Tuvimos nuestra primera junta de vecinos el martes pasado. Cinco meses y medio después de habernos mudado al departamento en el suburbio, por fin conocimos, de frente y con sendas tacitas de café en mano, a casi todos nuestros vecinos. O a los más estrafalarios; cuando menos, espero que así sea: si, por ejemplo, en el 502 vive alguien más raro o más en pose que los que conocimos ese día, tendría que comenzar a creer en que, después de todo, sí somos animales bastardos de una película que Walt Disney no se atrevió a dibujar (aunque tampoco me sorprendería).
La fauna en nuestro edificio es particular, por decir lo menos. 402 es una anciana de bastón que paga siempre a tiempo y mantiene un peinado alto dentro del cual guarda contundentes e inamovibles opiniones; 401, su patiño, parece a punto de romperse por el frío. Hay otra mujer que parece autista y la llamamos así: “Autista”, la última, que tiene una madre o una hermana que nos atemoriza, se llama desde ahora, para nosotros, “La-de-la-freaky”; está la pareja feliz, de fuertes convicciones religiosas, que administra el edificio de manera impecable y, estamos seguros, jamás tiene relaciones, o las tiene de manera pervertida sin que nadie lo sospeche; los llamamos “la-Rica-y-su-wey”. Está 302, que compensa sus pocos atributos viriles con su excesiva agresividad (le decimos “Puto”), y luego 101, “El-de-las-turbinas”, quien no necesita mayor descripción que esa. En el ecosistema de clima aparente que es la vecindad de edificio, en pleno suburbio sureño de la ciudad, uno ruega por llamarse como su número de depto; los otros modos, los otros escapes referenciales pueden ser aterradores. Nosotros, que somos dos, hemos corrido con suerte: como somos dos del mismo nombre, no nos llamamos 202: somos “Los Rodrigos” (como “Los Ramones”, así).
La junta fue aburrida. Yo bebí café negro en vaso de unicel. Y ya se sabe: los comentarios giraron en torno a que si el vecino del 601 es, o que si la del 201 tiene, que si la maceta de abajo se ha convertido en. Discutimos sobre el pago al conserje o algo, y, cuando mi roomie y yo pensábamos que aquello había sido una pérdida de tiempo, 302 lanzó al aire una estocada; dijo “sí, yo quiero agregar algo: ¿quién es el vecino bipolar? Ese que llega tarde, con la música a todo volumen, que no se calla cuando uno le grita y que, encima, termina mentándole la madre a uno”. Así dijo, enojado, enojadísimo, mientras revisaba su palm. Y entonces, en otra dimensión, la transmisión se fue a corte comercial y un improbable espectador (quizá fanático) se paró por un sándwich.
Desde que mi roomie y yo empezamos a vivir en el nuevo depa, llegamos a una conclusión: aquello es, desde el día uno, un sitcom. Como “Friends” o “Seinfeld”. La situación está dada: dos amigos de siempre, que son diferentes entre sí como lo más (uno, ingeniero, consultor, viste de traje; el otro, comunicologoescritormúsicoenciernes, pelón, usa compulsivamente pashminas de esas árabes al cuello) llegan a vivir juntos. Las anécdotas, capítulo a capítulo (que son reales), tienen un inmejorable potencial de comedia. Ejemplo: mi roomie trabaja en conocida transnacional; en su área hay una chica que lo pone muy nervioso. Oquei: la novia de mi roomie tiene un exnovio que todavía quiere con ella; ese ex novio trabaja, por azares del destino, en la misma empresa que mi roomie… y es amigo de la chica que pone nervioso a mi cuate. De mi lado pasa, por ejemplo, que cuatro (sí: cuatro) de mis ex novias viven a tres cuadras a la redonda del nuevo depa. Ajá: me las he encontrado con nuevos galanes en paseos con perros, o han averiguado que vivo ahí y me han buscado incansablemente, o he escuchado sonoros gemidos desde la ventana de alguna de ellas (y viceversa, je). Cosas así. Y aunque la idea no es nueva (este hombre dice que la vida sería mucho más llevadera si tuviera música de fondo e incidentales), nuestro sitcom es tan obvio que ya hasta hemos pensado en nombres. Mi roomie proponía “Ro and the office”; yo, “Feben Kingdom”. La cosa es que al final nuestro sitcom terminó llamándose simplemente “Los Rodrigos” (como “Los Sopranos”, así).
Una noche estaba yo solo en el departamento. De pronto, del estacionamiento llegó una música altísima, que iba del mariachi al reggaetón de manera indiscriminada (y hasta grosera), dispareja, que sólo tenía la constante de ser molestísima. Se callaba a veces, luego subía más. En uno de los bajones, se escuchó un grito: “¡Cállate o te parto la cara a batazos, hijo de tu puta madre!”, seguido de golpes secos. Me asomé por la ventana. Abajo, en el estacionamiento, un hombre con sudadera, estático. La música había parado, y no había señal alguna de forcejeo. Aquello fue como una escena de Buñuel en un capítulo de Prision Break.
- “Yo soy el vecino bipolar”
Todos los deptos voltearon a la esquina más callada de la junta: 101 (que hasta entonces sólo se llamaba 101) se había confesado. Resultó sorprendente, sí: tiene cara de inocentón (por no decir de hueva). Regresamos de comerciales pensando que 302 pasará directo a los golpes contra 101. Después de todo, quiere demostrar su virilidad por todos los medios (puaj), y tiene la oportunidad perfecta. Se reclaman. Uno dice que qué horas son esas de llegar con música tan alta; que además le estuvo gritando y gritando que se callara, y nada de nada; que al final hubo que recurrir a aventarle huevos, a ver si así. El otro se defiende: claro, si me avientas huevos cómo no te voy a mentar la madre. Oye, pero es que no puede ser: si te grité como media hora. Pero es que hay maneras. Sí, también maneras de llegar a esas horas de la noche, ¿cuál es la puta necesidad de oír la música tan alta, cabrón?; ¿o qué: estás sordo?
- ¡Trabajé muchos años con turbinas! ¡Y yo creo que sí quedé un poquito sordo!
Claro. Uno llega con la música alta, el otro le grita que le baje, el primero no oye ni la música ni los gritos, el otro se cabrea y avienta huevos y mentadas, el primero se indigna, se pelean, y, al final, todo es un problema de seguridad industrial auditiva. La fauna vecinal de suburbio, tan particular.
Ellos acabaron como amigos; 101 subió con 302 después de la junta, suponemos que a hablar. O quizá no: después de todo, el último comentario de 101 fue que sí deberíamos poner seguridad en las esquinas, “ya ven que vivimos en la peor calle del fraccionamiento; el pavimento está hecho un asco, y en el edificio de al lado viven prostitutas”. Ro y yo pensábamos reír y alabar el humor negro del tipo, pero no: lo decía en serio. A la fecha esperamos el capítulo de “Los Rodrigos” (que está en su primera temporada) en el que se aclare si las señoritas en cuestión son efectivamente prostitutas, o nomás estudiantes de alguna escuela de monjas de la zona.