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crack!

Diciembre 14th, 2006
Dudo que en el mundo de hoy exista alguien capaz de escuchar “crack” quedándose con los pies en piso. Muchos preguntarían de inmediato “¿dónde?”; otros recordarían el año 29, que nos regaló un paradigma y la esperanza de que la bolsa gringa algún día vuelva a caer y nos convirtamos en cavernícolas de nuevo; a los mexicanos más doctos, la traducción inmediata los llevaría sin remedio a la crisis; pero a los verdaderamente cultos, les sacará una sonrisa: la cara amodelada de Palou modelando para Lux, el bestbestbestbest-seller de Volpi, la certeza (medio mal plantada y más bien inalcanzable) de que la literatura mexicana ha escapado de su condición de letras (que de modo natural se instalaría de facto en una realidad rebosada) y se ha convertido, por fin en Literatura: nazis, sherpas, laberintos, “vivimos desde hace siglos en el laboratorio de Dios” (ojo: dios con Mayúscula), historias verdaderamente universales que por fin se escapan (dicen) de la asquerosa necrofilia de Rulfo, el acomodismo de Paz (ajá) y, en general, de esta América Latina folclorizada (que deja de serlo para pasar gradualmente a la universalidad concebida como occidente); ello sin mencionar uno de los libros de crítica al gobierno más exitosos de todos los tiempos. En fin: a El Crack, como corriente literaria (perdón: generación de amigos) que lleva la batuta y la valiente avanzada hacia la verdadera consagración.

Si está sobrevaluado o no, es cuestión de mercado, y en esos términos se puede saber que la onda es exitosa. En lo personal, me parece el snobismo llevado al extremo (pero yo sólo soy un pobre cegatón que nada sabe de la vida y sus placeres, sobre todo de los placeres). Últimamente me ha llamado la atención que por lo menos dos buenos blogs han hablado al respecto: Fábrica de Polvo y el Maestro Arturo. Éste último me ha hecho conocer una entrevista que realizara a uno de los del Crack hace algún tiempo, y no he resistido la tentación de responderla yo mismo, para ver si es cierto que ser criollito en este país significa ser snob. En fin: les dejo la entrevista a este crackoviano anónimo, y la misma, respondida por servidor.

En lo personal, la onda tendría más onda si estuvieran hablando de coca. Pero bueh: cada quién sus drogas, y si a alguien le late la fama, por mí está bien. ¿Dónde he dejado mi trago?

Las aventuras de Feben™ y el Mundo Laboral®

Diciembre 13th, 2006
Con orgullo puedo decir que los últimos seis meses he aprendido un par de cosas, a saber: lavar los trastes sin gastar tanto jabón, lavar la ropa, hacer mi cama cada mañana no-matter-what, cocinar toda clase de platillos de la Alta Comida Casera Mexicana (entre los cuales destacan el arroz rojo, el fideo seco y las albóndigas), curar una cruda antes de que llegue, mirar por la ventana (cosa que no sabía hacer, pero no sabía que no sabía), apreciar una tarde por lo que es, disciplina, leer a Oliverio Girondo y a Parra, qué es el Crack, a hacer ejercicio por dogma cada mañana, el dolor que implican 180 abdominales de jalón, que los brazos no sólo se ejercitan con lagartijas, que los banquitos de la cocina pueden servir de pesas, que el ejercicio lleva a la contemplación espiritual y a la paz, a escalar montañas de breve modestia, a meditar, a ponerme en contacto con mi yo del otro lado, a no acercarme a las amigas de mujeres de mi pasado, a no acercarme a mujeres que haya conocido por internet, a conseguir tragos gratis, a sacar autos en reversa de callejuelas chocarreras, a no dejar el auto estacionado en la Condesa, a qué huele un table, a qué sabe el Jack Daniel’s, cómo se vuelve Fito loco a las tres canciones, lo que es tener un i-pod, lo difícil que es salir del paso con mil pesos, lo celosos que son los escritores (y los jefes de los escritores) de su propio trabajo, la fe ciega que la gente normalmente deposita en proyectos destinados al fracaso, lo infinitamente complicado del mundo laboral independiente, entre muchas otras cosas. Sobre todo, creo, he aprendido a tomar decisiones, cosa que mi padre impulsó desde que tenía yo 12, sin mucho éxito. Ahora, diez años perdidos después, lo comprendo.

Y es por eso que hoy me reintegro al mundo laboral formal. Y con gusto. Con mucho gusto. Curiosamente, regreso al lugar del que me fui, con convicciones nuevas: ahora tengo una oficina soleada, un proyecto mío-todo-mío, un calendario preciso, y una disciplina férrea que me hará cumplir con mis ocho horas de corrido (de 8 a 4) para tener la tarde disponible para otras cosas – léase: atender un proyecto freelance que, por lealtad, no pienso soltar; un proyecto de amigos que, por convicción, no pienso soltar; un proyecto de letritas que, por terquedad, no sé cómo soltar (but I love it).

