En cualquier parte del Valle del Mezquital, Estado de Hidalgo, uno puede conseguir un litro de pulque recién hecho por el módico precio de dos pesos. El precio bajo no es para nada casual: al estar flanqueado por una muralla de sierras en todos los frentes, el Valle ha desarrollado un paradisÃaco clima desértico, que en nada incomoda a la pobreza recalcitrante que allà se asentó desde bien entrada la época de la Reforma, y que, por otra parte, se deja nutrir sólo por cactáceas de mediano calibre y por agaves de raquÃtica estampa. Si bien los magueyes que ahà crecen, con la parsimonia de una eterna tarde de domingo, no son las monumentales y emblemáticas floras que sirven de sÃmbolo para el Tequila®, con fuerzas sacadas de lo más profundo de la tierra (del mismo lugar donde los antiguos ñhañhus que ahà moran tuvieron que enterrar sus leyendas para ocultarlas de los constantes invasores) esos magueyes logran, al resguardo del trabajo de un hombre entero durante un entero dÃa, unos diez litros de pulque. Aplicar la matemática más elemental dejará en claro que un hombre, trabajando de sol a sol, es capaz de producir veinte pesos diarios, si se mueve con tesón y se dedica completo a la venta y no cede a los embistes de la tentación de la sed. Es decir: un hombre, siempre que sea capaz de ser dos o tres hombres, es capaz de producir en el Valle del Mezquital, Estado de Hidalgo, veinte pesos diarios para mantener, digamos, a una familia de cinco. De tal suerte que hay que imaginar una tarde de cielo raso azul como la nostalgia, un paisaje sepia y montañoso, el olor fermentado del pulque, las moscas que se invaden unas a otras en el rondÃn del maguey fusilado, y el sonido lejano del último éxito de pasito duranguense, al cobijo de una casa de bloc en obra negra custodiada por un pequeño cobertizo de carrizos de garambullo que resguarda un fogón de leña improvisada que espera, cada vez con más desilusión que paciencia, un kilito de tortillas para calentar.
Asà eran las tardes de Manuel. Luego de amanecer en la loma buscando los magueyes más carnosos para desmembrarlos durante un almuerzo holográfico, secarlos de savia sobre un metate modesto, esperar los efectos del tiempo y beber uno o dos cantaritos de la bebida de la amnesia, bajaba hasta Ixmiquilpan a eso de las doce para vender su producto. El menor de los problemas en la cabecera municipal era la competencia directa (más de cien hombres de cada una de las comunidades de la comarca dedica su profesión a la venta de pulque); en realidad, el verdadero problema es uno que compete a las leyes del mercado. Veamos: si el trabajo de un dÃa produce veinte pesos (dos dólares) y el dinero necesario para la manutención de una familia de cinco equivale a unos cincuenta pesos diarios, por decir lo menos, la imagen es clara: los hijos de Manuel, de edades ocho, seis y tres, y sus esposa, embarazada, pedalean por la vida apenas imaginando lo que será comer más de dos tortillas cada dÃa. De tal suerte que, aunque Manuel se volviera el más exitoso vendedor de pulque de todos los tiempos, el mercado, ese maldito mercado que pocas veces le permite vender más de la mitad de su producción, le harÃa el favorcito de recluirlo nuevamente, y cada vez peor, en la más desértica de las ruinas.
Pasaron años sin que Manuel pudiera vivir de otra cosa que el prestado. Una inspirada noche, iluminada por los cantares de la beodez, Manuel tuvo una idea magnÃfica: si bien el dinero se intercambia por productos y servicios, hay veces que lo mejor es hacerse por las malas de esos productos y servicios. Siendo sinceros, lo único que sabÃa hacer Manuel era pulque; el pulque, al final del dÃa, llena el buche: ¿para qué gastar el tiempo si se puede uno brincar un paso del proceso de alimentación? En vez de convertir el pulque en dinero en tortillas en comida (que no alcanza), pasemos directo al ruedo y llenemos la panza de pulque. Asà lo hizo Manuel también con los nenes. Y con la esposa embarazada. A los dos meses, la panza del menor de los niños, hecha jirones, le salió por la boca ensangrentada. Lo mismo debe haber pasado con su hijo nonato, que con toda seguridad murió junto con su madre una calurosa tarde de agosto. Luego fue el otro chico, y lo que siguió fue Manuel sin entender la dinámica global del mercado, golpeando a la niña y muriendo de una cirrosis inclemente. La niña, que podÃa dibujar tan bien como Remedios Varo, aunque todavÃa no lo sabÃa, murió a las pocas semanas en una clÃnica sin medicinas en la comunidad de El EspÃritu. Los nombres de todos ellos fueron borrados en el inmenso mar de arena crespa que se alza sobre el Valle del Mezquital, Estado de Hidalgo, en donde el litro de pulque cuesta dos pesos, y no es nada casual.
