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la rebelión®

Abril 28th, 2006
Supongo que todo empezó en marzo del 2000, cuando recuerdo haber pensado por primera y definitiva vez que el disco de Santana (donde cantaba alevosamente con Rob Thomas, de quien, por otra parte, soy fan-a-medio-salir-del-clóset) empezaba a aburrirme. Supongo que sí comenzó ahí; lo cierto es que desde entonces comenzó una caída en picada, con tímido pero contundente coeficiente de fricción, hacia la constante insatisfacción musical y mi consecuente unión a la Rebelión®.

Lo que comenzó en aquel oscuro marzo con una confesión a mis amigos en el patio de la prepa, un modestísimo “como que ya choteó, ¿no?�, se fue complicando en proporciones grotescas que, a la postre, desencadenaron una hecatombe. Lo cierto es que no comencé a temer por el exilio o la tortura sino hasta bien entrado el 2001. Era una reunión de amigos de la secundaria, donde, como es inevitable, comenzó a revolotear el asunto de los cambios generacionales y la vejez que ya alcanzábamos a vislumbrar en un futuro y que intentábamos combatir con madurez recién brotada. Mientras Agustín recordaba aquéllos tiempos de Wallflowers y Gabriel se atrevía incluso a meter el brazo hasta Aerosmith, alguien quiso sopesar nuestros embrujos artificiales recordándonos que los tiempos más modernos también traían consigo cosas buenas, como los Strokes y la onda de garage neoyorkina. Todos asintieron con celeridad, bebieron lentamente, y pidieron una del “Is this it�. En aquel azul momento no tuve más remedio que recordar otra tarde, cuando en nueveochentaycinco escuché por primera vez “Last Night�, sin poder evitar el impulso de delinear en mi auto el gesto de la indolencia; “esta-rola-me-mata-de-la-hueva�. Lo dije así, en voz alta, y en la completa soledad de mi auto. La mala idea fue repetir la voz-alta en la reunión: mis amigos, que seguían asintiendo a borbotones por las bondades de la nueva escena neoyorkina, me cayeron a trotazos sin mediaciones. Ahí fue donde acabó mi amistad con casi todos los de la secu, etapa de la cual sólo conservo, felizmente, a JC, ahora también compañero de la Rebelión®.

Desde entonces nada es lo mismo. Cada vez más se me fueron cerrando puertas tan solo pronunciar un “el nuevo disco de Fobia no está tan bueno�. Los clamores, por otra parte, se fueron haciendo cada vez más ensordecedores e irracionales. Si bien el segundo episodio no fue tan dramático (en octubre del 2002, después de dos años de incondicional fanatismo a Coldplay, me percaté de que su segundo disco se había convertido en música ambiental y de fondo en comerciales de toallas femeninas. Ante la segregación sistematizada a través de un producto que, a todas luces, no uso ni nunca voy a usar [aunque a veces sea medio reglosito], tomé cierta distancia de los Chris Martin’s y sus quinceañeras fans), el último fue definitivo: el asiduo y co-dependiente e-lectorado de este blog conoce (o debería conocer) a la perfección los atentados perpetrados por los fundamentalistas del reggaetón y los derechistas del pop noventero, que no me han dejado más remedio que exiliarme de la vida musical y buscar alternativas para conseguir legitimación para mis rarísimos gustos musicales. O sea: unirme a la Rebelión®, de la cual no puedo hablar mucho por cuestiones de seguridad (y de conservación de imagen).

Evidentemente, esta situación me tiene relegado a una posición nomádica muy incómoda. Porque una cosa es ser nómada de cuerpo – lo cual es relativamente fácil ya que sólo implica mover medio centenar de kilos por territorios generalmente establecidos sobre dura tierra y mudar las escasas pertenencias y deslindarse continuamente de territorios queridos – y otra es ser un nómada espiritual como yo, que no me puedo bastar con mover el cuerpo: lo difícil de la situación que me apresa es que hay que mover el alma por distintos recovecos históricos, rítmicos y territoriales que no siempre tienen proximidad más allá del capricho. Cuando uno pertenece a la Rebelión®, tiene que mudar de piel para no ser descubierto, coger el ajuar melódico, y llevarlo constantemente por nuevos horizontes musicales.

