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descubrimientos de taxonomía chilanga nocturna™

Marzo 11th, 2008

Pues eso: he descubierto, junto con mi amigo el Dr. Porter, nuevas especies nocturnas de esta ciudad. Van, sin más, las tres historias de los descubrimientos, cada una de 666 caracteres (no más, no menos: deben conservar su carácter maldito, estos filum improbables). Conózcanlos.

El homme de la Renassiance

- Son otros tiempos – dijo el Dr. Porter, con garbo de eureka –. Ser renacentista como se debe no se trata de ciencia, arte y filosofía: ya no es trepar a Mona Lisa en un cinnamon roll con alas. Hoy, que tenemos yoga y herbolaria, y Pilates, un renacentista requiere dominio perfecto de cuerpo, alma y espíritu.
- Alguien – hablé con voz sofocada: endurecí mi abdomen – capaz de domar su cuerpo hasta la perfección, de mitigar sórdidos deseos con templanza de maestro zen, de erradicar los sentimentalismos y exacerbaciones. ¿Algo así?
- Sí: ése es el homme de la Renassiance postmoderno…
- Con todo eso, ¿a quién le interesa ser renacentista, si se puede ser pornstar?

El Juan Camaney

Baila tango (pantalón “beish” de pinza); masca chicle (cabello de Little Richard y vaso jaibolero de paloma en el puño derecho). Pide viandas como para sobrevivir un ocaso nuclear a la usanza de José José. E incluye chistes malos.
“Ni chico ni grande, pero juguetón”. Porter y yo reímos con disimulo: pega duro, y nadie se quiere oponer a un ebrio que presume brazos lonjudos al aire, camiseta sin mangas. Aunque crea que somos libaneses.
Tiene viejas de a montón: dos, una más gorda que la otra. Nalguea a la primera, que es regia y pide “cheves”.
“¿Por qué chingados pides cheves? ¡Se me va a enfriar el pito!”.
Y la regia: “Mejor… para que se te endurezca”.
Tururú.

El yunoujú

Luego de severa dosis de alcohol, dos bugas, llamémoslos P y F, van a antro gay. Llevan respectivas chicas; aún así, en cuanto entran, uno de ellos se topa con amigos gays que le saludan efusivamente.

El otro se besuquea toda la noche con una fémina. Y a pesar de lo heterosexual de ambos, al día siguiente un alguien siniestro contará a algún confidente que “vi a P y F en un antro gay”.

De ahí en adelante, cuando el alguien siniestro y su confidente hablen ellos frente a álguienes más ignorantes, dirán: “es como cuando me encontré a you-know-who-en el antro”, y guiñarán. Un nombre y un pecado que cargarán P y F para siempre: lugar incorrecto, momento preciso.

melate

Julio 27th, 2007

- Total que un día llega y nos dice “ora, jijos de la chingada: me acabo de ganar el melate?. Después desapareció así nomás. Ahí en la colonia le decíamos El Cepillín y nadie daba un varo por el cabrón: siempre que podía andaba pedo, y cuando no podía, también. Doscientos millones, de aquél entonces. ¿Se imagina? El pinche Cepillín ni bien recibió el premio, botó a su vieja con tres chamacos. Los mandó directito a la chingada y no supimos nada del cabrón en un buen rato.

Pasaron los meses y ya nos habíamos acostumbrado a estar sin el Cepillín. Una vecina de por allá decía que el cabrón andaba viviendo en España, o en Pachuca, o no sé dónde. Su vieja – bueno, su ex vieja – le macheteaba todo el pinche día, andaba de acá para allá, trayendo a los chamacos y luego planchaba ajeno y cocinaba. Guisaba re feo, pero igual le comprábamos porque había que apoyar, ¿qué no? Y los chamacos… *ih*, los chamacos. Varias veces nos tocó repartirlos en las casas pa’ que pudieran comer, los pobres. Y así andábamos todos, acostumbrándonos a que el Cepillín era rico y nosotros muchos.

