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La Epopeya de Sátelo

Diciembre 14th, 2005
Una tarde en la que, creo, el Sr. Porter y yo hablábamos sobre la discordancia entre los comienzos y los finales de las Relaciones Sentimentales™ (yo decía que entre el felacio y la falacia hay una distancia grande, dado que una expresa el morbo superado por las ganas, mientras que la otra es justamente lo inverso; él, sencillamente, decía que todo era lo mismo: una mamada), salió de algún recurso literario eso de que los orígenes son meros caprichos de la narrativa; es decir: que a los textos uno les pone el punto donde mejor le conviene. Lo mismo debe pasar, pues con las mayúsculas, y con los epígrafes, y, en fin, con toda clase de Recursos® Literarios™ y Tipográficos©.

- Por ejemplo, doctor: al principio, sólo existía la loba de Coyoacán, que engendró dos hijos: Sátelo y Coápulo. Al crecer, los hermanos gemelos, como es natural en cualquier mitología y película de ciencia ficción, se pelearon o fueron abruptamente separados por el destino de su malévolo padre: Sátelo emigró al norte, y Coápulo al sur. El primero de ellos, más pequeño, fundó Ciudad Satélite, cuna del progreso y la civilización, que alcanzó un abrumador desarrollo gracias a su cercanía con Estados Unidos. El hermano mayor, Coápulo, frustrado y envidioso, fundó Villa Coapa, cuna de la placa de neón y los tacos orientales. No me dejará mentir, doctor, que éste es seguramente un origen más exacto y probablemente más divertido que el que creemos es real. Lo que sí me queda claro es que, en todo caso, es un origen más ad hoc con los tiempos; como todo, el origen debe adaptarse a su inevitable consecuencia.

Lo que el Sr. Porter aseveraba con tal osadía no podía sino ser el principio de elucubraciones mayores que, con poca suerte, jugarían a Tlön o a Narnia o a la Tierra Media en otros cuentos. Y así fue: con el tiempo y un par de pares de cubas, otros amigos y yo remontábamos la leyenda, encontrando errores y proponiendo su refigurada versión, más o menos así:

Al principio, sólo existía la loba de Coyoacán, que engendró siete hijos: Sátelo, jovenzuelo inquieto y con erróneas premisas sobre casi todo; Coápulo, gemelo de Sátelo, mayor que él en sólo un par de minutos, y opuesto en muchas actitudes: si bien era inquieto y siempre estaba errado, normalmente también era más lascivo y ambicioso que su mellizo; Avril, la hermana menor, gustaba de jugar con muñecas y de arrancarle a sus hermanos las ropas, robarles sus chocolates y, en lo general, acusarlos con Mamá Loba; Cockoro, el benjamín, malcriado por su madre, caprichoso y de sexualidad incierta; Yoaco, el mayor, hijo consentido de la madre y único que trabajó para ayudar en la casa antes de los veinte; Sasha, el hermano segundón, medio hippie y soñador, inútil, portador del orgullo gay del primer paraíso; y Gabriel Mancera, el más hip (aunque someramente conservador y más bien picaresco) de todos ellos, y, seguramente, el narrador de esta historia y el consecuente Padre de Todos los Hombres®. Al crecer, los hermanos, como es natural en cualquier mitología y película de ciencia ficción, se pelearon o fueron abruptamente separados por el destino de su malévolo padre: cada uno de ellos fundo su terruño, haciendo forzadas distinciones con los de sus congéneres. Así, Sátelo fundó Ciudad Satélite y Coápulo fundó Villa Coapa; pero Avril fundó Pedregal; Cockoro, Bosque de las Lomas; Yoaco quedose con los territorios de la madre, fundando Coyoacán; Sasha emigró un poco al norte para fundar una comuna hippie pervertida llamada Condesa (en honor a la Condesa de Canabia, protagonista de la bella y trágica historia de amor que culminó en la homosexualidad de Sasha); y Gabriel Mancera, la colonia del Valle, centro de la civilización que hoy conocemos y eje de toda forma de vida.

Lo que no podía saberse de modo alguno era que esta borracha elucubración algún día habría de escribirse en letras garigoleadas y con enormes letras barrocas y capitales. O así lo parecía: como si fuesen improbables rollos del Mar Muerto (de Nuestro Mar Muerto: Xochimilco), encontré los brazos perdidos de la mitología chilanga en el más recóndito de los recovecos satelucos. Lo cual me hizo descubrir en otros recovecos (los de mi apurada y malformada imagineishon) uno de los mitos (que no hitos) fundacionales de nuestra ciudad; esto es, una de las historia de uno de nuestros héroes. Así, sin más, los dejo con lo que bien podría ser la mitología bajo la cual nos conozcan los arqueólogos de un futuro sin chilanguismo; lo que bien podría ser la primera parte de las Crónicas de Chilangia (como “La comunidad del Anillo Periférico�, hagan de cuenta).

