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sudoku

Julio 31st, 2006
Admito que de todas las adicciones posibles, mi favorita es el juego. No sólo por ser una de las pocas que padezco a la fecha, sino por cuanto la sola idea del juego despierta en los corazones de sus obsesivos feligreses. Pero vamos por partes: todo el que padece una adicción sabe que uno en realidad jamás es adicto. Es decir: el que fuma no se admite como un adicto a la nicotina, sino como un fumador; el alcohólico (social o no) jamás se asumirá como tal: para el que bebe, su condición es un aderezo de las fiestas, y él, por un principio simplísimo del mimetismo, se convierte en el alma de la fiesta o en el pachangas honorario; el drogadicto nunca es tal: el que fuma mota o aspira coca o se inyecta hero, se asume como un espectador-juez de la realidad-imaginada-que-nos-rodea-pero-no-es-tal-maestro, casi en cuanto prueba el objeto de su adicción.

Lo que quiero decir es que vista desde dentro, una adicción jamás se entiende como tal: una adicción es para el adicto un estilo de vida. Monterroso decía (y decía bien) que los chaparros son capaces de reconocerse a la distancia y de convertirse en cómplices tan sólo intercambiar miradas. Lo mismo pasa con los adictos de todo tipo. Auque lleve horas sin encender un cigarrillo, el fumador siempre se delatará frente a sus colegas: será algo en su andar distraído, algo en el ansia de los dedos, o quizá la rebaba de la memoria corporal, que le hará asirlo todo con las puntas del índice y el medio derechos. Un fumador es incapaz de escapar de sí mismo: piensa con ansiosa tranquilidad, dibuja en el humo el trazo de sus pensamientos, camina con airada parsimonia en las tardes de ocio o de trabajo, bebe café. Lo mismo puede decirse de todo adicto, y, en general, de la sociedad que los rodea, que ya ha desarrollado mecanismos de búsqueda y de negociación con ellos: cuando un bebedor convive con sobrios, su entorno le abre un espacio a su sed y le permite funcionar como patiño, como broma o como mera diversión; al drogadicto se le permite pensar distinto sobre algunas cosas y generar una suerte de pensamiento rizomático indescifrable pero respetado.

Pero decía que mi adicción favorita es el juego. Primero, porque todos somos, en mayor o menor medida, adictos a jugar. Le debemos eso a Cortázar y al Rey Salomón, le debemos eso al juego de los instintos, a la supervivencia y a la necesidad de sentido. Pero además, si bien el jugador también se delata frente al resto de la sociedad, si bien jugar es un estilo de vida quizá mucho más aparatoso y necesario que el resto, si bien el juego invade instantáneamente todo rubro de la vida, esta adicción tiene una particularidad: la trampa. Y en el juego, la trampa no sólo contempla la posibilidad de omitir las reglas internas, sino la nada despreciable virtud (porque es eso: una virtud) de omitir el entorno del juego. Me explico: el fumador debe haber fumado; el drogadicto, el bebedor, el comedor de helados, el navegante de internet de altas deshoras y temperaturas; todos ellos, pobres, deben continuar con el objeto para poder considerarse adictos. El jugador no. El adicto al póquer puede haber dejado hace años la baraja, pero puede haber robado del juego sus reglas, para aplicarlas a otros rubros de la vida. “Mira, querida, creo que nuestra relación quizá ya no funciona. Hagamos esto: empecemos de nuevo, con una viuda al centro de la mesa�. ¿Se ha visto alguna vez un fumador que encienda un ramo de rosas para calmar su nervio? ¿Se ha visto un porno adicto que haga las compras en la oscuridad de su vergüenza? Jamás. Claro: los más adictos al juego podrán pensar que, si uno juega al poeta, fumar, beber, escribir, comer helado y mirar películas son actividades que bien pueden traducirse en un juego. Tienen razón, y podemos hacer conjeturas: la adicción es el juego es la vida, y viceversa o con el orden que mejor se prefiera. Olé.