Un buen día, creo era domingo, estábamos ahí en la calle. Unos estaban cheleando, yo no. En eso que vemos llegar un carrazo, viejito pero re bien cuidadito. Habrá sido un Mustang, o un Chévrolet, descapotable, limpiecito, como de magnate rocanrrolero. Nos sacó de onda porque por la colonia nunca iba un carro de esos. Teníamos terracería, y esas naves ni pasaban bien. Nosotros nos quedamos viendo el carrazo. “¿Qué pedo, cabrones? ¿No que no??. Nomás cuando ya estaba bien cerquita el carrazo nos dimos cuenta de que adentro venía el Cepillín. Nosotros nos le habíamos quedado mirando desde antes, pero no porque lo hubiéramos visto al Cepillín, sino porque el carrazo era de veras un carrazo. Además ya desde lejos habíamos visto al mujerón que traía al lado: una güerota con un culo que ¡Santo Padre! Nomás se estaciona el Cepillín junto a nosotros, que le dice a su vieja esa: “Mi amor, tráeme unos Marlboro; quédate con el cambio?. Y le dio un billete de los grandes de aquél entonces. El cabrón la hizo ir a la tiendita nomás para que le viéramos el culo. Y ni cómo culparlo: más de uno le pidió al Cepillín que prestara su vieja. “¿Qué pasó, culeros? Si me quiere un chingo… hasta estoy pensando en casarme?. No, pues así ni cómo. No me acuerdo cuánto tiempo estuvo ahí. Antes de irse, nos aventó dos billetes de los grandes. “Anden, cabrones. Yo invito las chelas?. Y se fue en su carrazo, con su viejota, a su vida de millonario. Nosotros fuimos a comprar chelas. Unos se pusieron muy pedos, yo no.

Y es que imagínese, joven. D-o-s-c-i-e-n-t-o-s millones de pesos, de los de aquel entonces. Uno chupa y chupa y chupa y no se acaba nunca. Uno compra y compra y siempre se puede comprar más. Si yo me los ganara, lo primero primeritito que hago es invertir. Comprar una casa bonita, darles educación a mis hijos. ¿Apoco no, joven? Lo que usté también haría, segurito. De jodido vendo este taxi y me compro una flota, o coches para rentar. El pinche Cepillín no. El cabrón se compró dos terrenos en la colonia. En uno puso una casa horrible; ahí vivía él con sus viejas. En la otra puso a su familia. Nunca le veíamos el polvo al pinche Cepillín. Ya nunca se le veía en las madrugadas corriendo para comprar harina. Él antes era ayudante de panadería, siempre empolvado, corre y corre, sin varo. Ahora nomás se empolvaba cuando caía en alguna de sus pedas. Se ponía unas de miles de pesos, joven. No le veíamos el polvo.

Como año y medio después supimos que la casa donde vivía el Cepillín la habían desalojado. El cabrón no había terminado de pagarla. La casa de su familia, su mujer logró conservarla con la lanita que había hecho en la talacha. El Cepillín desapareció. Supimos que su tío le propuso un negocio, y que le entró así de cuates. Mientras su tío chambeaba, el Cepillín se iba de pedote. Yo creo que ya vivía en los bares, o con alguna de sus putas. A mí me daba lástima, el pobre. Yo estaba seguro de que algún día la vida le iba cobrar caro. Ya ve que el dinero no da la felicidad. Y el pobre Cepillín, tan cerca del trago y tan lejos del cantinero.

Para no hacerle el cuento largo, el cabrón acabó vendiendo su carrazo y lo perdió todo. Cuando le quiso pedir a su tío los treinta millones que le había prestado para el negocio, el tío se los negó. La viejota de los Marlboro lo abandonó. Un día regresó a la colonia, todo jodido, a pedirle perdón de rodillas a su vieja. Creo que a ella ya se la estaba picando otro wey. Un día me la encontré afuera de un motel, a media noche. Y de seguro que no iba a planchar ajeno, al menos no como lo hacía de día. Al Cepillín le costó mucho tiempo volver con su vieja, que lo acabó perdonando, pero le sigue poniendo el cuerno. Con eso de que él tiene que pararse bien temprano para perseguir a los de la harina, ahora que volvió a ser ayudante de panadería, ella tiene toda la noche para hacer con sus nalgas lo que mejor le convenga.

Es lo que le digo, joven. Eso del melate está bien cabrón. Uno tiene que aprender a invertir, a gastar, uno tiene que manejar el dinero. Porque uno se lo puede meter todo al hígado, pero mejor meterlo en una cuenta, ¿que no? Imagínese: dejar el taxi, tener casotas, carrazos, una buena educación, codearse con la socialité…

- (Yo, quitándome los audífonos, un poco preocupado por la prisa) Sí, está cabrón, don… Oiga, ¿por qué Constituyentes irá tan lleno?

- Uy, joven, ha de ser por la Condesa. Ya ve que estos ricos no respetan nada…