De tal suerte que, como el héroe de cualquier cuento, me siento regresando del exilio. Pronto: la nueva temporada.

nada casual

Diciembre 5th, 2006
En cualquier parte del Valle del Mezquital, Estado de Hidalgo, uno puede conseguir un litro de pulque recién hecho por el módico precio de dos pesos. El precio bajo no es para nada casual: al estar flanqueado por una muralla de sierras en todos los frentes, el Valle ha desarrollado un paradisíaco clima desértico, que en nada incomoda a la pobreza recalcitrante que allí se asentó desde bien entrada la época de la Reforma, y que, por otra parte, se deja nutrir sólo por cactáceas de mediano calibre y por agaves de raquítica estampa. Si bien los magueyes que ahí crecen, con la parsimonia de una eterna tarde de domingo, no son las monumentales y emblemáticas floras que sirven de símbolo para el Tequila®, con fuerzas sacadas de lo más profundo de la tierra (del mismo lugar donde los antiguos ñhañhus que ahí moran tuvieron que enterrar sus leyendas para ocultarlas de los constantes invasores) esos magueyes logran, al resguardo del trabajo de un hombre entero durante un entero día, unos diez litros de pulque. Aplicar la matemática más elemental dejará en claro que un hombre, trabajando de sol a sol, es capaz de producir veinte pesos diarios, si se mueve con tesón y se dedica completo a la venta y no cede a los embistes de la tentación de la sed. Es decir: un hombre, siempre que sea capaz de ser dos o tres hombres, es capaz de producir en el Valle del Mezquital, Estado de Hidalgo, veinte pesos diarios para mantener, digamos, a una familia de cinco. De tal suerte que hay que imaginar una tarde de cielo raso azul como la nostalgia, un paisaje sepia y montañoso, el olor fermentado del pulque, las moscas que se invaden unas a otras en el rondín del maguey fusilado, y el sonido lejano del último éxito de pasito duranguense, al cobijo de una casa de bloc en obra negra custodiada por un pequeño cobertizo de carrizos de garambullo que resguarda un fogón de leña improvisada que espera, cada vez con más desilusión que paciencia, un kilito de tortillas para calentar.

Así eran las tardes de Manuel. Luego de amanecer en la loma buscando los magueyes más carnosos para desmembrarlos durante un almuerzo holográfico, secarlos de savia sobre un metate modesto, esperar los efectos del tiempo y beber uno o dos cantaritos de la bebida de la amnesia, bajaba hasta Ixmiquilpan a eso de las doce para vender su producto. El menor de los problemas en la cabecera municipal era la competencia directa (más de cien hombres de cada una de las comunidades de la comarca dedica su profesión a la venta de pulque); en realidad, el verdadero problema es uno que compete a las leyes del mercado. Veamos: si el trabajo de un día produce veinte pesos (dos dólares) y el dinero necesario para la manutención de una familia de cinco equivale a unos cincuenta pesos diarios, por decir lo menos, la imagen es clara: los hijos de Manuel, de edades ocho, seis y tres, y sus esposa, embarazada, pedalean por la vida apenas imaginando lo que será comer más de dos tortillas cada día. De tal suerte que, aunque Manuel se volviera el más exitoso vendedor de pulque de todos los tiempos, el mercado, ese maldito mercado que pocas veces le permite vender más de la mitad de su producción, le haría el favorcito de recluirlo nuevamente, y cada vez peor, en la más desértica de las ruinas.

Pasaron años sin que Manuel pudiera vivir de otra cosa que el prestado. Una inspirada noche, iluminada por los cantares de la beodez, Manuel tuvo una idea magnífica: si bien el dinero se intercambia por productos y servicios, hay veces que lo mejor es hacerse por las malas de esos productos y servicios. Siendo sinceros, lo único que sabía hacer Manuel era pulque; el pulque, al final del día, llena el buche: ¿para qué gastar el tiempo si se puede uno brincar un paso del proceso de alimentación? En vez de convertir el pulque en dinero en tortillas en comida (que no alcanza), pasemos directo al ruedo y llenemos la panza de pulque. Así lo hizo Manuel también con los nenes. Y con la esposa embarazada. A los dos meses, la panza del menor de los niños, hecha jirones, le salió por la boca ensangrentada. Lo mismo debe haber pasado con su hijo nonato, que con toda seguridad murió junto con su madre una calurosa tarde de agosto. Luego fue el otro chico, y lo que siguió fue Manuel sin entender la dinámica global del mercado, golpeando a la niña y muriendo de una cirrosis inclemente. La niña, que podía dibujar tan bien como Remedios Varo, aunque todavía no lo sabía, murió a las pocas semanas en una clínica sin medicinas en la comunidad de El Espíritu. Los nombres de todos ellos fueron borrados en el inmenso mar de arena crespa que se alza sobre el Valle del Mezquital, Estado de Hidalgo, en donde el litro de pulque cuesta dos pesos, y no es nada casual.