Por eso el juego es mi adicción favorita: porque conocer (y poder romper) las reglas de un juego le da a uno la capacidad de aplicar nuevas reglas a la vida en general. En mi vida he sido adicto a muchos juegos, y todos ellos me han permitido tomar rumbos, desde pequeño, cuando jugar con Legos me permitía pensar la estructura endeble del mundo. A últimas fechas, uno de los juegos más adictivos ha sido el Solitario Spider, con la siguiente particularidad: cada vez que comienzo un juego, lo veo como si empezara una relación. Claro, el nivel de dificultad debe ser medio, para poder usar rojos y negros. Cada movida errónea puede interpretarse como una palabra mal dicha, una cita cancelada, etcétera. Al final, muchos juegos que parecían tener futuro salen mal, y muchos que parecen inútiles resultan una gran fanfarria. Como en la vida.

Sin embargo, el juego que más rápidamente me ha capturado es Sudoku. Su principio es facilísimo: el tablero es un gran cuadro de nueve por nueve cuadritos, los cuales, dentro del tablero, se subdividen en nueve tableritos de tres por tres. El objetivo del juego es acomodar los números del uno al nueve en las líneas horizontales y verticales, así como en cada uno de los tableritos. Obviamente, los números no deben repetirse en la misma línea o en el mismo tablerito. Es como un imperdonable acróstico numérico. Sí: también es uno de esos juegos orientales que le despiertan a uno la neurona, para luego someterla deliciosamente dentro de una cómoda somnolencia que, ya se sabe, debe formar parte de las artimañas orientales para conquistar el mundo. El juego tiene un montón de variables que lo vuelven cada vez más interesante: desde nueve tableros (de nueve tableritos cada uno) que tienen tableritos que interactúan en dos tableros, hasta una modalidad (mi favorita) donde no te dan números de ayuda, sino la suma de ciertos bloques de números. Créanme: uno puede volverse loco fácilmente.

Yo me he vuelto irremediablemente adicto, como nunca lo he sido a otra cosa. Porque además, las reglas de sudoku, tan sencillas, permiten una gran cantidad de estrategias, pero nunca (NUNCA) la trampa. Creo que es el primer juego que funciona así. La total incapacidad de escape, la exigencia por la concentración total, la multitud de posibilidades, todas restringidas a una sola solución, la simpleza del funcionamiento, la escasez de reglas rígidas, la adicción terrible e inmediata, el desencanto y la frustración sometidos con la sola entrada de un número inesperado, la ilusión de saber que uno es más grande que el juego, y la inminente certeza de que el juego lo abarca todo, todas las soluciones y combinaciones y estrategias y números posibles: sudoku debe ser el juego más parecido a la vida que he encontrado jamás.

Por lo mismo, yo ya empecé a pensar en lenguaje sudoku. Es decir: ya no soy capaz de tener un solo pensamiento que no deba acomodarse también en la línea de otras magnitudes, como el amor, la locura o la narrativa. Las cosas, de pronto, deben funcionar en un juego de universos paralelos. Es decir: ¿cómo funciona la guerra Líbano-Israel en el mismo tablero en el que conviven las elecciones en México, la caída del precio del petróleo, la emergencia de internet, el desencanto religioso, los libros de Volpi y Dan Brown, Pandora, los programas de cocina, mi decisión por dejarlo todo para escribir cosas sin sentido, los pantalones que recién corté, mis ideas sobre el glutamato monosódico, mis visiones sobre el amor, las palabras que he pronunciado mal y el cabello que se me acaba de caer?

(Mi primer sudoku literario:

como / luz / de la nevera
una / llorosa / eternidad
resbalosa / dispuesta a / descolgarse
para por fin / ser una humareda / imagina
ser pibote / del destino / para saber
de otras noches / o de ti / cuál es el color del frío
)

seis banderas

Julio 28th, 2006
El estrés es un catalizador de historias dignas de contarse. Por ejemplo: conozco a un tipo que cada vez que se estresa, corre; una vez, el tipo corrió desde Polanco hasta bien entrada la carretera a Cuernavaca, y eso que su estrés de aquel momento se debía sólo a una derrota de México en el Mundial; ésa es la mejor razón por la cual he tratado de no seguirle la pista desde que trabaja, aunque, si mis cálculos atinan, ahora debe estar viviendo en el último lugar hasta donde lo arrastró su estrés, el cual, seguramente, debe ser una villa de verdes pastos en el cual hay una política de no estrés: debe vivir pobre pero feliz, y asumo que desde que llegó ahí no ha dado un solo paso siquiera para comprar cigarrillos. Otro ejemplo: a alguien se le ocurrió, después de un agitado periodo de exámenes, organizar un fight club, debido a que nadie le explicó la película y el tío jamás entendió que aquello tenía que ver más con el estrés trascendental que con el momentáneo, de tal suerte que organizó a todos sus compañeritos hasta convencerlos de espantar los estorbos a punta de rajadas de madre literales; el tipo era tan distraído, que jamás notó que él era el único que no tomaba clases de box: hoy, estoy seguro, ya no tiene estrés, sencillamente porque creo firmemente, a pesar de lo que digan Almodóvar y los médicos, que cuando uno entra en coma no hay posibilidad para la preocupación. Un ejemplo más: alguien se enamora cada vez que se estresa: hoy ha dejado de creer en la morfina. En fin: el asunto es que la gente vive historias (histerias) porque se estresa.

