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que suene la explosión

Cada vez que visito El Botho me resulta inevitable imaginar de forma recurrente el Fin del Mundo™; lo cual, por otra parte, no tiene que ver con Pedro Páramo tanto como podría pensarse. Es decir: El Botho sí mantiene una siniestra semejanza con el cliché (recitado tantas veces y con tantos decibeles de folclor, que ya hasta parece que se cambia por dos taparroscas de Pascual y tres varos en la tiendita) de la Media Luna trazada en el valle entre los montes, la otra luna, descolgada por la alta tarde de cielo medio kitsch, los parajes insoportablemente polvosos, y el silente ejército de muertos-mucho-menos-divertidos-que-los-que-pululan-por-el-Regreso-de-los-Muertos-Vivientes-con-todo-y-vómito-caliente; con el cliché, pues, de la post revolución estacionaria, paranoide y francamente aburrida de tanto tono sepia, medio atorada en el sistema de trueque político-playeril. También tiene esa dimensión romántica de la emancipación, el buen salvaje, brave-new-world y esas cosas. Sin embargo, eso de imaginar recurrentemente el Fin del Mundo™ cuando visito El Botho tampoco tiene mucho que ver con la idea decimonónica de la Tierra Cucaracha®, pura y simple, que sobrevive por encima de la corrupción, los ideales escritos con mayúscula y un Occidente cagado en los calzones después de cruzar el Atlántico o el Bravo. Vaya: si el pensamiento y hasta el trazo pueril del Fin del Mundo™ suele presentarse con mayor berrinche cuando voy a El Botho, no es por otra cosa que por la omisión: sencillamente, después de seis años no he encontrado la manera de imaginar un Fin del Mundo™ en el que se contemple la ruidosa destrucción de una comunidad de poco más de sesenta personas.

Supongo que tiene lógica. Finalmente, el Fin del Mundo™, igual que los Oscares, las Mundiales, las pizzerías, los anuncios de Telcel, King Kong y las encuestas ciudadanas, igual, pues, que las cosas importantes-de-verdad, debe ocurrir en un centro urbano. En un primer escenario, que los expertos han denominado “La Experiencia Sushi� o “La Paja de Dag�, el mundo se termina con una explosión descomunal. ¿Dónde se imagina uno que estará en el momento de la explosión? Pues en un centro comercial, formado en la cola para pagar un ostentoso abrelatas, o recogiendo a los niños del kinder. Una cosa es cierta: la bomba (o el meteorito, que suele concebirse como una bomba enviada por el mismo dios) debe sortear rascacielos, debe hacer evidente su malvada grandilocuencia convirtiendo las calles en chapopote. Las miradas angustiadas han de dirigirse en una ridícula cámara lenta hacia la grosera cauda del artefacto. Y los protagonistas de la historia (con todo y su vómito caliente), por alguna razón, deben estar viviendo el Momento más Feliz de su Vida™. Yo siempre he pensado que, si el Fin del Mundo™ es así, voy a estar viendo la bomba caer desde el quinto piso de un edificio, completamente solo, sin suficiente crédito en mi celular para hacer la única llamada que querré hacer.

¿Cuándo se ha visto, pues, a Godzilla devorando magueyes? ¿Cuándo a los cascos azules refugiando gente en un ojo de agua? ¿Cuándo al Big Brother observando a través de la cruz de una capilla o siquiera a un Mersault atolondrado escondido detrás de una tímida cactácea? No: la redención y el juicio, los monstruos cabezones y las máscaras de gas están reservados para el selecto grupo que entiende como es debido el valor de las banquetas.

Pero nada de berrinches: ése es el costo de la fama. Porque si algo queda claro, es que si cualquiera de nosotros tuviéramos las posibilidades de narrar el evento de la Historia (mismo que la gente, cachetona o no, lleva más de cincuenta siglos esperando con impaciencia loca), lo haríamos sin chistar. No pensaríamos nada antes de elegir como medio la TV. Mucho menos consideraríamos el peso de la cámara o el costo de los spots publicitarios, y ni que decir de la (entonces despreciable) ética periodística. Estaremos transmitiendo el evento más importante de la historia, con todos sus insectos enormes, sus bombas biológicas y sus gritos en francés. Raiting, baby, is power. Necesitaremos medios de insultante envergadura; transmisores del tamaño del ego de Salinas Pliego; antenas tan altas que alcancen a tocar las ganancias de Azcárraga; sistemas digitales de difusión que multipliquen la información tan velozmente como se van multiplicando los ceros en la cuenta de Slim. End-of-world-is-comin’-to-town; y nosotros sabemos usar el metro, y nosotros, educados por la Nana Tele, crecimos insertando bloques comerciales en los partidos de fut del recreo. Nosotros sabemos y podemos transmitir el Fin del Mundo™ a cabalidad. Aunque estemos en el centro comercial o en la fila del súper; nosotros ya vivimos 1984, y lo sobrevivimos, a pesar de MTV.

