
12. Aprender a usar Flash.
13. Dormir.
14. Cumplir mis deberes maritales con Pinky Floyd.
15. Leer texto de Manuel Castells.

*Durante la semana pasada, tres de los blogs que orgullosamente linkeo en la sidebar de la derecha, tomaron la decisión de dejar de postear. De uno de ellos, ya hablé, porque era mi favorito y porque representó el final de una época. De otro no he dicho nada, porque siempre ha sido más como un placer culpable. Del último no sé qué pensar porque, aunque nunca le entendí bien, se convirtió en el único espacio netamente literario referido en este blog. Hasta hace un par de horas, no entendía las razones por las cuales un blog podría desaparecer, pero ahora lo veo todo muy claro: las actividades lo rebasan a uno, y más cuando se tiene el Happy Place® de ser todo un Hombre Renacentista™ con matices de ajonjolí-de-todos-los-moles. Para el consternado lector que ya ve venir una abrupta clausura del Claxon®, aclaro: este espacio no se cierra (aún). Pero, repámpanos, me encantaría tener un millón de amigos que me ayudaran a salir del mar de pendientes que ya trae intenciones de convertirse en tsunami. Si usted no puede ayudar con las múltiples actividades de Servidor, siempre puede aportar un bonito comment de apoyo, que si bien no es depositable en la cuenta 9999, seguramente servirá para salvar a un niño con amplias posibilidades que terminar en cuadraplegia autoinfringida.

El camión de mi compadre Filemón que va al Panteón™

Septiembre 20th, 2005
Todavía hay quienes no terminan de creer que yo, todo un intelectual wannabe de la Ibero (we), aspirante a la licenciatura de Comunicación, supuesto estandarte de la producción creativisisisisisisisisísima (we), dizque portento de las maravillas del arte de embarradita y de la filosofeada de paso, pues, que yo, personaje cuya carrera debería convertirlo en un exiliado de la Condecci a discreción, en paladín del retro cultural y la caguama-en-las-pedas-de-jardín-de-teca (we), prodigio improbable de una sociedad esclavizada por mercantilismo y fascismo intelecto-léxico-conceptual, vaya, que yo, niño de universidad popis con open mindness de marca, discursos incoherentes y críticas en oferta, tenis convers y lentecitos de pasta y pulseras de cuero, clases con Gómez-Mont y tertulias con alumnos de Umberto Eco, en fin: todavía hay quienes no terminan de creer que yo, un Niño Ibero™, viaje todos los días en Pesero™.

Pero sí: todos los días tomo, cuando menos una vez, el Pesero™ que sube de Metro Tacubaya™ a Santa Fe™. Y no sólo eso: también me subo al Metro™, línea naranja, normalmente de Barranca del Muerto a Tacubaya, cuando no es la verde vía Centro Médico al mismo destino. Y la verdad es que disfruto mucho viendo las asombradas caras de muchos compañeros y contertulios que de buenas a primeras dejan asomar rictus comparables con el huevo revuelto nomás porque resultó que el mundo no está donde debe estar. Porque todavía (hacer el fabrón cavor) hay quienes creen ciegamente en eso de que los niños-con-los-niños y la-banda-con-la-banda y no conciben que alguien que navega por las vicisitudes de la Regla de los Tercios™ pueda llevar su barquito por las aguas del Barrio Bravo™.

Mi parte favorita del día es cuando subo al Pesero™, Salvajemente Grupero™, para integrarme a un mundo con dimensiones. Para los que no han tenido el placer, una advertencia: el mundo de allá afuera tiene olor. Y clima. Por alguna extraña razón que desconozco, entre los ladrillos rojos y las grandes transnacionales enfrascadas caprichosamente en los prejuicios, el olor es un mero motivo de discusión teórica, y el clima es una ponderación arriesgada, quizá, en la clase de comunicación y tecnología. Disfruto viajar en transporte público porque me siento frágil, porque temo por mi ajuar y porque acecho los asientos. Disfruto viajar en Pesero™ porque, después de cinco años, aún no acabo de acostumbrarme al salto cuántico-dimensional que se padece al cruzar la glorieta desde los vendavales de techos de lámina, y darse de frente con la panacea de la modernidad encarnada en Televisa Santa Fe.