Sin más, les dejo aquí, desde las mitologías urbanas de la Ciudad de los Palacios, la primera crónica de Chilangia.

Soy Blur

Diciembre 14th, 2005


Which British Band Are You?

Estrógenos Asesinos 1: La Mesera del Deseo

Diciembre 6th, 2005
Axioma: Es asunto de dos.

Siempre (aún no entiendo por qué) tuve ganas de hacer algo así: sólo decir las cosas y escapar. Supongo que en el fondo es un fetiche de escritor: hacer palabras que no se lean; lo cual, en todo caso, es el equivalente de la comida de plástico que ponen en los restaurantes de comida corrida, o del Resistol que usan en vez de leche en los comerciales de cereal. Como sea: sencillamente, seguir el principio de hacer algo que sea tan perfecto, tan visible, que deba por fuerza ser intocable también; así, inasible; así, difícil de digerir, como el Resistol de los anuncios de cereal.

Hasta donde recuerdo, así comenzó el asunto de la Mesera®, con una pequeña apuesta, y un romanticismo exacerbado: unas ganas locas de pasar estúpidamente a la posteridad. Por aquella época, lo estaba pasando mal: todavía estaba por venir el viaje a Europa, y otras historias todavía estaban muy frescas, mal digeridas. Fue, pues, más o menos así:

El señor Porter, Ro, Jandro y yo, conversábamos sobre lo malo que era eso de jugar ajedrez en un café. Para nosotros era una aberración borgiana: un laberinto perfecto dentro de laberintos cafetaleros mal tramados por las conversaciones ajenas. Parecía hasta un pleonasmo de mal gusto. En eso estábamos, cuando la Mesera® nos dejó las cartas. Para hacer un breve bosquejo, bastará con decir que la Mesera® era rubia y destilaba hippismo. Nada más. Pero, como dije antes, lo estaba pasando mal, lo cual es tanto como decir que estaba yo en tiempos de guerra, y ya se sabe que en esos tiempos, cualquier hoyo es trinchera. Por lo demás, la Mesera® no tenía nada particularmente llamativo; todavía no se había hecho el tatuaje que portaría elegantemente en la espalda baja unos meses después, ni se había hecho ese repulsivo peircing que no le iría bien. Así que, comprendemos, la Mesera® no tenía nada en particular. Ni siquiera era morena, que en otros momentos hubiese sido el factor decisivo. Pero no: uno estaba en guerra, y ella era Mesera®. Y con esas razones bastaba.

Así que comencé a observar a la mesera: cuando no estaba llevando americanos y capuchinos y cervezas, se refugiaba detrás de la barra y ponía cara de huevo revuelto. Todo el tiempo parecía odiar una de varias cosas, o todas ellas: su trabajo, la barra de pasteles, su compañera, la clientela, su cruda, o el Resistol de los comerciales de cereal. No importa. Mis contertulios vieron tanto interés en mis fisgonas miradas, que me impusieron un reto: llevar al final de la jornada el número telefónico de la Mesera®. Quiero insistir: eran tiempos de guerra. Bien.

Cabe hacer aquí un respiro: si el señor Feben es malo para algo, es malo para abordar a las mujeres así-nomás-de-compadres. Malo, así. Es más, qué digo malo, Malísimo™. La lengua se traba, las piernas tiemblan, y otros clichés aún peores me atacan. Sencillamente, no puedo abordar desconocidas. Así que el reto sí que era un reto, porque no sólo se trataba de superar el rictus de mole poblano de la Mesera®, sino de brincar por encima de mi propia imagen residual. Difícil, difícil.

Después de muchos americanos de no poder mascullar palabra cuando la mesera los traía, después de muchas carrillas y cábulas de mis contertulios, después de un par de horas de clichés hollywoodescos, ya nos íbamos del café. El clímax, el orgasmo del nerviosismo. Mis amigos esperaron afuera. Yo entré de nuevo: la mesera, detrás de la barra, haciéndole malas muecas a las comandas. Me acerco a la barra. La Mesera® me observa con poco detenimiento y aún menos corrección política: queda claro que no quiere por ningún medio que yo me acerque, ni para pedir la hora, ni para reclamar por la cuenta, ni para preguntar dónde está el baño. Supongo que, de haber sabido que llevaba toda la tarde observándola, la Mesera® hubiese acaso imaginado que tampoco quería de mi parte una declaración. Nada.

- Hola.
- …
- Sólo quería decirte algo…
- …
- Creo que eres la mujer más linda que he visto en mi vida.
- Chido.

Dí la media vuelta y me fui. Mis contertulios se indignaron: ¿cómo así, sin un número telefónico, sin negras intenciones, sin nada?

Pero yo sí me llevé algo: “Chido�. Y mi Resistol para el cereal.

Por cierto: este texto no es “La Mesera del Deseo� por las circunstancias, sino, sencillamente, porque el café donde ella alegremente laboraba tenía el nombre de “Deseo�.