El e-lector atento notará sin ningún problema que el siguiente texto se tuvo que haber dado tal y como fue. Créanme, no habÃa escapatoria, por más que los tres asistentes al suceso lo evitamos en mayor o menor medida, y a pesar de que tratamos de desviar la conversación hacia derroteros más amables y cotidianos: que si la escuela, que si la música y los fresas de la Condesa. Pero no: sencillamente, y dada la disposición del ambiente, con todo y música chillout-rock, esa conversación estaba sentada desde antes de siquiera pensarla.
Oquei, ávido e-lector, le tomo de la mano para que entienda: no hay que ser Sherlock Holmes ni Scooby Doo (ni siquiera Dan Brown o Ford Maddox Ford) para darse cuenta de que si en una mesa de un bar de la Condesa hay una hondureña, una colombiana y un mexicano, escuchando música chillout-rock, lo más probable es que alguien termine hablando de América Latina. Sin escapatoria: porque bastará (como en este caso) que alguien hable de diferencias socio-culturales entre los jóvenes; o bastará (también como en este caso) con que alguien mencione algo sobre una novela que habla sobre la Revolución; será suficiente (otra vez, como en este mentado caso) que alguien lance, pues, la más Ãnfima de las piedras y chas. Lo cierto es que tampoco importa demasiado, porque si algo tenemos los latinoamericanos es eso de querer hablar de nuestra Región 4® tanto como podamos: finalmente, Borges, nuestro corregionario, nos enseñó eso de que “hay que pensar las cosas para después crearlasâ€?, y nosotros, que somos tan tremendamente bailadores y dicharacheros, no nos bastamos con pensar nuestro terruño, sino que llegamos al aberrante extremo de hablar de él. En BerlÃn o en Moscú estarÃamos muertos.
En fin; la cosa estaba dispuesta asÃ: la mesa, ubicada prácticamente en el fondo del bar, daba en su lado sur con la ventana, amplÃsima; en su lado oeste hacia el resto del bar; hacia su lado norte, con una mesa más bien apachurrada, que amenazaba todo el tiempo con caer de bruces sobre nosotros; del lado este, con una aburridÃsima mesa de hombres de corbata. La música, ya lo he dicho como tres veces, e-lector desmemoriado y querido, era chillout-rock. Los personajes, como siguen:
La Hondureña: apasionada creyente de la revolución, estudiante de mercadeo e hija de escritor de cuentos.
La Colombiana: estudiante de periodismo, más bien desencantada de los sueñitos ideológicos de antaño. CrÃtica mordaz del entorno socio cultural de la región.
El Mexicano: cabeza hueca funcional, conciliador en la medida de lo posible. Escritor, florecita-rockera y creyente de las conversaciones de café y el baile charanguero.
Suponga el lector que la conversación comenzó con una declaración febril por parte del mexicano, quien, por otra parte, tiene una enorme cabeza hueca que no le permite ver más allá del fondo del vaso de cerveza. Lo que acontece después de la declaración del Mexicano es más o menos asÃ:
- La Colombiana: … y entonces, marica, el colega quiere escribir no sé qué vaina sobre la revolución, ¿usté cree?
- La Hondureña: ¡Maje, me parece maravilloso! ¿Vos estás muy de acuerdo con la revolución?
- El Mexicano: Pues leve… hay muchas cosas que me cagan, pero bueh… más bien se trata de criticar la revolución, porque eso es lo que ha venido a chingarnos en América Latina.
El audaz e-lector, que seguramente ya habrá prevenido las implicaciones de inculpar a la Revolución™ de malestares como la United Fruit Company, la dictadura en todas sus vertientes, las abismales diferencias económicas, y demás vicisitudes padecidas por millones de latinoamericanos a lo largo de centurias, no pudo más que generar una debacle de proporciones, cuando menos, épicas. En realidad, lo que sigue es una conversación más o menos agitada, pero en buenos términos, que tocó las siguientes aristas:
a) Fidel no era tan cabrón como para volverse hijo de puta, pero tuvo suerte (y poder). De lo cual se desprende el primer axioma de la Colombiana: “el poder corrompe los corazones�.
b) Lo cual nos lleva al dilema caudillista de la vida: que si las figuras enormes, que si a la hora de las caÃdas de veinte (saberse con el poder de decidir por millones de personas), que si la corrupción y la vÃbora que se come la cola porque, ya hablando en serio, nunca vamos a poder salir de eso.
