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crisis

Debió haberlo notado con absoluta claridad el día que comenzó a recibir comentarios despectivos hacia un post que subió con motivo de un género musical que siempre le ha causado cierto recelo. Al principio, es verdad, los comentarios le causaban risa. Por la total ausencia de respeto ortográfico, por su evidente visceralidad, por su contundente arbitrariedad. Ese día, Feben entendió que escribía humor. Los comentarios, pensó, debían ser así, y de pronto se sintió una cátedra de la Diapsálmata de Kierkegaard, cuando el sabio danés argumentaba que “me dirigí a los dioses y les dije: ‘venerables contemporáneos, ésta es la cosa elegida: que siempre tenga la risa de mi parte’. Ni siquiera uno de los dioses contestó una palabra; al revés, todos se echaron a reír. Me pareció que los dioses no podían haberse expresado con mayor finura y que lo impropio hubiese sido que me hubieran contestado seriamente: ‘¡Concedido!’�. No podía esperar otra cosa: si esto de escribir se trata de un juego, concluyó, no puedo esperar más que encontrarme de pronto con que soy una ficha menor en jaque.

Pero aún entonces Feben no notó nada extraño. Sencillamente, su clave era el humor, con lo cual, como expresara Monterroso, pretendía hacer pensar y, con suerte, hasta hacer reír. Pero luego vino una racha de esas que están hechas para ejercitar la paciencia. Vino Ashaki a romper la mitad de las cosas del corazón de Feben, con lo cual nuestro personaje comenzó a redactar cartas hacia las personas que había herido en el pasado, llegando a la conclusión de que tanta broma no haría más que empeorar su situación kármica, la cual, siguiendo con absoluto rigor el rumbo de las historias del pequeño querubín, ya se asemejaba bastante a una farsa basada en “Hamlet de Petatlán�. Así que escribió mucho “perdón� y mucho “te entiendo y sé que fue mi error�; y, tras darse cuenta de que dichos textos hubiesen hecho millonaria a una bandita de pop, los mandó a la papelera de reciclaje esperando que, una vez pasado el proceso, los textos aparecieran reciclados en papel de cuaderno lindo que se pudieran vender. Porque, a la sazón, la situación económica de Feben tampoco le era favorable. En las últimas semanas había visto con inquebrantable impaciencia cómo los fondos de sus arcas (esas reservas que se había propuesto nunca tocar, sino hasta que un buen viaje o una mujer así lo merecieran) habían disminuido en un acto de magia. Feben pensó: “caray; ya soy cómico y ahora también tengo algo de mago. En cuanto compre pintura facial, puedo montar un acto de entretenimiento digno de las más inverosímiles fiestas infantiles�.

Todavía ahí, Feben no fue capaz de detenerse un segundo para escuchar la verdad que llevaba meses intentando golpearlo en la cara. Claro, él se sabía miembro de una generación con las expectativas torcidas; aunque muy dedicado, se sabía poco gracioso de facto; estaba cierto de que su trabajo se debía más a la dedicación que al talento llano. Es decir, son horas nalga. Así que decidió seguir por el camino de la talacha®, y, una vez terminada con hartos pesares su primera novela, comenzó un nuevo proyecto literario. Y entonces pasó lo inevitable.

Feben nunca supo si la razón era el desasosiego cardiaco, el estupor financiero, o el regodeo de sus ideas inacabadas por el lóbulo frontal; lo único que Feben tenía en claro era que, justo en ese momento, no podía escribir.

Un día nublado de octubre, sentado frente al ordenador de siempre, con la inspiración de siempre, con el mismo hombre gritando pregones en la calle, rascándose la misma costilla (la de Eva) y encendiendo un cigarrillo bastante similar a los de siempre, Feben supo, sin más, que no tenía nada más que escribir. Punto. Sus ideas parecían vagas o francamente estúpidas. Las pocas que quedaban penosamente sostenidas por sus pequeños bracitos-idea colgadas del barandal de la cordura, eran lo suficientemente delgadas como para no aguantar cuatro horas de tratamiento literario. “Nos faltan fuerzas, Feben, tenemos pereza, queremos beber o dormir�, le decían sus ideas más guapas, recatadas, como si fueran las mismas mujeres que Feben, a veces, había perseguido con afanosa terquedad. Estaba seco. Y se sabe que un escritor seco de ideas es poco menos que un parásito con fe.