Sé que esta historia la he contado un par de cientos de veces, no sólo aquÃ, sino en conversaciones de café y otros sitios aún menos convenientes. El hecho es que es uno de esos hechos perfectamente reales que me persiguen, no por las noches, sino por los dÃas, especialmente cuando tengo la terca ocurrencia de mirar la tele para averiguar qué demostres pasa en mi paÃs. La semana pasada, mientras veÃa cómo legisladores del PAN y PRD arremetÃan a golpes unos contra otros en nombre de la Santa Democracia de la Inmaculada Concepciónâ„¢, la cara de Manuel, a quien nunca conocÃ, aunque se empeñe en caminar diario por todo el paÃs, me recordaba que en el ñhañhu no hay una traducción exacta para la Democracia. Que ese sistema polÃtico ideal, en donde todos tenemos justicia, fraternidad, igualdad, respeto, tolerancia, guapura, y demás herencias modernas, para él no significó nada de nada. A fin de cuentas, mientras las quejas del dÃa serán por los lesionados a fuerza de curules alzados, Manuel murió; aunque él, antes que morir de hambre, prefirió morir de ganas. No tenÃa más que la lógica elemental que se logra ejercitando la pobreza: comer lo que se pueda, sacar la última gota de las fuerzas y de una razón que no da para más porque la savia de las cactáceas no cuenta con la proteÃna necesaria para mantener contentas las creatividades, resignarse a haber nacido en algún lugar de nombre impronunciable al cual la Democracia no ha podido llegar por estar atorada esperando a ver quién demonios se queda con la Tribuna.
De la Democracia dicen mucho: que hay polÃtica, social, económica; que de la primera dependen las otras dos, y que en la medida que se consolide ésa las otras podrán alargarse a todos lados. En nombre de la Democracia se invaden calles, se destrozan centros históricos, se realizan campañas publicitarias millonarias, se instauran flancos ideológicos sobre la hoja de una navaja, se clama por la legitimidad, y la justicia social, y el bien común, y la fuerza de las mayorÃas, y el legado histórico, y la pobreza hecha folclor, y las etnias idealizadas, y el medioclasismo sobrevaluado, y la Libertad (divino tesoro) que se logra a fuerza de terquedades y demagogias. En lo que a mà respecta, la Democracia, la Libertad, y sus hermanitos menores (que ahora son medio bastardos), no pueden existir en un paÃs donde la sola mención de su nombre es pretexto para convertir un Congreso en un Circo, pero no para extirpar del vocabulario la palabra “nacoâ€?. En lo que a mà respecta, la Democracia y la Libertad y la Legitimidad, y esa legión de pandilleros de renombre, seguirán en una orgÃa de putas mientras ese niño nonato, presa del pulque, sea incapaz de leer a GarcÃa Márquez o a Coehlo, mientras le falte vida para conocer el Museo de Arte Moderno, mientras le falten los ojos para criticar a Kant sin tener mucha idea, mientras sus hermanos se nieguen el placer de llenar una plantilla universitaria al dudar si doctor o mejor ingeniero, mientras no pueda preguntar qué demonios es eso que se parece a la canción que escuchaba de pequeño, mientras no tenga el reto de descubrir las palabras de su lengua en comparación de todas las demás, mientras no pueda decidir si prefiere el rojo o el negro, las niñas o los niños, el fútbol o la tele, la migración o el valle; mientras el niño (cualquier niño y cualquier adulto) no pueda decidir qué es lo que más le conviene, después de haber leÃdo, preguntado, difamado y contradicho, la Democracia y la Libertad se atoran por las lenguas. Y no es nada casual.
Lo que quiero decir es que, para mÃ, la única Democracia posible no se discute en una Tribuna tomada en nombre de la mayorÃa. La única Democracia posible camina por el valle y por la calle, y por lo menos tiene la decencia de decir “buenos dÃas, Manuel; quizá lo del pulque no sea tan buena ideaâ€?; por lo menos es capaz de asegurar una escuela y una medicina contra la ignominia; por lo menos es capaz de dejar en claro que tanta estupidez en un pequeño recinto en San Lázaro, a costa de la ignorancia sistematizada, las leyes de mercado sin espacio para el pulque u otros empleos mejor remunerados, y la Democracia de teorÃa y punto y secuestrada, que tanta estupidez y tantos sombrerazos en un paÃs donde importa todo menos buscar lo mejor para cada quién y donde la gente puede morir de cirrosis (aunque no muera de hambre), parece ser absolutamente nada casual.