Afortunadamente, he encontrado refugios antibombas y buenos aliados, como Reverie Sound Revue, Sufjan Stevens, Pereza, Mattafix, In-Flight Safety y el espía en el lado popular de la fuerza, Death Cab for Cutie. Estamos en guerra: en distintos frentes se libra la batalla, a pesar de que la lucha, muchas veces, parezca perdida.

Este fin de semana se libra la batalla más grande de todas (el Waterloo de la escena musical): el Festival Musical de Coachella. Miles y miles de soldados y mercenarios de nuestro bando y los otros se batirán en California. Será, sin duda, un mercado de sangre lenticular. Las estrategias y los esfuerzos del bando enemigo estarán puestos allí, pensando que por ahí va la cosa. Típico: como ven a Matt Costa, Sigur Ros y Seu Jorge, creen que la batalla puede serles adversa. Lo que ellos no saben es que la verdadera batalla, ésa que no vamos a perder nosotros los renegados musicales, no se librará en el valle de Coachella, sino en la delegación Tlalpan.

Por cuestiones de seguridad del movimiento, tengo prohibido hablar de ciertos eventos. Pero haré una excepción esperando que en el e-lectorado haya compañeros de lucha que quieran levantar el movimiento. Del 28 de abril al 21 de mayo se celebra en la delegación Tlalpan la tercera edición del Festival Ollinkan, que reúne a artistas de más de 15 países. El evento no ha sido muy difundido; yo los conmino, compañeros, a comenzar una gesta en pro de nuestra Rebelión®; los invito a organizarnos (como ya saben) para armar idas recurrentes a los distintos espacios que colmarán de música este mes. Nosotros que somos pobres y no podemos ir a Coachella (aunque nos rasguemos las vestiduras, como servidor), vayamos pues a un mes de música internacionalísima. Músicos de Ghana, Mali, Costa de Marfil, Uruguay, Argentina, Honduras, Marruecos, Argelia, Francia, Italia, España, México (bandas de rock indígena, por ejemplo) y muchos terruños más se presentarán en escenarios, casi todos ellos, gratuitos. Esto es imperdible, por la lucha, pero sobre todo por el placer.

Así que, sin decir más, firmo con el slogan de nuestro movimiento: “play that funky music, white boy!�. Y, a la más pura usanza de Jerry McGuire, “who’s comin’ with me?�.

fan mail

Abril 27th, 2006
Con respecto a la posible llegada al poder de cierto candidato que no me cae bien, Don Mame pregunta:

¿cuál seria la condición distintiva que lo hiciera partir de nuestra patria, si el peloncito, chaparrito de lentes llegara a ocupar la grande?

Y Feben responde:

¡¿Yo?! (disimulado sonrojo) ¿de verdad cree que yo podría “ocupar la grande”? Bueh: si el peloncito-chaparrito-de-lentes ocupa la presidencia, pues claro que no me voy… ¿para qué irme del país que voy a gobernar?

(sí, sí, ya sé: duh!)

último post político-político de Feben™

Abril 24th, 2006
1. Dejé de creer en la política. Eso, más que una declaración que pugne por convertirme en héroe-romántico-descreido-que-opta-por-exacerbado-hippismo, me hace caer, irremediablemente, dentro de la apabullante mayoría de mexicanos que han dejado de creer en discursos, imágenes, promesas y cebollazos. Lo sé. Pero cuando digo que “dejé de creer en la política�, no lo hago como madre que dice “haz lo que quieras� esperando a que sus vástagos hagan lo que ella quiere. No: lo hago con pleno conocimiento de causa y, sobre todo, con la intención de ser completamente coherente. Es decir: para mí, dejar de creer en la política implica dejar de jugar a la política, lo cual no es otra cosa que dejar de hablar de ella.