Así que Feben, a sabiendas de que las ideas, cual mujeres del renacimiento, se ven más guapas cuando están llenitas, acudió a donde ya sabía. “Sí, gracias. Van a ser dos McTríos de crisis en América Latina, con papas y refresco grande, y de postre un escándalo ridículo en el mundo del arte. Sí, sí: quiero acompañarlos con una situación real inverosímil�. La cosa era que ni en el AutoMac de los periódicos y las noticias, ni en el self service de la vida real, tenían cambio para el billetote de esperanzas de Feben, así que nuestro personaje (que ya había caído en la cuenta de que sería mejor narrar las cosas en tercera persona) no encontró nada de dónde nutrir a sus bulímicas ideas. Se sintió triste. Por varias noches acudió al mismo sueño que le ataca cuando no sabe qué hacer, a saber:

Feben está en una casa de veraneo, ridículamente ubicada en un rincón recóndito pero ruidoso de la Ciudad de México. La casa tiene mueblería de mimbre y tapetes tejidos, piso de madera y paredes de piedra. Feben llega ahí después de un día agitado en el que ha perdido dos o tres veces su medio de transporte, en un estacionamiento eterno ubicado en Santa Fe. Justo antes de llegar a la casa, se ha dado cuenta de que la noche ha abierto un círculo de estrellas que sólo resplandecen sobre él. Cruza una avenida agitada y entra por fin a la casa, por una cochera oscura. Ahí dentro hay una hamaca que le espera sedienta. En ese momento, Feben despierta, sin sobresalto alguno, para darse cuenta de que es una hora más temprano de lo previsto. Con buen humor, Feben comienza sus quehaceres con una hora de gane.

Por muchos días, Feben tuvo frente a sí el mismo texto de Necroturismo, destinado a hablar sobre migración, que tenía por comienzo:

“Lo que no he averiguado es cómo sopesar las tardes anegadas de sol rancio, los millones de puntos que se pierden en el estival suelo del desierto, las anonadadas tenencias del movimiento estático. Todavía no he encontrado el lenguaje capaz de acomodar, a manera de que se entienda con puntos y comas, lo que se esconde detrás del impulso que lo lleva a uno a estar de pronto aquí, parado, aplicando como nunca el adjetivo “sepulcral� al verbo del silencio, tratando de ubicar a plenitud los límites entre mi yo y mi yo del otro lado. Aún no he trazado la historia-histeria que se debe vaticinar en cada amanecer de misa de gallo, escondida detrás del sermón incomprensible, que sea capaz de amedrentar con sus palabras de Pandora el trajín mareo del total desasosiego. No he encontrado el diccionario preciso que proporcione el significado exacto del exilio�.

Feben miraba el texto a la cara, con expresión marchita. ¿Había agotado sus recursos? Lo cierto es que ese texto no era humorístico. Tenía arte y talento, y, a pesar de no ser del todo sintético, poseía imágenes fuertes, contundentes, y una lírica digna de que el propio Feben se sorprendiera por momentos. Sin embargo, no había más. Aún cuando había exprimido con fuerza una de las ideas más prometedoras de su gineceo creativo, esto es lo más que había logrado obtener. “Me largo para Nueva York, imbécil�, le había dicho la idea, delgada como modelo publicitaria, antes de coger el sombrero y caminar con rumbo a Indios Verdes. Feben nunca volvió a ver esa idea; pero, afortunadamente, contaba con una fotografía bastante nítida y con células-madre-ideas todavía en etapa larvaria. “Muy bien�, se dijo, “para el lunes por la tarde tendremos algo digno de cachetes rojos�.

