Las causas: bajas temperaturas provenientes de norte y este (no, no éste: este), en franca cofradía con la calentura del medio día, decidieron ponerse tremendo pedo (o echárselo: duró media hora) y, como en toda pálida, se les bajó la presión. El resultado: un vendaval que derribó mogollón de cosas en el DF. Espectaculares, sí. Árboles, obvio. La energía eléctrica, ajá. La paciencia de todo mundo que ya no sólo se las vio contra el tráfico, sino contra las gandalladas ajenas, también. Sobre todo: la certeza de que esta ciudad, que hasta hace doce horas estaba protegida contra casi todo (salvo por la molesta excepción de los terremotos), ahora es potencial presa de un tsunami. Tómenla: eso va para quienes creen que la vida nocturna en mi ciudad que es palacio es aburrida.
Eso le pasa a cualquiera, lo de creer que siempre no y luego que dice mi mamá que siempre sí. Por ejemplo: hace cien años, la gente de bien creía (no sin razón, oh) que había seres malignos en Marte. Hace cincuenta años también, pero entonces la NASA dijo que no mamáramos, que para gente de mal, mejor en Rusia, y que nos fuéramos olvidando de Marte porque ese era, asegún, territorio neutral. Luego dijeron que podía ser que, después de todo, Marte hubiese tenido agua en algún momento. Como Churubusco. Luego encontraron una esfinge, a la que algunos le vieron encimada la clásica efigie del Che (otros lo atribuyeron a la propaganda de “Citizen Kane”), y otros usaron en pelis para justificar qué sé yo, pero luego la NASA, otra vez, dijo que no: que el efecto de sombras. Como siempre. Eso hasta que hoy develaron que puede ser, puede ser: sacaron al aire una foto donde sale una figura que está en el punto medio entre el pensador de Rodin y la clásica foto de Pie Grande. Por cariño le dicen “humanoide” en los medios. Yo no estoy seguro: quizá le creería más a la foto si tuviera, qué se yo, una pancarta de Greenpeace. En todo caso, no encuentro razón para que alguien se ponga a reposar en medio de un desierto marciano, nomás a echar la mona. A menos que sea un Marciano™ de los que baila ricachá, y entonces sí que tenemos para rato.
Todo esto pasó hoy. Mientras, yo estaba en el fast food de la Torre Mayor esperando a Ro. Leí por completo una revista literaria que no podría importarme menos, revisé mis bauchers viejos, ordené mi cartera. En algún momento, fantaseé con la idea de una argentina insospechada, capaz de cometer por mí locuras y ella y yo y así. En otro momento creo que hasta dejé de pensar. Luego Ro salió y nos fuimos. Sin la menor idea de que el mundo se pudo haber partido en dos y yo pensando en el acorde que va en el estribillo de una de los Killers.

Es el tipo de cosas que hago cuando espero mucho tiempo. Es como si fuera el humanoide marciano aquel, que no se ha enterado que su planeta dejó de tener vida en 1950 (según la NASA): cuando paso mi límite de paciencia, incluso me creo que haya tornados en nuestra cazuela que es chinampa. Aunque, de hecho, los haya.