Inicio Registro

sudoku

Admito que de todas las adicciones posibles, mi favorita es el juego. No sólo por ser una de las pocas que padezco a la fecha, sino por cuanto la sola idea del juego despierta en los corazones de sus obsesivos feligreses. Pero vamos por partes: todo el que padece una adicción sabe que uno en realidad jamás es adicto. Es decir: el que fuma no se admite como un adicto a la nicotina, sino como un fumador; el alcohólico (social o no) jamás se asumirá como tal: para el que bebe, su condición es un aderezo de las fiestas, y él, por un principio simplísimo del mimetismo, se convierte en el alma de la fiesta o en el pachangas honorario; el drogadicto nunca es tal: el que fuma mota o aspira coca o se inyecta hero, se asume como un espectador-juez de la realidad-imaginada-que-nos-rodea-pero-no-es-tal-maestro, casi en cuanto prueba el objeto de su adicción.

Lo que quiero decir es que vista desde dentro, una adicción jamás se entiende como tal: una adicción es para el adicto un estilo de vida. Monterroso decía (y decía bien) que los chaparros son capaces de reconocerse a la distancia y de convertirse en cómplices tan sólo intercambiar miradas. Lo mismo pasa con los adictos de todo tipo. Auque lleve horas sin encender un cigarrillo, el fumador siempre se delatará frente a sus colegas: será algo en su andar distraído, algo en el ansia de los dedos, o quizá la rebaba de la memoria corporal, que le hará asirlo todo con las puntas del índice y el medio derechos. Un fumador es incapaz de escapar de sí mismo: piensa con ansiosa tranquilidad, dibuja en el humo el trazo de sus pensamientos, camina con airada parsimonia en las tardes de ocio o de trabajo, bebe café. Lo mismo puede decirse de todo adicto, y, en general, de la sociedad que los rodea, que ya ha desarrollado mecanismos de búsqueda y de negociación con ellos: cuando un bebedor convive con sobrios, su entorno le abre un espacio a su sed y le permite funcionar como patiño, como broma o como mera diversión; al drogadicto se le permite pensar distinto sobre algunas cosas y generar una suerte de pensamiento rizomático indescifrable pero respetado.

Pero decía que mi adicción favorita es el juego. Primero, porque todos somos, en mayor o menor medida, adictos a jugar. Le debemos eso a Cortázar y al Rey Salomón, le debemos eso al juego de los instintos, a la supervivencia y a la necesidad de sentido. Pero además, si bien el jugador también se delata frente al resto de la sociedad, si bien jugar es un estilo de vida quizá mucho más aparatoso y necesario que el resto, si bien el juego invade instantáneamente todo rubro de la vida, esta adicción tiene una particularidad: la trampa. Y en el juego, la trampa no sólo contempla la posibilidad de omitir las reglas internas, sino la nada despreciable virtud (porque es eso: una virtud) de omitir el entorno del juego. Me explico: el fumador debe haber fumado; el drogadicto, el bebedor, el comedor de helados, el navegante de internet de altas deshoras y temperaturas; todos ellos, pobres, deben continuar con el objeto para poder considerarse adictos. El jugador no. El adicto al póquer puede haber dejado hace años la baraja, pero puede haber robado del juego sus reglas, para aplicarlas a otros rubros de la vida. “Mira, querida, creo que nuestra relación quizá ya no funciona. Hagamos esto: empecemos de nuevo, con una viuda al centro de la mesa�. ¿Se ha visto alguna vez un fumador que encienda un ramo de rosas para calmar su nervio? ¿Se ha visto un porno adicto que haga las compras en la oscuridad de su vergüenza? Jamás. Claro: los más adictos al juego podrán pensar que, si uno juega al poeta, fumar, beber, escribir, comer helado y mirar películas son actividades que bien pueden traducirse en un juego. Tienen razón, y podemos hacer conjeturas: la adicción es el juego es la vida, y viceversa o con el orden que mejor se prefiera. Olé.

Por eso el juego es mi adicción favorita: porque conocer (y poder romper) las reglas de un juego le da a uno la capacidad de aplicar nuevas reglas a la vida en general. En mi vida he sido adicto a muchos juegos, y todos ellos me han permitido tomar rumbos, desde pequeño, cuando jugar con Legos me permitía pensar la estructura endeble del mundo. A últimas fechas, uno de los juegos más adictivos ha sido el Solitario Spider, con la siguiente particularidad: cada vez que comienzo un juego, lo veo como si empezara una relación. Claro, el nivel de dificultad debe ser medio, para poder usar rojos y negros. Cada movida errónea puede interpretarse como una palabra mal dicha, una cita cancelada, etcétera. Al final, muchos juegos que parecían tener futuro salen mal, y muchos que parecen inútiles resultan una gran fanfarria. Como en la vida.