La vida en el barrio es distinta. La gente se saluda y gasta albures. Grita y se sienta en las puertas a tomar el sol o el fresco. Se persigna al pasar frente a un templo. Hay un hombre que vive en un tendete caprichosamente armado con restos de basura, metros antes de un enorme multifamiliar. Su mascota es un desproporcional montón de basura. Siempre se le encuentra hurgando, peleando los restos de ropa con los perros, desmenuzando cosas, encendiendo boñiga urbana para simular que no padece frío. Casi frente a él hay una casa cuyos habitantes nunca he visto, pero he llegado a conocer morbosamente, gracias al tendedero improvisado que cuelga sobre la acera en desnivel.

La parroquia escribe en las paredes mensajes que no todos entienden. Llora al Papa muerto y reclama por la migración y la muerte en Nueva Orleáns. En la esquina del templo tenía una virgen de piedra cubierta con vidrio, que hoy también se enmarca con una reja porque alguien la quiso robar. El mercado de los lunes lo descuartiza todo y riega sangre color rosa-sobre-ruedas. Y la estética del grafiti tiene un rey llamado ELK que nadie conoce pero todos temen, porque ha logrado pintar sobre las rejas de uno de los grandes corporativos sin cara. Todos lo respetan porque saben que, de alguna manera, ELK es una voz muerta cuyos restos han apestado todo el continente.

La calle principal huele. Hiede. El calor es otro de los soldados del cuartel que está frente al Electra. Los niños viajan solos y me observan como sin querer creer que estoy calvo. Y el panteón ha retocado sus paredes exteriores otra vez, y de pronto el motivo de la Catrina, y la leyenda escrita en náhuatl, y los pictogramas, se van convirtiendo en grandes edificios que flanquean la favela, grandes murallas hacinadas de algo parecido a la vergüenza, grandes motivos perdidos en el umbral de las promesas y las copias al carbón que hicimos de algún cabrón que llegó del extranjero.


Y todavía hay quien no me cree que viajo en transporte público porque así me siento más corpóreo y más terrible, y más sereno. Y todavía hay quien no encuentra gracia en el chiste que contó una niña ayer, poco antes de que arrancara el Pesero™:

- Mamá, ¿sabes qué hace un pingüino en medio del desierto?
- ¿Qué, mijita?
- Pues vende Bon Ice…

Master Blogger

Septiembre 19th, 2005
Anakin tuvo a Obi Wan; Daniel San tuvo al Sr. Miyagi; Marty McFly al Doc Brown; Alejandro Magno a Aristóteles y Simón Bolívar a Fray Servando. Todos estos ejemplos son, sin embargo, insuficientes. Porque yo puedo jactarme de que en esto de bloguear, tuve a Salvador Leal.

Yo pasaba por una crisis que me provocaba la necesidad voraz por la escritura. El problemita era que no contaba con el medio. Porque esto ya lo sabe cualquiera que haya escrito algo alguna vez: de nada sirve si las letritas no son leídas por alguien más. Ro me habló de los blogs. Evidentemente, y como muchos, yo no tenía la más remota idea de qué demonios era un blog; fue entonces que el buen Ro me recomendó esta página. Recuerdo que comencé a leer algo acerca de la vida universitaria que el personaje en cuestión había padecido en el ITAM. Comencé, y no pude dejarlo durante más de dos años. En todo ese tiempo, uno de mis ritos diarios obligados era teclear la dirección del blog de Salvador Leal y reír, llorar, o pensar a discreción. Con el tiempo, yo mismo comencé mi blog bajo su tutela. Recibí un par de regaños, como cuando una ex novia inició una polémica con respecto a los derechos de autor de una frase; pero también hubo buenos momentos, como cuando conversamos durante largo rato en un café de la del Valle por cuenta de un par de boletos para The Cure que Salvador me dio al costo, omitiendo toda regla de la reventa.

No quisiera ser categórico, pero me atrevería a decir que mucho de lo que hoy tenemos como blogósfera en México se lo debemos a la primera generación de bloggers, entre los cuales se encuentra Salvador. Específicamente el Master Blogger (como llegué a llamarlo, junto con otros motes) dio varias pláticas sobre el fenómeno de los blogs en el mundo, organizó un par de reuniones, y una de sus últimas aportaciones fue participar en un eventillo llamado 1CWCOM, que a los ojos de muchos medios masivos fue el inicio del fenómeno bloguero en México.

En lo personal, tengo mucho que agradecerle. Primero, mi incursión y estadía en este continente recién habitado que es internet. Segundo, la noción de que el blog sirve para mucho más que el incremento del egómetro. Tercero, que el lenguaje también puede enriquecerse desde la experiencia personal (en palabras de WOM, “Salvador registró su nombre como una Marca™�). Finalmente, que el mundo que nos rodea no es más que la herramienta para su propio desarrollo, que el capitalismo no es el demonio, y que la espantosa experiencia de la Práctica 28 en el Instituto México Secundaria también puede dejar bonitas historias.