Sé que esta historia la he contado un par de cientos de veces, no sólo aquí, sino en conversaciones de café y otros sitios aún menos convenientes. El hecho es que es uno de esos hechos perfectamente reales que me persiguen, no por las noches, sino por los días, especialmente cuando tengo la terca ocurrencia de mirar la tele para averiguar qué demostres pasa en mi país. La semana pasada, mientras veía cómo legisladores del PAN y PRD arremetían a golpes unos contra otros en nombre de la Santa Democracia de la Inmaculada Concepción™, la cara de Manuel, a quien nunca conocí, aunque se empeñe en caminar diario por todo el país, me recordaba que en el ñhañhu no hay una traducción exacta para la Democracia. Que ese sistema político ideal, en donde todos tenemos justicia, fraternidad, igualdad, respeto, tolerancia, guapura, y demás herencias modernas, para él no significó nada de nada. A fin de cuentas, mientras las quejas del día serán por los lesionados a fuerza de curules alzados, Manuel murió; aunque él, antes que morir de hambre, prefirió morir de ganas. No tenía más que la lógica elemental que se logra ejercitando la pobreza: comer lo que se pueda, sacar la última gota de las fuerzas y de una razón que no da para más porque la savia de las cactáceas no cuenta con la proteína necesaria para mantener contentas las creatividades, resignarse a haber nacido en algún lugar de nombre impronunciable al cual la Democracia no ha podido llegar por estar atorada esperando a ver quién demonios se queda con la Tribuna.

De la Democracia dicen mucho: que hay política, social, económica; que de la primera dependen las otras dos, y que en la medida que se consolide ésa las otras podrán alargarse a todos lados. En nombre de la Democracia se invaden calles, se destrozan centros históricos, se realizan campañas publicitarias millonarias, se instauran flancos ideológicos sobre la hoja de una navaja, se clama por la legitimidad, y la justicia social, y el bien común, y la fuerza de las mayorías, y el legado histórico, y la pobreza hecha folclor, y las etnias idealizadas, y el medioclasismo sobrevaluado, y la Libertad (divino tesoro) que se logra a fuerza de terquedades y demagogias. En lo que a mí respecta, la Democracia, la Libertad, y sus hermanitos menores (que ahora son medio bastardos), no pueden existir en un país donde la sola mención de su nombre es pretexto para convertir un Congreso en un Circo, pero no para extirpar del vocabulario la palabra “naco�. En lo que a mí respecta, la Democracia y la Libertad y la Legitimidad, y esa legión de pandilleros de renombre, seguirán en una orgía de putas mientras ese niño nonato, presa del pulque, sea incapaz de leer a García Márquez o a Coehlo, mientras le falte vida para conocer el Museo de Arte Moderno, mientras le falten los ojos para criticar a Kant sin tener mucha idea, mientras sus hermanos se nieguen el placer de llenar una plantilla universitaria al dudar si doctor o mejor ingeniero, mientras no pueda preguntar qué demonios es eso que se parece a la canción que escuchaba de pequeño, mientras no tenga el reto de descubrir las palabras de su lengua en comparación de todas las demás, mientras no pueda decidir si prefiere el rojo o el negro, las niñas o los niños, el fútbol o la tele, la migración o el valle; mientras el niño (cualquier niño y cualquier adulto) no pueda decidir qué es lo que más le conviene, después de haber leído, preguntado, difamado y contradicho, la Democracia y la Libertad se atoran por las lenguas. Y no es nada casual.

Lo que quiero decir es que, para mí, la única Democracia posible no se discute en una Tribuna tomada en nombre de la mayoría. La única Democracia posible camina por el valle y por la calle, y por lo menos tiene la decencia de decir “buenos días, Manuel; quizá lo del pulque no sea tan buena idea�; por lo menos es capaz de asegurar una escuela y una medicina contra la ignominia; por lo menos es capaz de dejar en claro que tanta estupidez en un pequeño recinto en San Lázaro, a costa de la ignorancia sistematizada, las leyes de mercado sin espacio para el pulque u otros empleos mejor remunerados, y la Democracia de teoría y punto y secuestrada, que tanta estupidez y tantos sombrerazos en un país donde importa todo menos buscar lo mejor para cada quién y donde la gente puede morir de cirrosis (aunque no muera de hambre), parece ser absolutamente nada casual.