A pesar de las vicisitudes que lo habían perseguido, Feben no lo había notado. Las rebabas de Ashaki ocupaban un espacio bastante considerable en el lounge de su cabeza: habían hecho reservación para veinte, y, a pesar de que apenas habían llegado ocho personas y la gerencia se estaba desesperando, todavía no lograban del todo sacarla de la zona VIP para sentarla cómodamente en la sala de los recuerdos divertidos. Por otro lado, las reservas económicas disminuían cada día con pasmosa contundencia. A pesar de los complejos procesos de clonación de ideas que había aplicado durante “El Chanfle de Fanfurrias� una y otra vez, no consiguió más que una demanda por parte de la Secretaría de Salud por la utilización de células madre de ideas-feto que no habían sido del todo abortadas. Además de eso, nada. Así que Feben, al ver cómo sus ideas, que ya se habían declarado en franca huelga de hambre (bajo el lema “libertad o muerte�), seguían sin hacer lo propio; cerró la sesión de ordenador, encendió otro cigarro, y declaró ante los Gemelos Terror: “creo que perdí mi talento. Yo no soy escritor�. Comenzó a leer una novela histórica que habla sobre Salisbury Hill, de más de 1100 páginas, y, resignado, inició la búsqueda de trabajo y se preparó para hacerse a la idea (perdonando la ironía) de usar corbata por el resto de sus días.

Y fue allí donde Feben se dio cuenta de todo. Al derrumbar las defensas que había plantado para aminorar la huelga de sus ideas, Feben vería con gusto cómo éstas tomarían el poder de sus recursos creativos. En pocos días duplicarían la producción de frases delicadas y retomarían la ardua labor de búsqueda de metáforas. Aquello sería fantástico. Y, en primer lugar, debería dejar el estigma del humor como un recurso meramente opcional. Así, las ideas que hasta entonces habían ocupado cargos menores, como las de profundidad espiritual y las de eminente habladuría sensiblera, podrían asumir cargos más altos y diversificar el mercado. Sería sensacional.

Sin embargo, aquello aún no pasaba. Y Feben, rogando porque la nueva libertad de sus ideas hiciera lo propio, se tumbó sobre la silla de siempre, frente a la frase de siempre (“Live the life you’ve imagined�), revisando las mismas actas de la gerencia del lounge (que ya estaba francamente harta de tener a Ashaki de gratis), encendiendo un cigarrillo bastante similar a las de siempre, a escribir un texto que despertara en sus verdaderas mujeres la pasión por su pluma.

3 Responses to “crisis”

  1. MaJaDeRiA Says:

    Y si antes de que se acaben sus reservas a punta de Mctrios de realidad, agarra ud sus cosas y selarga aver un poco de tierra nueva? Digo, no es que lo este echando, ni mas faltaba, pero ya que finalmente se van a acabar sus reservas, al menos gastelas en lo que se habiaprometido…no??

    Era solo una idea. Igual el texto esta genial…deberia leerse la Broma de Kundera….se va a reir mucho, tmabien

  2. Ibelin no Balian Says:

    ¡Pasu madre! ¡Ya quisiera yo relatar con tanta belleza gramatical cuando no tengo imaginaciòn para postear! Como siempre me ha dejado con la boca abierta, conde de Moravia o algo asì. Si tu no eres un escritor, entonces yo soy guapo :P

    ¡Animo, mi blogger-literato-existencialista-izquierdista favorito! Una vez vi en un documental que Ernesto Sabato (creo que fue ese wey) quemo 2 terceras partes de lo que escribio porque no le gustaba. Usualmente cuando acaban las ideas, no hay nada como salir a dar una vuelta para ver si, con ayuda del smog limpio y puro, regresan a la cabeza.

    Si te sirve de ayuda y aliciente, te comento que tu post me ha dejado con ganas de escribir. Animese ya y vayase a la grande: vuelvase el enfant-terrible de esta naciòn y demuestre de una vez por todas que la generaciòn Y si fue capaz de engendrar gente de ideas como usted.

    Bueno, es hora de acabar con mi habitual zalamerìa, te envìo saludos desde otro rincòn excesivamente ruidoso y ajetreado de esta jungla. :)

  3. W.J. Porter Says:

    A ver… Recuerda la analogia de aquel actor porno? Despues de grabar 15 peliculas en un mes le resultaba dificil lograr una ereccion. Y se sentia frustrado por su flacido miembro cuando podia estar satisfecho de sus 15 blockbustres. Algo similar pasa aqui. Lo llamaremos “periodo refractario creativo”. Dese un descanso y tome el consejo que me dio el Maestro Toli: increase your chance of randomness (escribir eso me da deja vu). Esa es una excelente fuente de material para escribir, aunque es mejor mantener algunos incidentes en la oscuridad.

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