2. La razón, muy sencilla: la política es capaz de convertir todo lo que somos como seres humanos en discurso, consecuentemente en baba de perico, y, finalmente, en mentira. Como repetir la palabra lápiz muchas veces: en algún momento deja de tener sentido, y de pronto te encuentras repitiendo un vocablo vacío como si estuvieras en el suelo pidiendo clemencia. Libertad™, Derechos™, Voto™, Electorado™, Oportunidades™, Progreso™: todo ellos, términos que, de pronto, no tienen ningún sentido más allá del discurso en que se insertan. Suenan bien, pero no significan un carajo. Es como si la política hubiese hecho, en un tristísimo principio, un juego de poesía dadaísta. Pero chafa.

3. No puedo evitar, a modo de réquiem por una fe, dejar claras mis tendencias, hasta ahora profesadas y nunca más llevadas a cabo. Primero, tengo que decir, por ejemplo, que lo verdaderamente grotesco de la política mexicana es que está regida, como en ninguna otra parte del mundo, por los medios de comunicación. Véanlo así: si los medios deciden de pronto no volver a transmitir ninguna información relacionada con un candidato, el candidato está perdido.

4. Lo que más me molesta es que las cosas pierdan dimensión. Me molesta que la libertad de expresión sea un tema que alborote hormonas siendo que, como decía Kierkegaard, “¡Qué absurdos son los hombres! Nunca usan las libertades que tienen, y piden las que no tienen. Tienen libertad de pensamiento y piden libertad de expresión”. La libertad es un derecho, pero también es un valor: somos capaces de reconocer más o menos libertad de acuerdo a los parámetros previos que organicemos a su alrededor. Ahora bien: ¿es cosa de pelear por la libertad de expresión de los medios masivos de comunicación, o por la nuestra, la cual implicaría deslindarnos por completo de ellos? Ya saltará el romántico: no se puede lidiar por la libertad propia sin hacerlo por las libertades ajenas. Pues sí, Che Guevara: la cosa es que si la lucha por las libertades no es recíproca, se vuelve una esclavitud disfrazada. La libertad, pues, implica dos cuestiones básicas: emancipación y poder. Claro: autonomía, soberanía, y esas cosas; no te hagas bolas: todas ellas se remiten a emancipación y poder. Si la libertad pierde cualquiera de esas dos dimensiones se convierte en cualquiera de dos cosas: o chaqueta mental, o paja mental. Finalmente, no importa: porque con eso de que la-verdad-nos-hará-libres, todos quedamos en notable desventaja, y bajo el argumento de que la verdad navega en solitario y sin mucha gente que pueda notarla, más bien estamos perdidos y la libertad se queda en juegos de demagogia o en apelaciones medio rebuscadas a algún existencialista buena onda.

5. Hablando de deformaciones profesionales, hay que pensar en manos de quién está el país. No: no la mejor gente de la UNAM, no la que se creyó eso de que por la raza (¿cuál raza?, se preguntan) hablará el espíritu (¿acaso el de las navidades pasadas?); no lo mejor del TEC, que puede adecuar tecnologías a necesidades humanas, sino la que puede adecuar humanidades a máquinas de producción; no lo mejor del ITAM, que entiende procesos económicos, sino itamitas de poca monta que creen en lo más profundo que lo mejor para acabar con la pobreza es matar a sus agentes; no lo mejor de la Ibero, que tiene fuertes raíces humanistas, sino los que piensan que el futuro está en la demagogia; no lo mejor de la Anáhuac, ni de la UAM, ni de la UP, ni de cualquier otra universidad, instituto o tecnológico, que sin duda educarán gente de calidad. Por juegos que quizá tienen que ver con ficciones, siempre queda en la política lo peor de cada esfera. Fundamentalistas del capitalismo, reaccionarios irracionales del socialismo, golosos de la retórica: sencillamente, lo peor. Y triste, porque con toda certeza hay gente que tiene mejor propuesta.