Yo no. Vaya: sí que me estreso, cotidianamente y como si de ello dependiera mi vida. Me refiero a que yo no necesito correr, ni pelear, ni decir que me enamoro ni ir al cine ni tomar pastillas ni beber ni hacer yoga ni contar chistes. Cuando me estreso, hago una de dos cosas. La primera, escribir. Lo cual, de inicio, resulta útil, porque escribir tiene un efecto en mí muy parecido al del glutamato monosódico: escribir no sólo me vuelve libre, sino que me vuelve. Como toda pasión, escribir tiene un problema: en algún caprichoso punto, llega a estresarme. Ello nos regresa al primer círculo y nos lleva a la segunda solución. Así que cuando yo me estreso, grito. No majaderías, no. Para desestresar por el grito, no hace falta dirigirlo: se trata sólo de gritar. Y, en mi caso, no hay mejor forma de gritar sin destinatarios que ir a Six Flags México.

Cuando danzaba yo por la parte más feliz (sic) de mi adolescencia, aprovechaba la menor provocación para ir a gritar. El miércoles me recordé eso: aún con un montón de cosas por hacer, me largué a gritar hasta las faldas del Ajusco. Entre otras cosas, descubrimos que

a) Uno sabe que se está volviendo viejo (o alcohólico) cuando es más emocionante la idea de esperar en una banca, bebiendo chela y fumando, que la idea de subir por quinta vez a superman-el-último-escape.

b) Si uno va acompañado de cinco féminas, y aún así es el de gritos más sonoros, es que o el estrés es demasiado alto, o uno necesita desesperadamente volver a la niñez.

c) Ir en el mes de tu cumpleaños tiene sus ventajas: te cobran la mitad a la entrada, cierto; te dan una estampita para escribir tu nombre, sí; pero también tiene ciertas incomodidades, como la de ser homenajeado por todos los amables amigo-bájate-del-barandal, quienes te felicitan a discreción (unos más emocionados que otros, unos diciendo nombres incorrectos y otros no) cada vez que te ven. Aquí tengo que decir que la feliz sticker me costó una pelea a muerte con Marvin el Marciano, quien sencillamente no toleró nunca que yo usara la estampita en la espalda y no en el pecho, como él insistía (por cierto: en la estampita, mi nombre era “Barman Jedi�, por causa de la dislexia de un elegante personaje que en la fila de la entrada dijo: “pero yo al primero que me quiero subir es a ‘Barman Jedi’�, queriendo decir “Batman The Ride�; la cosa es que los amigo-bájate-del-barandal asumieron, por alguna razón que desconozco, que yo me llamaba Manuel).

d) Es cierto: el tiempo es más corto cuando uno tiene más de quince; eso, o cada vez hay menos gente en Seis Banderas. Lo bueno es que a la gente también le emociona cada vez menos mojarse en el Esplais o en el Wild River.

e) Insisto: no es buena señal que parezca más atractiva la idea de llevar a los sobrinos a conocer a Bugs Bunny que subirse al Vudú.

f) El Vuelo Alpino sólo es divertido si uno juega a que despega y a que aterriza. Y a mí la idea de volar ya me asusta un poco.

