la rebelión®
Abril 28th, 2006Lo que comenzó en aquel oscuro marzo con una confesión a mis amigos en el patio de la prepa, un modestÃsimo “como que ya choteó, ¿no?â€?, se fue complicando en proporciones grotescas que, a la postre, desencadenaron una hecatombe. Lo cierto es que no comencé a temer por el exilio o la tortura sino hasta bien entrado el 2001. Era una reunión de amigos de la secundaria, donde, como es inevitable, comenzó a revolotear el asunto de los cambios generacionales y la vejez que ya alcanzábamos a vislumbrar en un futuro y que intentábamos combatir con madurez recién brotada. Mientras AgustÃn recordaba aquéllos tiempos de Wallflowers y Gabriel se atrevÃa incluso a meter el brazo hasta Aerosmith, alguien quiso sopesar nuestros embrujos artificiales recordándonos que los tiempos más modernos también traÃan consigo cosas buenas, como los Strokes y la onda de garage neoyorkina. Todos asintieron con celeridad, bebieron lentamente, y pidieron una del “Is this itâ€?. En aquel azul momento no tuve más remedio que recordar otra tarde, cuando en nueveochentaycinco escuché por primera vez “Last Nightâ€?, sin poder evitar el impulso de delinear en mi auto el gesto de la indolencia; “esta-rola-me-mata-de-la-huevaâ€?. Lo dije asÃ, en voz alta, y en la completa soledad de mi auto. La mala idea fue repetir la voz-alta en la reunión: mis amigos, que seguÃan asintiendo a borbotones por las bondades de la nueva escena neoyorkina, me cayeron a trotazos sin mediaciones. Ahà fue donde acabó mi amistad con casi todos los de la secu, etapa de la cual sólo conservo, felizmente, a JC, ahora también compañero de la Rebelión®.
Desde entonces nada es lo mismo. Cada vez más se me fueron cerrando puertas tan solo pronunciar un “el nuevo disco de Fobia no está tan buenoâ€?. Los clamores, por otra parte, se fueron haciendo cada vez más ensordecedores e irracionales. Si bien el segundo episodio no fue tan dramático (en octubre del 2002, después de dos años de incondicional fanatismo a Coldplay, me percaté de que su segundo disco se habÃa convertido en música ambiental y de fondo en comerciales de toallas femeninas. Ante la segregación sistematizada a través de un producto que, a todas luces, no uso ni nunca voy a usar [aunque a veces sea medio reglosito], tomé cierta distancia de los Chris Martin’s y sus quinceañeras fans), el último fue definitivo: el asiduo y co-dependiente e-lectorado de este blog conoce (o deberÃa conocer) a la perfección los atentados perpetrados por los fundamentalistas del reggaetón y los derechistas del pop noventero, que no me han dejado más remedio que exiliarme de la vida musical y buscar alternativas para conseguir legitimación para mis rarÃsimos gustos musicales. O sea: unirme a la Rebelión®, de la cual no puedo hablar mucho por cuestiones de seguridad (y de conservación de imagen).
Evidentemente, esta situación me tiene relegado a una posición nomádica muy incómoda. Porque una cosa es ser nómada de cuerpo – lo cual es relativamente fácil ya que sólo implica mover medio centenar de kilos por territorios generalmente establecidos sobre dura tierra y mudar las escasas pertenencias y deslindarse continuamente de territorios queridos – y otra es ser un nómada espiritual como yo, que no me puedo bastar con mover el cuerpo: lo difÃcil de la situación que me apresa es que hay que mover el alma por distintos recovecos históricos, rÃtmicos y territoriales que no siempre tienen proximidad más allá del capricho. Cuando uno pertenece a la Rebelión®, tiene que mudar de piel para no ser descubierto, coger el ajuar melódico, y llevarlo constantemente por nuevos horizontes musicales.
Afortunadamente, he encontrado refugios antibombas y buenos aliados, como Reverie Sound Revue, Sufjan Stevens, Pereza, Mattafix, In-Flight Safety y el espÃa en el lado popular de la fuerza, Death Cab for Cutie. Estamos en guerra: en distintos frentes se libra la batalla, a pesar de que la lucha, muchas veces, parezca perdida.
Este fin de semana se libra la batalla más grande de todas (el Waterloo de la escena musical): el Festival Musical de Coachella. Miles y miles de soldados y mercenarios de nuestro bando y los otros se batirán en California. Será, sin duda, un mercado de sangre lenticular. Las estrategias y los esfuerzos del bando enemigo estarán puestos allÃ, pensando que por ahà va la cosa. TÃpico: como ven a Matt Costa, Sigur Ros y Seu Jorge, creen que la batalla puede serles adversa. Lo que ellos no saben es que la verdadera batalla, ésa que no vamos a perder nosotros los renegados musicales, no se librará en el valle de Coachella, sino en la delegación Tlalpan.
Por cuestiones de seguridad del movimiento, tengo prohibido hablar de ciertos eventos. Pero haré una excepción esperando que en el e-lectorado haya compañeros de lucha que quieran levantar el movimiento. Del 28 de abril al 21 de mayo se celebra en la delegación Tlalpan la tercera edición del Festival Ollinkan, que reúne a artistas de más de 15 paÃses. El evento no ha sido muy difundido; yo los conmino, compañeros, a comenzar una gesta en pro de nuestra Rebelión®; los invito a organizarnos (como ya saben) para armar idas recurrentes a los distintos espacios que colmarán de música este mes. Nosotros que somos pobres y no podemos ir a Coachella (aunque nos rasguemos las vestiduras, como servidor), vayamos pues a un mes de música internacionalÃsima. Músicos de Ghana, Mali, Costa de Marfil, Uruguay, Argentina, Honduras, Marruecos, Argelia, Francia, Italia, España, México (bandas de rock indÃgena, por ejemplo) y muchos terruños más se presentarán en escenarios, casi todos ellos, gratuitos. Esto es imperdible, por la lucha, pero sobre todo por el placer.
Asà que, sin decir más, firmo con el slogan de nuestro movimiento: “play that funky music, white boy!�. Y, a la más pura usanza de Jerry McGuire, “who’s comin’ with me?�.