6. Los jóvenes nos formamos en este contexto, y lo tomamos en serio. Creemos en la estabilidad mediocre. Creemos en la discusión retórica (como este mismo post), en el rollo, y, al final del camino, no nos involucramos.

7. Y parece que en este país la vía ya no es política. Ni tecnológica. ¿Económica? Difícilmente. La vía cultural está perdida desde hace siglos, y ni hablar de la social, que, primero, necesitaría de siglos de recapitulación histórica, actos de contrición y, prácticamente, una epifanía. Yo (, un pobre comunicólogo que nada sabe de la vida y sus placeres, SOBRE TODO de sus placeres) me atrevo a decir que algo de solución hay en la capacidad de narración, y, sí, en la expresión. Pero es algo que no he estructurado bien y que apenas comienzo a indagar.

8. Así que este su probe blog se desentiende, a partir de ahora, de los juegos políticos que están ocurriendo justo ahora. Ojo: no por ello se desentiende de las temáticas que giran en torno a ella, ni por ello se desentiende la información – de la otra información y comunicación.

9. No puedo irme sin decir, así en concretito, mis opiniones y predicciones.

De Felipe Calderón creo que es un chico mimado, y afortunado, que ahora tiene el capricho de ser presidente. Me molestan muchas de sus declaraciones (“mejor conviertan sus parcelas en campos de golf�, les dice a campesinos de Oaxaca), su política económica (que ha construido [jaja] bajo la premisa de que el modelo económico va a levantar solito: eso, pendejo, sigue firmando tratados; a ver si ya prontito vendes a tu hermana, o la regalas), y, sin duda, sus cobardes modos de “hacer política� en los medios.

De AMLO creo que sólo leyó dos libros en su vida: Mein Kampf y El Capital, y desde entonces piensa que por ahí va la cosa. Alguien le dijo que podía ser un gran presidente, y lo creyó. No es cierto: tiene demasiados bríos y muy pocos huevos. Me molesta su actitud “reaccionaria� combinada con modos autoritarios, y, no, para nada me provoca confianza. Su política económica me parece digna de un mal cuento de Dickens, me molesta que tenga carisma y le haga creer a la banda eso de “somos pobres�, sobre todo porque a como están las cosas, se lo van a creer en un tris. Por supuesto me molesta muchísimo su actitud mesiánica y sus modos con los medios.

De Madrazo creo que es un gángster. Y ya.

De Campa no opino porque no lo conozco; sólo vale decir que su vena priísta no me prende en lo más mínimo.

De Paty Mercado, que tiene grandes ideas (y, por desgracia, un mal partido), que votaría por ella sin problemas y que me parece una alternativa interesante. No creo que gane; este certeza, sin embargo, no determina mi voto, porque creo que los cambios pasan cuando uno cree que pueden pasar.

Lo que creo es que si las cosas siguen como van, el que se va a llevar la chuleta es Calderón. Mi tripa me dice que va a ganar el Peje y que, afortunado yo, ya tendré amigos que visitar en mogollón de países del primer mundo. Anticipo: así como todo mundo dice que su exilio llegaría con la victoria del Peje, el mío vendría con el advenimiento de Calderón, por una razón sencillísima: siempre me he sentido más parte de América Latina que del bloque (sic) Norteamericano.

10. Así que, de ser blanquiazul el futuro de este país, les invito un mate. De ser amarillo el futuro de este país, no les invitaré nada, porque no tendré dinero. De ser tricolor, nos vemos en el infierno.

are ideas really bulletproof?

Abril 20th, 2006
Hoy, por primera vez en seis años, me sentí, de alguna forma muy romántica, reprimido en la Ibero.