g) La gente que pide tolerancia suele ser intolerante de a madres. Yo estoy de acuerdo con el asunto del respeto a los no fumadores y así. Estoy de acuerdo en que no se debería fumar nunca en lugares cerrados. Oquei, debería haber lugares asignados para los fumadores (lo cual en un espacio abierto me parece un tanto caprichoso). Lo que se me hace cruel (sí: CRUEL) es que esos lugares estén dispuestos como escaparates para la burla, el temor, el asco o el escarnio de los no fumadores. Es decir: no hace falta torturarnos. De algo nos vamos a morir, sí, nosotros elegimos esta muerte; eso no le da derecho a nadie (ni siquiera a los no fumadores) para hacer de las “áreas reservadas para fumar� los lugares más recónditos, escondidos o penosos. A lo que voy es: ¿es mucho pedir que pongan una macetita, que dispongan esos sitios cerca de las áreas de necesidad nicótica (como justo después de salir de un juego, o cerca de los restaurantes)? O sea: ¿por qué es legal echarse una chela junto al carrousel de los Looney Tunes y no es posible echarse un tabaco luego de comer, siguiendo las más primitivas reglas de la sobremesa?

h) La cara del payaso me sigue pareciendo asquerosamente grotesca, y a mis 24 años todavía soy incapaz de cruzar por su boca.

i) Extraño Reino Aventura. Es cierto: estaba mal cuidado, tenía pésimas atracciones, y todo era about Cornelio. Pero era yo más chamaco y me divertía mucho. Además, en los tiempos de Reino Aventura las cosas más estúpidas eran motivo de festejo. Por un lado, lo trágico: sólo en Reino Aventura pudo haberse caído el Enterprise; pero sólo en Reino Aventura Microchips pudo haberle hecho una canción a uno de los juegos (boo-boo-boo-boomerang-te-quiero-alcanzar, y Jay de la Cueva un poco más ridículo de lo que es hoy).

j) Me sigue pareciendo increíble cómo en ese parque nos conocen mejor de lo que pensamos. Oquei: normalmente, uno hace el recorrido base, que empieza por el Pueblo Mexicano en el Río Salvaje y Superman, sigue por un costado del Pueblo Francés, en Le Mans, La Mansión de la Llorona, y la atracción-ésa-que-cambia-de-motivo-cada-año, sube por el Pueblo Vaquero hasta la Medusa y el Huracán, cruza de nuevo al Pueblo Francés, para correr hasta Hollywood (¿ven? Es molesto que “Hollywood� no haya seguido la tradición reinoaventurera de ser, por ejemplo, el Pueblo de Cannes, o, de jodido, Hollywood Town) a subir a los juegos más emocionantes, como el Escorpión y Barman Jedi. Después de todo esto, uno tendrá hambre, ¿cierto? Bien: justo antes del Pueblo Polinesio, y frente al Teatro Chino, está la mayor (y la más variada) concentración de restaurantes. Así de bien nos conocen. Lo raro es que de ahí para adelante sigan juegos de alto riesgo vomitivo, como el Kilahuea o el viaje de Bob Esponja.

En fin. ¿Sirvió mi día de trabajo perdido (mi “pinta�… si les digo que ya regresé a la adolescencia, yo) para sacarme el estrés? Sí y no. Sí porque hoy estoy ronco, y quemado de la frente, y más relajado luego de los ajetreos propinados por esas maravillas ingenieriles; no, porque me siento un poquito más viejo: esta vez me mareé en la Cabaña del Tío Chueco.

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Julio 21st, 2006
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¿eres miguel bosé?

Julio 21st, 2006
1. Siempre (SIEMPRE, e irremediablemente) pienso en el fin del mundo. Eso ya se sabe. Sin embargo, a últimas fechas éste es un tema que me preocupa mucho más. La situación en Medio Oriente, las armas de destrucción masiva en Corea del Norte, la inestabilidad política y económica de América Latina, el hambre en �frica, son temas que cada vez siento más cercanos y que me hacen sentir cada vez más cerca de un virtual Apocalipsis. Con la marejada de información que ha surgido a propósito de todos estos temas en los últimos días, no puedo sino pensar que el último mensaje, el definitivo, será un completo silencio televisivo y una pantalla en negro.

2. No sé si se deba a lo anterior, o al hecho de que la última semana ha estado insoportablemente nublada. Lo cierto es que en los últimos días he sentido que muchas cosas se me van de las manos. El proyecto que recién despega, El Chanfle de Fanfurrias, el dinero, mi libertad y todas esas cosas que-quería-hacer. Sencillamente siento que todo eso está en una liga completamente distinta de la mía, y tengo la incómoda sensación de que si las cosas siguen así, pronto estaré usando una corbata. Y no quiero. Supongo que por fin entiendo en carne propia eso de que quien quiera-azul-celeste.

