Yo tendrÃa que estar en total desacuerdo – increpó ella, un poco molesta, interrumpiendo de modo grosero y arrogante – con esa cosa de que el sexo YA no es un tabú. El asunto, primordialmente, es que nunca lo fue sino hasta que llegaron con las pastillas anticonceptivas y el cuento del placer, el clÃtoris y la próstata. Como siempre, el problema viene a la hora de querer hacer publicidad: uno empieza a jugar con adverbios exactos y adjetivos lubricantes; ese “yaâ€? es una tautologÃa insÃpida, ese “yaâ€? existe cuando se habla de sexo, pero no cuando se tiene. A lo que me refiero es a que el sexo finalmente es sexo, sin prefijos ni sobrenombres. Simplemente hay o no hay: como el amor o la comezón, sexo hay o no hay. “Sexoâ€? es sólo SEXO, contundente, silencioso, terriblemente Ãntimo; las ondas tántricas, las campañas caprichosas emprendidas en pos de la posición perfecta, las perversiones ocultas o cÃnicas, socialmente aceptadas o causantes de repulsión general, no son más que formas de hacer laberintos con las gónadas, intentos fatuos por justificar vacÃos, disertaciones para imponer la teorÃa sobre los embistes del momento. Es llenar con palabras lo que no puede cubrirse con la piel.
¿Qué hemos logrado con sacar al sexo del platónico cajón del tabú? Lo hemos condenado a la burla, lo hemos marcado con cientos de etiquetas que le hacen parecer un payaso mal pagado. Es “una función natural como cagar�, al tiempo que es un “instante en el que todos los hombres somos el mismo�, mientras que es pura diversión y puro compromiso, lo cual es imposible de comprender con la razón, como si el sexo fuera dios, como si fuera un arma, poderosa, terrible, o un activismo ideológico: están los mormones, los budistas, los zen, los ecologistas, los sexoistas. “You gotta fight for your right to fuck�. Y no hemos logrado más que adquirir una nueva licencia poética, adjetivada hasta la náusea, funcional en tanto se coloca junto al calificativo exacto; lo hemos vuelto un objeto del cual se puede opinar, al cual se le puede otorgar la excelencia o el retraso mental. Lo hemos hecho una industria que vende y una palabra que puede repetirse, como si el orgasmo fuera idéntico cada vez pero perdiera el sentido con cada repetición. Es como cuando repites lápiz hasta que olvidas qué significa. Mira:
lapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapiz
lapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapiz lapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapiz
lapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapiz
lapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapiz
lapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapizlapiz
sexosexosexosexosexosexosexosexosexosexosexosexosexosexosexo
sexosexosexosexosexosexosexosexosexosexosexosexosexosexosexo
sexosexosexosexosexosexosexosexosexosexosexosexosexosexosexo
sexosexosexosexosexosexosexosexosexosexosexosexosexosexosexo
sexosexosexosexosexosexosexosexosexosexosexosexosexosexosexo
sexosexosexosexosexosexosexosexosexosexosexosexosexosexosexo
No es nada; se agota. PodrÃas querer decir pétalos-de-rosa-sobre-la-cama-a-la-luz-de-las-velas, orgÃa-de-ninfas-sicilianas, botón-de-girasol-con-colores-quemados, noche-de-copas-casual-what-happens-in-stays-in, da igual: nada. Hemos vaciado el instante más intenso, el recurso natural que crece hasta el infinito, para convertirlo en una materia de estudio para la economÃa contemplativa, donde nadie entiende en qué momento los dólares empiezan a valer más que cualquier otra cosa. Es ridÃculo, pero es cierto: el sexo no es nada de lo que dicen; es, cuando más, una moneda de cambio, un valor agregado, una de esas figurillas frágiles que uno pone en la mesa de centro esperando que alguien note que viene de muy lejos. Es una herencia, un souvenir que, a veces, con suerte, nos recuerda que estamos vivos por antonomasia: “gracias por visitar tu vida, pelele; ¿ya llevas tus explosiones hormonales para recordar las vacaciones de tu soledad?â€?. Uno de los pocos momentos que pasan a pesar de todo, a pesar de las palabras, y aún asà nos empeñamos por decidir si es un tabú, energético, función natural o tendencia polÃtica. Eso es terquedad.
Como cuando una conversación se vuelve aburrida, y los interlocutores abren de manera tajante un silencio incómodo, incomodÃsimo, y uno revuelve ridÃculamente el café, y el otro tose y limpia sus lentes, y el último está a punto de pararse al baño, aunque lo evita, esperando, como los otros dos, que alguien suelte el primer embiste de una historia deliciosa, y entonces alguno de los tres, a sabiendas de lo que los otros esperan, comienza un debate sobre la falda roja de la mesa de junto, que por lo demás es tan insÃpida que no la habrÃan notado de no ser por el vacÃo del tiempo juntos, tan juntos como pueden estar cuando están asÃ, callados, tan juntos como para darse cuenta de que el silencio no es suficiente porque las convenciones dicen que los seres humanos conversamos, aglutinamos el mundo en renglones divididos por el capricho de las dimensiones y los estándares editoriales, hacemos lÃneas eternas que simplifican el mundo y lo llenan, construimos “edificiosâ€? y metemos “penesâ€? o buscamos “clÃtorisâ€? donde antes habÃa un silencio cuadrado rascacielos, los cielos se cubren con letras amarradas con letras, la distancia entre dos bocas se allanan, siembran y cosechan con fonemas, se construyen puentes para cruzar con seguridad el vaho ajeno, se olvida que en silencio sólo es aburrido cuando pensamos en español, la vida fuera de uno se vuelve estática, tres departiendo en el café, un silencio aburrido y la necesidad de una risa que amaine la carga del convivio: ahà es donde llega el sexo, una palabra práctica, que no exige tanta salivación pero igual ocupa mucho espacio. No es más que aburrimiento; la gente coge por contar, por decir, por llenar espacios vacÃos, silencios internos, por evitar la incomodidad de estar juntos, la gente coge porque sÃ. Coge para llenar el espacio sosegado del tabú, que antes, plácido y somnoliento, no estaba más que disfrutando del silencio mientras sus interlocutores nos rascábamos las cabezas, esperando que alguien, seguramente él, diera la primera estocada a los olores, sabores, al tacto. Cuando empiezan las palabras se acaba el tacto; cuando comienza el tabú, discúlpenme, termina el sexo y comienzan las razones.
(Entonces ella saca de algún lado una hoja arrugada y la dispone en la mesa. Enciende un cigarrillo y calla. La hoja dice)
DIEZ RAZONES POR LAS QUE COGERÃ?A
1. La paz mundial.
2. Un estudio fotográfico de arte.
3. Haber terminado de entender una canción de Pink Floyd.
4. Dinero.
5. Fama.
6. Para demostrar que no hay tabú y que soy liberal.
7. ¿Por qué no?
8. Justicia social.
9. Tener algo que contar.
10. Saber si en el fondo el sexo es o es tan solo una palabra que no me enseñaron en la escuela.