Sin embargo, el juego que más rápidamente me ha capturado es Sudoku. Su principio es facilísimo: el tablero es un gran cuadro de nueve por nueve cuadritos, los cuales, dentro del tablero, se subdividen en nueve tableritos de tres por tres. El objetivo del juego es acomodar los números del uno al nueve en las líneas horizontales y verticales, así como en cada uno de los tableritos. Obviamente, los números no deben repetirse en la misma línea o en el mismo tablerito. Es como un imperdonable acróstico numérico. Sí: también es uno de esos juegos orientales que le despiertan a uno la neurona, para luego someterla deliciosamente dentro de una cómoda somnolencia que, ya se sabe, debe formar parte de las artimañas orientales para conquistar el mundo. El juego tiene un montón de variables que lo vuelven cada vez más interesante: desde nueve tableros (de nueve tableritos cada uno) que tienen tableritos que interactúan en dos tableros, hasta una modalidad (mi favorita) donde no te dan números de ayuda, sino la suma de ciertos bloques de números. Créanme: uno puede volverse loco fácilmente.

Yo me he vuelto irremediablemente adicto, como nunca lo he sido a otra cosa. Porque además, las reglas de sudoku, tan sencillas, permiten una gran cantidad de estrategias, pero nunca (NUNCA) la trampa. Creo que es el primer juego que funciona así. La total incapacidad de escape, la exigencia por la concentración total, la multitud de posibilidades, todas restringidas a una sola solución, la simpleza del funcionamiento, la escasez de reglas rígidas, la adicción terrible e inmediata, el desencanto y la frustración sometidos con la sola entrada de un número inesperado, la ilusión de saber que uno es más grande que el juego, y la inminente certeza de que el juego lo abarca todo, todas las soluciones y combinaciones y estrategias y números posibles: sudoku debe ser el juego más parecido a la vida que he encontrado jamás.

Por lo mismo, yo ya empecé a pensar en lenguaje sudoku. Es decir: ya no soy capaz de tener un solo pensamiento que no deba acomodarse también en la línea de otras magnitudes, como el amor, la locura o la narrativa. Las cosas, de pronto, deben funcionar en un juego de universos paralelos. Es decir: ¿cómo funciona la guerra Líbano-Israel en el mismo tablero en el que conviven las elecciones en México, la caída del precio del petróleo, la emergencia de internet, el desencanto religioso, los libros de Volpi y Dan Brown, Pandora, los programas de cocina, mi decisión por dejarlo todo para escribir cosas sin sentido, los pantalones que recién corté, mis ideas sobre el glutamato monosódico, mis visiones sobre el amor, las palabras que he pronunciado mal y el cabello que se me acaba de caer?

(Mi primer sudoku literario:

como / luz / de la nevera
una / llorosa / eternidad
resbalosa / dispuesta a / descolgarse
para por fin / ser una humareda / imagina
ser pibote / del destino / para saber
de otras noches / o de ti / cuál es el color del frío
)

5 Responses to “sudoku”

  1. MaJaDeRiA Says:

    Ohhhh GRAN sensei. Nada mas que decir de semejante post TAN perfecto.

    Jeput, cuando es que ud saca su libro???. Exito rotundo.

  2. Cloe Says:

    Muy interesante eso de la relación de la vida y el sudoko. Por otra parte el sudoku literario es realmente exquísito.
    ¡Qué bien!

    Saludos

  3. Neonidas Says:

    Funesto peligro ese de la adicción al juego. Un amigo nuestro tiene una violenta afición por el Parkasee y el monopoly mundialista, desde que su exacerbado truhanerismo comenzó a dibujar sus primeros matices su vida fue cayendo vertiginosamente por un tobogán de fracasos. Perdió a su chica, perdió a sus padres e incluso perdió la palabra. Le hicimos una visita al policlínico hace poco, y qué cree estimado compañero…. arrellanado en una esquina, escondiendo penosamente su pecado, lo vimos resolviendo un SUDOKU!!!! SALUDOS ESTIMADO FEBEN

  4. wjporter Says:

    No lo puedo creer, otro adicto. Ya es una epidemia.

  5. arboltsef Says:

    Esta interesante lo del sudoku literario. Estuve viéndolo un buen rato. Puede explicar mejor las reglas del juego?

Leave a Reply