Por eso el Fin del Mundo™ no podría ser en El Botho. Porque allá no tienen un Periférico Sur en el cual se puedan cruzar casualmente a Niurka. No hay edificios enormes que caigan estrepitosamente sobre los autos. No hay metro donde esconderse. Por eso el Fin del Mundo™ va a estar cubierto por López Dóriga: así es como las cosas funcionan, es el mejor mundo de todos los posibles. Y es lógico: como el Fin del Mundo™ no tiene forma de ocurrir en El Botho, tampoco tiene mucho sentido que en El Botho existan medios de comunicación; no tiene sentido Radio Mezquital ni Radio Ñhañhu. Por eso, me imagino, la Suprema Corte aprobó con pocos cebollazas la Ley Televisa. Ellos tienen los medios y conocen la lógica del mercado: deben tener razón.

Claxon™ y su orgulloso presidente, Ruy Feben™, se manifiestan furiosamente en contra de la Ley televisa, que no tiene otro nombre y que no puede ser considerada como otra cosa que un serio peligro para la producción mediática del país. A través de un pequeño cuento hemos expresado esta opinión; ofrecemos disculpas a aquéllos que no entiendan la narración. El cuento es, queremos pensar, una muestra de lo que debe pasar desde ahora: los únicos medios que conservamos como posibilidad de expresión sin la ataduras, como expresión más allá del lucro, son éstos: usémolos. Este cuento, como muestra, es, quizá, estúpida: de nada sirve tirar rollo sin repercusiones. La comunidad de Claxon™ invita al amable e-lectorado a unirse a una campaña contra Televisa el próximo 27 de abril, no consumiendo programas transmitidos por cualquiera de los canales del Imperio Mediático Mexicano durante toda esa jornada. Algo se puede hacer.

6 Responses to “que suene la explosión”

  1. zukkaritaz Says:

    Dr.

    En general no consumo nada de la Televisión de Televisa, así que cuenteme dentro de los asistentes del próximo 27 de abril.

    salu2.

  2. Ibelin no Balian Says:

    Muy interesante tu reflexión acerca de la forma de pensar de los magnates de los medios (el fin del mundo o cualquier evento importante no puede ocurrir en un lugar como el Botho, ni puede ser transmitido por la gente que vive allí), y con gusto me sumare a tu boicot en contra de la ley Televisa; de hecho tiene años que no veo ningún programa de Taravisa, ni de Televisión Nacazteca. Avisale también al Terrible Funk, seguro el también se apunta.

  3. El Terrible Funk Says:

    Jajaja, pero desde luego que si me apunto… porque yo ya no veo nada de esas dos grandes prostitutas (TV azteca y Televisa, no el Senado y los diputados).
    Es más ese día solo se debría ver canal 11 o el 22… ni siquera cable.
    Me uno a su furioso sentimiento mi estimado Feben.
    Me uno al coraje que lo invade ver como desaparecen las radios comunitarias y las concesionadas.

  4. Roflo Says:

    Cuando enciendo la tele; que de por si no es muy frecuente, típicamente es para una de las dos siguientes:

    * Ver a Los Simpson
    * Cambiarle a “Line-in” y ver un DVD

    Supongo que con eso ya estoy adentro del compló/campaña, no?
    Bien, ya somos 4 asistentes.

    La TV y yo tenemos un serio problema.
    La cosa es que me atrae.
    Es algo casi mágico… estupidizantemente mágico.
    Puede haber una TV encendida; y asi tenga pura estática, no puedo evitar voltear a verla.

    Por eso, hace como 7 años, en una de tantas mudanzas que tuve, dejé a la tele.. me mudé sin ella. Si. La abandoné. La señora de la casa vieja se extrañó, y me preguntó repetidas veces si estaba yo seguro que no me la quería llevar.

    Viví feliz sin TV como por 2 años. Pero un buen día, mi madre me prestó una tele chiquita de 15*15cm. Era genial, porque para ver películas (acabé comprándome una videocasetera VHS) me sentaba cerca; pero el resto del tiempo, colocaba la diminuta tele a varios metros de distancia.
    Por supuesto que no se veía nada; pero yo me burlaba de la tele, porque sus intentos de dominarme a esa distancia eran absurdos.

    Ha sido una guerra silenciosa, pero ahora ya nos cansamos. Nos respetamos, sabemos que a veces tenemos necesidad uno del otro, pero nos guardamos la distancia.

    De todos modos, procuro no ver ni a Televisa ni a TvAzteca.
    Este 27 de abril, gustosamente leeré un libro.

  5. MaJaDeRiA Says:

    sirve si me le uno a la causa, nada mas por que no veo desde que estoy aca nada de Tv “nacional”??. Es decir, si no es por las series de Tv gringa que sigo con cierta paciencia, no veo nada mas de Tv.

    Osea, que podria decir que son 5 los que ya se le pegaron al plan de no ver tv. (aunque igual no la iban a ver)

  6. Anonymous Says:

    Viva el Botho, y viva el valle del Mezquital. Sus Alrededores y su Diputado Migrante, ese sí es de los buenos, si no pregunten en el< Botho.

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