Compañeros del subsistema de publicidad aplicaron una encuesta, por demás hip y en perfecto timing, sobre las preferencias políticas de los estudiantes de Comunicación. La encuesta, en lo general, estaba muy bien trazada; salvo algunas preguntas de cultura general que salían sobrando, la herramienta estaba bien aplicada y dirigida. Al final de la misma, aparecía un Simulacro de Voto™: aparecían los Seis Apocalípticos Cuadros del 2 de Julio®, con sendos nombrezotes y partidos, a excepción del último, que presentaba un raquítico “Otro candidato. Especificar�. Sobraría decir que al verme frente a tal situación, me sentí poco menos que una marioneta con hilos rotos, y que no tuve más remedio que proyectar ese trágico momento al momento final de la decisión última. Confieso que, después de largos minutos de somera reflexión, opté por Patricia Mercado.

El camarada que dirigía la encuesta vestía de jeans deslavados en-onda, sweater deportivo en-onda y zapatos igualmente deportivos y todavía más en-onda. En cuanto recibía una encuesta respondida, dirigía su mirada y juicio a la última parte, donde en muchísimas encuestas aparecía tachado el nombre de Felipe Calderón. Cada que recibía una chicharra favorable al blanquiazul, el moderador lanzaba vítores desenfrenados y golosos al aire. Subía los pulgares en automático, daba dos o tres pasos de tap, y volvía, con una sonrisa grotesca, a su posición original. Eso sucedió varias veces, con parcos intermedios protagonizados por dos encuestas respondidas con un rotundo “NO SÉ�, ante los cuales el comparsa respondía con oprobios y cuestionamientos medianamente agresivos: “¿Por qué no sabes? ¿Sabías que tu decisión es importante? ¡Decide y vota por Calderón!�.

Cuando entregué mi encuesta, fui sincero: su actitud me había, con todas las implicaciones posibles, mascado el palo hasta la médula. De inmediato volteó mi encuesta, detectó mi respuesta (que estaba aderezada por un “PRD� en el apartado de “segunda opción�) e increpó: “bueno, si lo que quieres es ser poquitero…�.

Poquitero. Poquitero por no votar por alguien que escuda su falta de ánimo y propuesta en injurias (fundamentadas o no) a otro candidato. Poquitero por no querer optar por alguien que no hará de este país más que un status quo insoportable. Por no querer votar por la estabilidad fallida, ni por los discursos paranoides, ni por los ideales de “Integración Norteamericana� que a mí más bien me suenan a sometimiento muy a la moda, muy al estilo de la Ley Televisa (sin reclamos, cuotas ni cuestionamientos: un sometimiento ahuevado, resignado y cobarde). Por no querer votar por mi status, ni por mis beneficios. Por no querer votar, pues por una comunidad culpable, que a mí más bien me suena a acto de contrición metido en una caja de miedo.

Es cierto que no puedo (ni quiero) votar por expresiones demasiado idealistas que ofrezcan subsidios anticuados y revoluciones enmarcadas por un muro, como propone el Peje. Pero tampoco puedo (ni quiero) votar por un índice eternamente comprometido con las variaciones inconvenientes. No puedo comprender cómo es “menos peor� alguien que no se atreva a hablar de sexo con sus hijos, que esquive con tal maestría el aborto y que pretenda, por todos los medios, disfrazar el abstencionismo bien intencionado con un ajuar de “Integración� y “Honestidad�. No por alguien que ha tenido la suerte suficiente como para recibir, así, totalmente gratis, expresiones de apoyo vía mail, páginas de organizaciones que pugnan “por todos menos por AMLO� y noticias escandalosas que, por todos lados, nos dejan pensar que necesitamos de un gobierno estable en la mediocridad.

“V for Vendetta�: además de grandes aportes y sentimientos de libertad expansiva, recuerdo una parte. Cuando el gobierno estaba a punto de colapsar por culpa de los ácidos sociales que se desprendían de la laca con la que los niños pintaban “V� en las calles, el dictador da a sus asesores una orden: “recuérdenles lo mucho que nos necesitan. Saquen noticias de desastres naturales, enfermedades, desestabilizad económica mundial�. Cosa casi idéntica es recordar lo peligroso que es pensar fuera de la tapa: lo catastrófico que sería dejar de votar por FECAL.