La semana pasada, el blog de Salvador Leal cerró sus puertas por tiempo indefinido. Triste, porque los fans sí extrañaremos todo lo que ese blog implica. Emocionante, porque sin duda esto abre un nuevo mundo de posibilidades, tanto para él, como para quienes hemos asumido la tarea de continuar el rock sin alguien que para muchos fue todo un parámetro. Lo bueno es que no se va como las Chachas™: Básico FM, su proyecto radiofónico, sigue en pie de onda con buenas rolas y mejores intenciones, y también, para los que se pongan más buzos, habrán textos de la autoría del Ñoño™ más célebre de México en algunas publicaciones nacionales.

Una cosa es cierta: extrañaremos al Master Blogger. Lo bueno es que su blog seguirá abierto como testimonio de un internet habitado, una interfase inteligente, un sueño que, finalmente, todos quisiéramos ver realizado: el Ñoño™ que al final del día, ganó.

Crónicas del fin del mundo - Primera parte

Septiembre 11th, 2005
Hace más de una década, una de las Películas Tabú™ de mi imaginario era “Las Profecías de Nostradamus�. Mis nulos conocimientos de historia se asombraban gratamente al ver cómo un hombrecillo francés del renacimiento había predicho, sin mucho esfuerzo, que una noche al año (aproximadamente), yo lograría escaparme de las inquisidoras miradas de mis padres para ver, con una mezcla de horror, curiosidad y ánimos redentores, el resto de sus profecías. Kennedy, Napoleón (el primer anticristo), Hitler (el segundo obligatorio): todo lo había dicho ya el desterrado judío que, seguramente, había huido de otras inquisiciones distintas a las que a mí me aquejaban en el dormitorio adjunto. De la película, lo que mejor recuerdo es lo que Orson Welles, narrador, anunciaba con maestría circense: “lo que están a punto de ver es lo que Nostradamus profetizó para nuestro propio futuro. Les anticipo que las imágenes no son nada alentador…�

Salía de una de las actividades que menos me emocionaban de tener ese grupo de amigos: la rutinaria práctica de frontón de los martes. Acababa de salir de un ataque de Anginas Marcianas®, y me disponía a ir a clase de Narrativa Latinoamericana 2 con el poeta Víctor Sosa. Antes de salir, alcancé a ver en la TV que algo en Estados Unidos había sido golpeado por un avión. No me pareció extraño, ni demasiado significativo. Ya en el auto, me percaté de algo que sí me molestó: Radioactivo había cedido sus transmisiones a Imagen Informativa. Pedro Ferrís de Con parloteaba cosas inteligibles; confundía, azoraba, y se notaba francamente desesperado. Erraba continuamente en la fecha de hoy, intercambiando repetidamente el mes y el día. Yo solamente logré entender cabalmente lo que trataba de comunicar cuando apagué el auto: las Torres Gemelas de Nueva York habían sido “atacadas�. El poeta no dio clase ese día; en vez de ello, me mandó por un televisor a la bodega, donde un mar de alumnos curiosos peleaban arduamente por conseguir un aparato. Yo pensé en el conflicto árabe-israelí, en el poderío inútil de Estados Unidos, en la guerra que seguramente se avecinaba sin piedad. Pensé en Nostradamus y en una de las pocas imágenes que aún podía recordar de la advertencia de Welles: “…nada alentador…�.

El árabe no tenía turbante azul, pero Bush usaba un casco de ese color para vencer a Irak, un par de años después. No había maquinaria ultramoderna en el escondrijo de los turbantosos agresores: habían cuevas, guerrilla, un mundo que no sabía si confiar en lo malo por conocido, o en lo peor por conocer. “Después de la tercera guerra mundial, la más cruenta y devastadora de todas, vendrán mil años de paz�.

Pero no. El mundo no terminó. Su fin no fue un violento estallido sobre la cabeza de los grandes imperios. “Antes de la gran guerra la humanidad sufrirá de desastres naturales, terremotos e inundaciones�. El mundo ya no cree en Nostradamus porque ya sabemos que el final no será una bomba atómica aniquilante, sino la lenta y dolorosa convalecencia de los que menos tienen. La hambruna de miles, la ambición de unos cuantos, y la apabullante decepción del resto.


A cuatro años, las caras de terror son las mismas. So where is your fuckin’ Nostradamus?