c) El statement Hondureño: estamos hartos.
d) ¿Hartos de qué?, pregunta el Mexicano, cabezota y con cigarrillo. Pues hartos de estar en ninguna parte.
e) Hay tres grandes temas en la América Latina de hoy: la seguridad pública, la seguridad social, y la seguridad económica. Los tres, por motivos que nadie acaba de entender, confluyen en la propiedad de la tierra. En realidad (disertación hondureño-mexicana) el problema es más psicológico que territorial: la cosa es que la Región 4® es un no-lugar, donde nadie, en absoluto, siente la mÃnima seguridad de nada.
f) ¿y por qué, si se tienen miles de millones de kilómetros cuadrados de territorio-bondadosÃsimo-con-harto-recurso-natural-y-mano-de-obra-y-las-culturas-y-la-diversidad-y-las-lÃneas-de-conga y la mamá del muerto (que acá se llama La Changada®), no tenemos un lugar (lugar, lugar, asÃ, pues, lugar como para estar y eso)? La respuesta es obvia (más cuando hay chillout-rock): porque todavÃa no somos nada.
SÃ, mire, precavido e-lector. Tomemos como estudio de caso las procedencias étnicas de los participantes de la debacle:
La Hondureña: no lo sabe a ciencia cierta, pero algo de negra ha de tener; lo cierto es que sà lo parece, a mucha honra. Sus padres son hondureños de cepa.
La Colombiana: hay que ir por pasos. Uno de sus abuelos es alemán. El otro es negro. Ella es lo que en México se denomina “güerita®â€?. Su familia, digámoslo asÃ, trabaja para instituciones oficiales de su paÃs.
El Mexicano: Su familia paterna es llegada de España durante la guerra civil, aunque por motivos distintos. Sencillamente, eran pobres. Su familia materna es de rancheros de Durango. No tiene antecedentes negros ni indÃgenas, que él sepa, aunque, haciendo recapitulación, sà debe tener algo.
La cosa es que los participantes de la tertulia provienen de orÃgenes muy distintos. La raza (y la realidad socio-económica-cultural), pues, no puede ser parámetro de comunidad.
Si tantos problemas con sabor a ceviche y arepa y choripan se provocan desde nuestro sur, ¿cómo es que pueden salir de ningún sitio? ¿Quiénes somos nosotros para armar tal alboroto con ritmo de reggaetón? ¿Quiénes somos los latinoamericanos?
g) Segundo axioma de la Colombiana: “Nos hacemos mejores personas en la diferencia�.
h) Lo cierto es que esa mesa, tal cual estaba dispuesta, era, quizá, la mejor de las respuestas. Conjugada con el segundo axioma de la Colombiana, no habÃa lugar a duda.
i) El Mexicano, en su único arranque de lucidez, dice la frase por la cual podrÃa pasar a la historia (si fuese a hacerlo): ser América latina es ser la diferencia y aprender a vivirla. Ser América Latina es ser un mundo donde hablen de tú europeos, chinos, gringos, nepaleses, bolivianos.
En algún momento, posterior a la conclusión, el Mexicano articulaba una frase errada: “si yo nacà en México es por error o mera coincidenciaâ€?. Errada: debió haber dicho: “si yo tengo raÃces étnicas españolas, es mera coincidenciaâ€?. Porque el Mexicano es Mexicano y de eso no cabe duda; de lo contrario, este texto serÃa inservible, y el avispado e-lector sà serÃa Sherlock Holmes.
No sorprenderá al estudiado e-lector que este pobre narrador haga alusión a Néstor GarcÃa Canclini. En algún momento, el autor (argentino) decÃa que la globalización tendrÃa un efecto cultural semejante al siguiente proceso: supongamos que hay cientos de cajas con arena de colores formando, en cada caja, la bandera de cada paÃs del mundo. Supongamos que en cada caja hay hormigas. Supongamos que las cajas se conectan y se deja vagar libremente a las hormigas, cargar granos de arena, etc. Las banderas, poco a poco, irÃan perdiendo su forma.
América Latina está llena, pues, de hormigas. Y esa es toda la diferencia: nuestro territorio y nuestro espacio es la diferencia.