Monsiváis decía que los ideales de la Generación X no echaron raíz en América Latina por el hecho de que aquí la frustración existencial no se debe tanto al aburrimiento como a la carencia. Yo lo complementaría: la Generación X no pegó en México porque la gente que podía haber cuestionado un sistema de injusticias, omisiones y obviedades, que pudo haber optado por no optar, que pudo haber dejado en claro el malfuncionamiento de las cosas, está demasiado cómoda y tiene demasiado miedo.

Dicen que votar por AMLO es votar por Chávez (lo cual es falso) y que votar por FECAL es votar por Aznar (lo cual es menos falso, pero, igualmente, no-cierto). Yo diría (y esto sí es cierto, ciertísimo) que votar por FECAL sería votar por Berlusconi (quien, por cierto, perdió las elecciones en Italia y está armando unos berrinches que pa’ qué les cuento) y votar por AMLO sería votar por Evo Morales (quien ya tuvo su primer bache, articulado, curiosamente, por mineros).

En fin: por un lado, less IS an option; por otro, ideas are bulletproof (aunque no sean manada-proof).

que suene la explosión

Abril 18th, 2006
Cada vez que visito El Botho me resulta inevitable imaginar de forma recurrente el Fin del Mundo™; lo cual, por otra parte, no tiene que ver con Pedro Páramo tanto como podría pensarse. Es decir: El Botho sí mantiene una siniestra semejanza con el cliché (recitado tantas veces y con tantos decibeles de folclor, que ya hasta parece que se cambia por dos taparroscas de Pascual y tres varos en la tiendita) de la Media Luna trazada en el valle entre los montes, la otra luna, descolgada por la alta tarde de cielo medio kitsch, los parajes insoportablemente polvosos, y el silente ejército de muertos-mucho-menos-divertidos-que-los-que-pululan-por-el-Regreso-de-los-Muertos-Vivientes-con-todo-y-vómito-caliente; con el cliché, pues, de la post revolución estacionaria, paranoide y francamente aburrida de tanto tono sepia, medio atorada en el sistema de trueque político-playeril. También tiene esa dimensión romántica de la emancipación, el buen salvaje, brave-new-world y esas cosas. Sin embargo, eso de imaginar recurrentemente el Fin del Mundo™ cuando visito El Botho tampoco tiene mucho que ver con la idea decimonónica de la Tierra Cucaracha®, pura y simple, que sobrevive por encima de la corrupción, los ideales escritos con mayúscula y un Occidente cagado en los calzones después de cruzar el Atlántico o el Bravo. Vaya: si el pensamiento y hasta el trazo pueril del Fin del Mundo™ suele presentarse con mayor berrinche cuando voy a El Botho, no es por otra cosa que por la omisión: sencillamente, después de seis años no he encontrado la manera de imaginar un Fin del Mundo™ en el que se contemple la ruidosa destrucción de una comunidad de poco más de sesenta personas.

Supongo que tiene lógica. Finalmente, el Fin del Mundo™, igual que los Oscares, las Mundiales, las pizzerías, los anuncios de Telcel, King Kong y las encuestas ciudadanas, igual, pues, que las cosas importantes-de-verdad, debe ocurrir en un centro urbano. En un primer escenario, que los expertos han denominado “La Experiencia Sushi� o “La Paja de Dag�, el mundo se termina con una explosión descomunal. ¿Dónde se imagina uno que estará en el momento de la explosión? Pues en un centro comercial, formado en la cola para pagar un ostentoso abrelatas, o recogiendo a los niños del kinder. Una cosa es cierta: la bomba (o el meteorito, que suele concebirse como una bomba enviada por el mismo dios) debe sortear rascacielos, debe hacer evidente su malvada grandilocuencia convirtiendo las calles en chapopote. Las miradas angustiadas han de dirigirse en una ridícula cámara lenta hacia la grosera cauda del artefacto. Y los protagonistas de la historia (con todo y su vómito caliente), por alguna razón, deben estar viviendo el Momento más Feliz de su Vida™. Yo siempre he pensado que, si el Fin del Mundo™ es así, voy a estar viendo la bomba caer desde el quinto piso de un edificio, completamente solo, sin suficiente crédito en mi celular para hacer la única llamada que querré hacer.