3. Cada día que pasa siento a mi madre más vieja y a mi padre más ausente. Lo primero lo noto porque soy muy quisquilloso, sobre todo con el tema de la comida. En este sentido, se sabe que odio los hot cakes, la comida de microondas y muchas otras cosas más; sin embargo, mi madre lo olvida, o lo comete de manera intencional, que es lo mismo, y que, en cualquiera de ambos casos, es la expresión correcta de que está envejeciendo. Lo segundo lo sé porque siempre lo he sabido.

4. Lo cierto es que mi humor es cada vez menos llevadero. Ello quizá se deba a que justo ahora estoy viviendo de las arcas, sin recibir sueldo mensual y sin poder conseguir trabajo de freelance como escritor. Debo una suma considerable a la Universidad, y fumo, lo cual implica, cuando menos, veinte pesos al día; tomando en cuenta que a últimas fechas estoy más nervioso y ansioso, la cantidad de cigarros que necesito es aún mayor, y mis necesidades económicas son todavía más desesperantes.

5. Siento que soy completamente incapaz de levantar un proyecto. Lo cual me resulta exasperante. No soy bueno para la venta, y cada vez que he querido comenzar algo, me encuentro con dos tremendos problemas: primero, la falta de un socio capitalista o de recursos propios; segundo, el tremendo laberinto burocrático que implica trazar de forma correcta una empresa.

6. Sin embargo, tengo la sensación de que me estoy ahogando en un vaso con agua. Esto, a pesar de lo que muchos dicen, puede ser más agobiante que estar en un enorme estanque lleno de pirañas: uno sabe que está en un vaso con agua, pero lo cierto es que uno se ahoga. El otro día un amigo me contó una situación mucho muy fuerte por la cual había pasado. En ese momento no pude más que sentirme una gran mierda, porque yo no tengo la más remota idea de lo que es pasar por una guerra, la pobreza real, un aborto o un robo de dimensiones bíblicas, y aún así me quejo. Gaby, mi compañera del proyecto, dice que debería pagar diez pesos cada vez que me quejo; yo sólo alcanzo a pensar que no tengo dinero y oh.

7. A pesar de todo esto, últimamente me he dado cuenta de que tengo grandes amigos, como pocos pueden tenerlos. Me siento totalmente inmerecedor de ellos, dado que me reconozco una persona poco redituable en muchos sentidos. Es por ello que debo agradecerles: Arturo, Soad (por creer que de verdad tengo un don que puede llegar lejos), Soda, Yeisi (por estar siempre ahí, sin importar mis locuras o mi desidia o mi carácter), Gaby, Raúl, Ricardo, Ana Lucía, Criss (por creer que conmigo se puede empezar algo serio que puede llegar lejos, a pesar de mis errores o mi estupidez), Isa (por creer que algo de lo que yo pueda decir importa), Ane, Dori, Loló (por considerarme parte a pesar de mis esfuerzos por no serlo), y a ustedes e-lectores, por creer que esto tiene algún sentido.

8. Con todo, estos días me ponen frágil y yo no sé todavía cómo ser frágil sin romperme, a pesar de que sé que en la fragilidad está la fuerza. El otro día alguien me preguntó (y preguntó muy en serio) si yo soy Miguel Bosé. Claro que no. Para bien o para mal.

Bambú.

suicidal thoughts

Julio 13th, 2006
Nunca he sido capaz de imaginar mi muerte en un lecho tranquilo. Quizá ello se deba a la certeza de que el artista que muere de viejo, si no es también pobre, no tiene sentido; quizá es sólo que he crecido de la mano de Cobain, Morrison, Van Gogh y Wilde. Los casos de Borges, Cortázar y Monterroso, que seguramente estarán encrespando a los más doctos, es aparte: morir ciego, exiliado o con elefantiasis tampoco es morir de viejo. Eso es morir de narrar, y así la cosa sí funciona.

