melate
Julio 27th, 2007- Total que un dÃa llega y nos dice “ora, jijos de la chingada: me acabo de ganar el melateâ€?. Después desapareció asà nomás. Ahà en la colonia le decÃamos El CepillÃn y nadie daba un varo por el cabrón: siempre que podÃa andaba pedo, y cuando no podÃa, también. Doscientos millones, de aquél entonces. ¿Se imagina? El pinche CepillÃn ni bien recibió el premio, botó a su vieja con tres chamacos. Los mandó directito a la chingada y no supimos nada del cabrón en un buen rato.
Pasaron los meses y ya nos habÃamos acostumbrado a estar sin el CepillÃn. Una vecina de por allá decÃa que el cabrón andaba viviendo en España, o en Pachuca, o no sé dónde. Su vieja – bueno, su ex vieja – le macheteaba todo el pinche dÃa, andaba de acá para allá, trayendo a los chamacos y luego planchaba ajeno y cocinaba. Guisaba re feo, pero igual le comprábamos porque habÃa que apoyar, ¿qué no? Y los chamacos… *ih*, los chamacos. Varias veces nos tocó repartirlos en las casas pa’ que pudieran comer, los pobres. Y asà andábamos todos, acostumbrándonos a que el CepillÃn era rico y nosotros muchos.
Un buen dÃa, creo era domingo, estábamos ahà en la calle. Unos estaban cheleando, yo no. En eso que vemos llegar un carrazo, viejito pero re bien cuidadito. Habrá sido un Mustang, o un Chévrolet, descapotable, limpiecito, como de magnate rocanrrolero. Nos sacó de onda porque por la colonia nunca iba un carro de esos. TenÃamos terracerÃa, y esas naves ni pasaban bien. Nosotros nos quedamos viendo el carrazo. “¿Qué pedo, cabrones? ¿No que no?â€?. Nomás cuando ya estaba bien cerquita el carrazo nos dimos cuenta de que adentro venÃa el CepillÃn. Nosotros nos le habÃamos quedado mirando desde antes, pero no porque lo hubiéramos visto al CepillÃn, sino porque el carrazo era de veras un carrazo. Además ya desde lejos habÃamos visto al mujerón que traÃa al lado: una güerota con un culo que ¡Santo Padre! Nomás se estaciona el CepillÃn junto a nosotros, que le dice a su vieja esa: “Mi amor, tráeme unos Marlboro; quédate con el cambioâ€?. Y le dio un billete de los grandes de aquél entonces. El cabrón la hizo ir a la tiendita nomás para que le viéramos el culo. Y ni cómo culparlo: más de uno le pidió al CepillÃn que prestara su vieja. “¿Qué pasó, culeros? Si me quiere un chingo… hasta estoy pensando en casarmeâ€?. No, pues asà ni cómo. No me acuerdo cuánto tiempo estuvo ahÃ. Antes de irse, nos aventó dos billetes de los grandes. “Anden, cabrones. Yo invito las chelasâ€?. Y se fue en su carrazo, con su viejota, a su vida de millonario. Nosotros fuimos a comprar chelas. Unos se pusieron muy pedos, yo no.
Y es que imagÃnese, joven. D-o-s-c-i-e-n-t-o-s millones de pesos, de los de aquel entonces. Uno chupa y chupa y chupa y no se acaba nunca. Uno compra y compra y siempre se puede comprar más. Si yo me los ganara, lo primero primeritito que hago es invertir. Comprar una casa bonita, darles educación a mis hijos. ¿Apoco no, joven? Lo que usté también harÃa, segurito. De jodido vendo este taxi y me compro una flota, o coches para rentar. El pinche CepillÃn no. El cabrón se compró dos terrenos en la colonia. En uno puso una casa horrible; ahà vivÃa él con sus viejas. En la otra puso a su familia. Nunca le veÃamos el polvo al pinche CepillÃn. Ya nunca se le veÃa en las madrugadas corriendo para comprar harina. Él antes era ayudante de panaderÃa, siempre empolvado, corre y corre, sin varo. Ahora nomás se empolvaba cuando caÃa en alguna de sus pedas. Se ponÃa unas de miles de pesos, joven. No le veÃamos el polvo.
Como año y medio después supimos que la casa donde vivÃa el CepillÃn la habÃan desalojado. El cabrón no habÃa terminado de pagarla. La casa de su familia, su mujer logró conservarla con la lanita que habÃa hecho en la talacha. El CepillÃn desapareció. Supimos que su tÃo le propuso un negocio, y que le entró asà de cuates. Mientras su tÃo chambeaba, el CepillÃn se iba de pedote. Yo creo que ya vivÃa en los bares, o con alguna de sus putas. A mà me daba lástima, el pobre. Yo estaba seguro de que algún dÃa la vida le iba cobrar caro. Ya ve que el dinero no da la felicidad. Y el pobre CepillÃn, tan cerca del trago y tan lejos del cantinero.
Para no hacerle el cuento largo, el cabrón acabó vendiendo su carrazo y lo perdió todo. Cuando le quiso pedir a su tÃo los treinta millones que le habÃa prestado para el negocio, el tÃo se los negó. La viejota de los Marlboro lo abandonó. Un dÃa regresó a la colonia, todo jodido, a pedirle perdón de rodillas a su vieja. Creo que a ella ya se la estaba picando otro wey. Un dÃa me la encontré afuera de un motel, a media noche. Y de seguro que no iba a planchar ajeno, al menos no como lo hacÃa de dÃa. Al CepillÃn le costó mucho tiempo volver con su vieja, que lo acabó perdonando, pero le sigue poniendo el cuerno. Con eso de que él tiene que pararse bien temprano para perseguir a los de la harina, ahora que volvió a ser ayudante de panaderÃa, ella tiene toda la noche para hacer con sus nalgas lo que mejor le convenga.
Es lo que le digo, joven. Eso del melate está bien cabrón. Uno tiene que aprender a invertir, a gastar, uno tiene que manejar el dinero. Porque uno se lo puede meter todo al hÃgado, pero mejor meterlo en una cuenta, ¿que no? ImagÃnese: dejar el taxi, tener casotas, carrazos, una buena educación, codearse con la socialité…
- (Yo, quitándome los audÃfonos, un poco preocupado por la prisa) SÃ, está cabrón, don… Oiga, ¿por qué Constituyentes irá tan lleno?
- Uy, joven, ha de ser por la Condesa. Ya ve que estos ricos no respetan nada…