¿Cuándo se ha visto, pues, a Godzilla devorando magueyes? ¿Cuándo a los cascos azules refugiando gente en un ojo de agua? ¿Cuándo al Big Brother observando a través de la cruz de una capilla o siquiera a un Mersault atolondrado escondido detrás de una tímida cactácea? No: la redención y el juicio, los monstruos cabezones y las máscaras de gas están reservados para el selecto grupo que entiende como es debido el valor de las banquetas.

Pero nada de berrinches: ése es el costo de la fama. Porque si algo queda claro, es que si cualquiera de nosotros tuviéramos las posibilidades de narrar el evento de la Historia (mismo que la gente, cachetona o no, lleva más de cincuenta siglos esperando con impaciencia loca), lo haríamos sin chistar. No pensaríamos nada antes de elegir como medio la TV. Mucho menos consideraríamos el peso de la cámara o el costo de los spots publicitarios, y ni que decir de la (entonces despreciable) ética periodística. Estaremos transmitiendo el evento más importante de la historia, con todos sus insectos enormes, sus bombas biológicas y sus gritos en francés. Raiting, baby, is power. Necesitaremos medios de insultante envergadura; transmisores del tamaño del ego de Salinas Pliego; antenas tan altas que alcancen a tocar las ganancias de Azcárraga; sistemas digitales de difusión que multipliquen la información tan velozmente como se van multiplicando los ceros en la cuenta de Slim. End-of-world-is-comin’-to-town; y nosotros sabemos usar el metro, y nosotros, educados por la Nana Tele, crecimos insertando bloques comerciales en los partidos de fut del recreo. Nosotros sabemos y podemos transmitir el Fin del Mundo™ a cabalidad. Aunque estemos en el centro comercial o en la fila del súper; nosotros ya vivimos 1984, y lo sobrevivimos, a pesar de MTV.

Por eso el Fin del Mundo™ no podría ser en El Botho. Porque allá no tienen un Periférico Sur en el cual se puedan cruzar casualmente a Niurka. No hay edificios enormes que caigan estrepitosamente sobre los autos. No hay metro donde esconderse. Por eso el Fin del Mundo™ va a estar cubierto por López Dóriga: así es como las cosas funcionan, es el mejor mundo de todos los posibles. Y es lógico: como el Fin del Mundo™ no tiene forma de ocurrir en El Botho, tampoco tiene mucho sentido que en El Botho existan medios de comunicación; no tiene sentido Radio Mezquital ni Radio Ñhañhu. Por eso, me imagino, la Suprema Corte aprobó con pocos cebollazas la Ley Televisa. Ellos tienen los medios y conocen la lógica del mercado: deben tener razón.

Claxon™ y su orgulloso presidente, Ruy Feben™, se manifiestan furiosamente en contra de la Ley televisa, que no tiene otro nombre y que no puede ser considerada como otra cosa que un serio peligro para la producción mediática del país. A través de un pequeño cuento hemos expresado esta opinión; ofrecemos disculpas a aquéllos que no entiendan la narración. El cuento es, queremos pensar, una muestra de lo que debe pasar desde ahora: los únicos medios que conservamos como posibilidad de expresión sin la ataduras, como expresión más allá del lucro, son éstos: usémolos. Este cuento, como muestra, es, quizá, estúpida: de nada sirve tirar rollo sin repercusiones. La comunidad de Claxon™ invita al amable e-lectorado a unirse a una campaña contra Televisa el próximo 27 de abril, no consumiendo programas transmitidos por cualquiera de los canales del Imperio Mediático Mexicano durante toda esa jornada. Algo se puede hacer.