Por mi parte, asumo que tengo tres opciones para morir: ya sea en una gran guerra, en el Apocalipsis, o en el clamor del suicidio. La primera opción cada vez me parece más cercana, pero más confusa: sencillamente, sé que terminaría optando por el exilio, porque soy un cobarde y porque he llegado a creer que un héroe muerto es poco menos que una ficción mal contada. La segunda opción me aterra. Por dos razones. Primera: lo que hasta ahora queda claro es que el fin del mundo no será para nada como lo hemos creído a través del celuloide; seguramente, al final, todo se parecerá más a Somalia que a Chernobyl, de tal suerte que el fin será una carestía increíble, una sed tremenda y una suciedad que, efectivamente, hará a las cucarachas dueñas del cosmos, pero no por resistencia, sino por gula, y nadie morirá con una gran explosión ni con grotescas malformaciones radioactivas. Ahora: de ser cierto que moriremos todos en una gran explosión, estoy seguro de que yo veré caer la bomba desde un sitio recóndito, sin suficiente crédito en el móvil para hacer las despedidas pertinentes. Y eso, ser incapaz de recordar a otros las razones por las cuales seguramente llegarán al paraíso después de pulsar END, me aterra aún más que ver el fin putrefacto de la humanidad, luego de años de hostil regateo por pipas de agua.

Así que morir presa de mí mismo se me antoja más coherente y mucho más satisfactorio. No es heroico aunque pueda ser trágico; no es valeroso, aunque implique cierto desapego de la vida. Sin embargo, terminar con la propia vida parece mucho más atractivo por la sencilla razón de que morir de suicidio permite, cuando menos, una opción que las otras muertes no contemplan: gastar a la propia muerte una jugarreta imprevista.

Lo cierto es que el suicidio, en términos generales, es un evento íntimo que contiene la problemática (o la ventaja) de que el único testigo presente es el culpable y la víctima. De tal suerte que, si los tres logran ponerse de acuerdo, la cantidad de triquiñuelas que el suicidio permite son, si no ilimitadas, cuando menos vastas. Lo más obvio es pensar que el suicidio permite dejar una carta en la que se diga con relativa solemnidad que uno se ha aventado a un río; luego de días de desaparecido, la gente comenzará a creerlo, mientras uno puede estar tranquilamente viviendo un paradisíaco sueño en Bali. Pero si extrapolamos la posibilidad del engaño a la del futuro, nos daremos cuenta de que las películas de ciencia ficción que han educado a científicos de toda clase de disciplinas también podrían abrir un montón de nuevos engaños para la muerte. Si el futuro se parece a lo que nosotros pensamos, nada será más conveniente para los suicidas del siglo veintiuno que la colonización del espacio. “Lo siento, querida, pero he decidido cortar la manguera que me mantenía atado a la nave que me llevará a ese viaje de negocios en Io. Espero que puedas comprenderlo, mis fracasos han demostrado que mi vida� etcétera. Lo cual, por otra parte, significará una notable reducción de gastos para rescates infructuosos y pesquisas inútiles por parte de las policías de los países del futuro: cuando el turismo extremo implique el trato con serpas alienígenas (y plausiblemente carnívoros), buscar los cuerpos no tendrá sentido, y la felicidad será una nueva opción. Si alguien descubre que el suicidio en el futuro será mucho más sencillo y mucho menos cuestionable, será cuestión de pocos días para que la economía tenga un repunte: las vidas podrán venderse, comprarse o abandonarse como si fueran una empresa poco exitosa, dejando un mercado de hombres decepcionados varado, abriendo la posibilidad de nuevas vidas mucho más dignas. De modo que las cartas de suicidio podrán venderse en Sam’s. E incluso, si se busca con tesón y se logra entender a cabalidad el arte del suicidio fingido, el mundo podría ver un renacimiento en materia de héroes capaces de suicidarse tantas veces como su guerra lo requiera, y, con suerte, hasta un fin del mundo digno donde la humanidad entera prefiera fingir un enorme suicidio colectivo. “Lo siento, morlocs, pero pensamos que ya era hora de apretar el botón� o “Ni hablar; nos aburrimos de beber agua�, da igual.

El suicidio seguramente es una opción más acorde a nuestros tiempos, sobre todo si admitimos que suicidarse y fingir suicidarse es exactamente lo mismo, siempre que uno haya leído a Ibargüengoitia o a Ibsen. Yo de una vez aviso que así será mi muerte, o que así lo creerá quien esté interesado. Lo que siga después no es de incumbencia de nadie más que mía.

(Todo esto lo pienso mientras descubro que Don Juli padece una enfermedad incurable que lo hace pensar en el suicidio, sin que nadie en toda la comarca de Fanfurrias lo sepa. Yo lo descubrí porque encontré su boceto de carta perdido por las gradas. No hay mucho qué decir; comienza más o menos igual que el resto de los suicidios, con una mano alargándose desde la cacha hasta el tintero).